Una historia de vida que une el fútbol y la guerra de Malvinas

Por: Daniela Etcheverry
01 de abril de 2007

*A 25 años de Malvinas, minutouno.com habló con Luis Escobedo, un hombre que hizo del fútbol su "cable a tierra" para salir adelante después de la guerra.
*"El fútbol fue mi terapia", confiesa este hombre que vistió las camisetas de Los Andes y Vélez Sarsfield, entre otros.

Martes, 22 de junio de 1982. “Es de madrugada y no puedo dormir; ya me veo en casa, con mis amigos, mi barrio, viendo rodar la redonda…” Este es un fragmento del diario que Luis Escobedo, ex combatiente de Malvinas, escribió durante la guerra, apenas días después de la rendición, mientras esperaba por el ansiado regreso a su casa en Ingeniero Budge.

Estas líneas, que se pierden entre la tinta desteñida de un cuaderno percudido por el agua de lluvia, delatan el significado que el fútbol tuvo para este hombre, en un momento en el que debió enfrentarse cara a cara con la muerte.

En medio del horror, Luis Escobedo recordaba a “la redonda”, la misma que lo ayudaría a sobrevivir la guerra que vendría después de estar en las islas: la pelea por rearmar su realidad cuando, con 19 años, ya cargaba con muchas batallas sobre sus hombros.

El romance entre este héroe y el fútbol comenzó en las inferiores de Los Andes, club donde entrenaba soñando con la Primera División. En marzo de 1982, Escobedo ya jugaba en la tercera del “milrayitas” y su debut en la máxima categoría era inminente.

“Yo estaba en la tercera y un viernes jugamos contra San Lorenzo en cancha de Independiente. Empatamos 3 a 3 y ya se comentaba que el fin de semana siguiente estaría dando mis primeros pasos en Primera. Al otro día, compré el diario y leí que la brigada a la cual pertenecía mi compañía estaba convocada. Me presenté el domingo, y el martes salimos para el sur. Ni siquiera pude avisarle a mis padres”, le contó Escobedo a minutouno.com. 

Con sólo 19 años, Luis emprendía un viaje, del que muchos no retornarían jamás. “Nadie sabía bien a qué íbamos”, relataba.

Lo que siguió es lo conocido. No hay palabras que puedan describir el horror ni las sensaciones de miedo, hambre y frío. Los relatos de la guerra causan escalofríos a cualquiera que se atreva a escucharlos. Y no es ese el objetivo de esta nota.

Volver a vivir

La vida después de Malvinas no fue la misma. "Parte de  la sociedad nos maltrató a los ex combatientes y nos juzgó con la misma vara con la que se acusó a los militares", recordaba Escobedo.  El fin del Proceso, la vuelta de la democracia, las culpas, los arrepentimientos. En el medio, jóvenes de 20 años que no lograban reinsertarse en el mundo laboral, lo que complicaba aún más la recuperación psicológica de esos adolescentes que se sentían descolocados en un país que tampoco encontraba el rumbo.

Sin embargo, Escobedo encontró un albergue donde pudo volver a plantearse metas, donde pudo volver a encontrar razones que le demostraron que valía la pena estar vivo.

El fútbol lo recibió con los brazos abiertos. Los Andes lo esperaba para concretar un sueño que había quedado trunco: jugar en Primera. 

“Cuando vine, lo único que quería era comprarle la casa a mis viejos y el fútbol fue el medio para juntar la plata. Mientras otros ex combatientes tenían muchos problemas económicos, yo subsistía con el fútbol y también mantenía la cabeza ocupada. El fútbol fue mi terapia”, recordaba con convicción.


 


Su carrera lo llevó a integrar el Vélez del “Bambino” Veira en la temporada 1991/92, además de otros clubes como Colón de Santa Fe, Racing de Córdoba, Belgrano, Independiente de Mendoza, Wanderer’s de Chile, Tigre, Temperley y Dock Sud.

"De todo lo que nos pasa, sea bueno o malo, se gana una experiencia que no se volverá a repetir", les decía Luis a sus hermanas en una de sus cartas que escribió desde las islas. Esas palabras llenas de fuerza reflejan la entereza con la que este hombre encaró los contratiempos con los que el destino lo enfrentó.

Hoy, junto a su esposa Irma, disfruta viendo crecer a sus hijos Brenda (18), que comenzó la facultad y en pocos años será contadora, y Alan (16), un poco más rebelde con el tema de los estudios, según confesó su mamá.

Escobedo se retiró de las canchas en el 2000, pero su historia de amor con la pelota sigue intacta. Asegura que, cada vez que puede, se prende donde hay algún "picado". A 25 años de la guerra, le agradece al fútbol por ayudarlo a salir adelante y devolverle la sonrisa.