Nazarena Vélez, una diosa en la cocina
- En medio de tanto baile, la rubia preferida de Sofovich que vive como enchufada a 220 se hizo un ratito para mostrar sus dotes de cocinera –porque las otras ya las conocemos-.
- En la intimidad de la cocina de su casa, peló papas, contó cómo es su vida cotidiana y, previsora, se aseguró el resultado final: enterate cómo fue cocinar con Nazarena.
Era una tarde soleada y el country en el que vive Nazarena Vélez rebosaba serenidad. Norma, la empleada que recibió al equipo de minutouno.com, pura paz provinciana, ofreció café y nos hizo esperar en el silencio de esa casa llena de juguetes.
En segundos estuvo de vuelta, dispuesta a trabajar en su pastel de papa, y para maquillarse le bastó con un brillo para labios que pidió que le alcanzaran. Mientras pelaba papas a la velocidad que lo haría la Mujer Maravilla, Nazarena trató de explicar su acelere: “Soy una mujer-orquesta, una mujer-hombre, y me cuesta muchísimo delegar –asegura-. Cuando me acuesto estoy completamente acelerada y pego unos saltos tremendos en la cama hasta que logro dormirme”, dice y agradece contar con Norma, la empleada que la acompaña desde hace años y que ya sabe lo que mamá Nazarena quiere que coman sus pollitos.
La protagonista del baile del caño que le valió una sanción del Comfer a Showmatch recuerda que aprendió a cocinar de chiquita, cuando vivía en Quilmes y su madre “cocinaba como una bestia”, porque la familia era numerosa: “Somos seis hermanos, cinco mujeres y un varón, y mi mamá nunca tuvo una empleada que la ayudara –se enorgullece-. De todas formas, de las cinco yo soy la que peor cocina”, avisa, abriendo el paraguas. Y como si tuviera la autoestima un poco decaída, dice también que sus hermanas son monísimas y que ella es “el bagayo de la familia”. ¿Habrá que creerle?
La que sin duda es “monísima” –y que por eso, y por ser hija de su madre, ya recibió varias propuestas para trabajar en los medios- es Barbarita, la dueña del disco de High School Musical que descansa sobre el equipo del living. “Ella es mi bebé, aunque tenga doce años –dice la madre, babosa-, y todavía es una nena. Para su cumpleaños de quince quiere un vestido tipo princesa”, cuenta Nazarena, en secreto, transformando las papas en puré en tiempo récord.
Y hablando de sus hijos, Nazarena cuenta algunas de las reglas que pone en su casa: “Que coman sano y que pasadas las diez de la noche no estén despiertos, porque se levantan a las seis y media y no me importa lo que está pasando en la tele, ni que Bárbara se vaya a dormir llorando, enojadísima porque no pudo ver cómo echaron a fulanito de Gran Hermano. Necesitan descansar”, afirma, como diciendo “Haz lo que yo digo pero no lo que yo hago”.
La escuela de los chicos es otro aspecto que Nazarena tiene bajo control y para el que se hace, de alguna manera, un hueco en la agenda: “El tema de la escuela fue una excusa para frenarla un poco a Bárbara y para que no empezara a salir en la tele ahora –confiesa la quilmeña más famosa-. Hace un tiempo tuve una reunión en la escuela de Gonzalo con la psicopedagoga, porque él vivió todo el proceso del divorcio con Daniel (Agostini) y eso le estaba trayendo algunos problemitas en el colegio”.
Así como Nazarena tiene un médico de cabecera, también se apoya en una psicóloga a quien le consulta cada vez que tiene alguna duda en relación a la crianza de sus hijos.
“Yo trato de que los chicos tengan una vida normal para su edad, y que no les afecte el hecho de tener una mamá que anda de acá para allá, por eso siempre que puedo los llevo conmigo si viajo”, dice y admite que si no puede llevarlos siente culpa y los llena de regalos, como para compensar.
Mientras tanto, el pastel de papas avanza: una capa de papa, una de carne, el quesito fresco, otra mano de papa por encima y al horno... de donde saca otro perfectamente dorado y ya listo, al mejor estilo programa de cocina. Porque como es muy profesional, Nazarena produjo su propia nota y le hizo preparar a su empleada el pastel de papas, para no correr riesgos y garantizarse un final digno de una estrella.
La rubia habla a mil por hora, posa para la foto con el pastel que preparó Norma y mira de reojo por el enorme vidrio fijo de la cocina: afuera, entre los árboles, espera un equipo que, cámara en mano, viene a grabar otra nota con la Mujer Maravilla, a la que el vaso de gaseosa le tiembla en las manos.
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