Su larga trayectoria lo demuestra con creces: Mirtha Legrand es una excelente conductora. Pero la televisión en vivo no le da a nadie -ni siquiera a ella- la ventaja de refugiarse en sus méritos previos, porque cada emisión es un nuevo llamado a examen.
En materia de pruebas, algunas son más sencillas que otras. Si el invitado es, por ejemplo, Enrique Pinti, Florencia de la V, Moria Casán, Lilita Carrió o Cecilia Roth, vale decir, conversadores natos, una parte de su labor como conductora está garantizada: ésa no es gente de quedarse callada. La tarea se dificulta, en cambio, cuando quienes se sientan a la mesa de Mirtha son muy buenos profesionales en sus respectivos oficios pero no necesariamente dotados para el arte de la oratoria. Eso le ocurrió a Mirtha, el miércoles último, cuando almorzó con seis de los integrantes del elenco de “Lalola”, la comedia de Underground y Dori Media Group que se estrenará el martes próximo en la pantalla de América.
Los invitados fueron Carla Peterson, Luciano Castro, Rafael Ferro, Lola Berthet, Pablo Cedrón y Sandra Ballesteros. Todos ellos han elegido como oficio la actuación. Ni más ni menos que el arte de encarnar los personajes que un autor les escribe, y volverlos creíbles. En el almuerzo televisado, sin personajes ni autor, era evidente que se sentían fuera de las aguas en las que saben navegar con soltura. Sin libreto ni vestuario, al comienzo de la conversación se mostraron dispersos. Respondían a las preguntas de un modo por demás escueto o contestaban en broma. Les costaba hilvanar el diálogo y darle un rumbo cierto. Allí y entonces, donde otra habría hecho agua, Mirtha sacó a relucir su calidad de conductora avezada, y logró revertir la situación.
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¿Cómo lo hizo? Ante todo, sin pretender tapar el sol con la mano. “Chicos, hablen porque miren que tengo dos horas de programa”, les dijo, antes en tono maternal que a la manera de un reproche. Luego, cuando Luciano Castro confesó que le costaba andar paseando por la pasarela mediática, Mirtha puso las cosas en blanco sobre negro. Le preguntó sí se sentía incómodo yendo como entrevistado a los programas, incluso al de ella. Y el actor tuvo la virtud de responder con la verdad: dijo que sí. Según manifestó, la recorrida por los medios no le atrae ni un poco pero comprende que salir a promocionar los productos en los que trabaja forma parte de las reglas del juego. Mirtha agregó un dato llamativo: contó que conocía una gran cantidad de actores jóvenes que fuera de su tarea específica, se resisten a la exposición pública.
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Entonces, la charla se puso interesante. En un medio donde las frases de compromiso son moneda corriente, la franqueza del diálogo entre Legrand y Castro sonaba interesante. Y además, sacó a la luz una característica de estos tiempos: por mejor que alguien sea en su oficio o profesión, para alcanzar el éxito necesita aprender las reglas básicas del marketing. Atrás quedó la época del “somos actores queremos actuar” o sus equivalentes -“somos médicos, queremos curar”, “somos bailarines, queremos bailar”, “somos cocineros, queremos cocinar”, etc.-. Televisión mediante, la tendencia global apunta a convertir en “estrellas” a quienes se destacan en determinada labor. Y es así que los medios ya no habla de gente talentosa en lo suyo sino de “deportista estrella”, “chef estrella”, “diseñador estrella”, “periodista estrella” y hasta “médico estrella” o “empresario estrella”. El universo del showbusiness, con su glamour y su lógica de seducción, fue ganando terreno. Ante a ese estado de las cosas, quien no aprenda a publicitar su talento, hoy por hoy, corre el riesgo de que lo dejen con la excelencia sin vender. Justo o injusto, sensato o disparatado, ése es el panorama en el mercado. Y con la realidad, nadie discute.
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