El desafío de fondo es recuperar la competitividad


Escribe Dante Sica (*)

Las presiones sobre el mercado cambiario concentran hoy la mayor atención en la agenda económica, con el salto del tipo de cambio blue y el ensanchamiento de la brecha actuando como punta de lanza del tema.

Esta relevancia del tema cambiario no debería sorprender porque es en definitiva la cuestión central detrás de todo análisis sobre la actualidad de la economía argentina, donde la pérdida de competitividad es un tema obligado a la hora de explicar los problemas que enfrentan las autoridades.

A lo que se suma en este caso además un factor recurrente en los últimos meses, y que por recurrente dejó también de ser sorprendente (lo que hace a la cuestión aún más grave), que es el desmanejo del problema por parte de las autoridades.

Es que, luego de que el mercado cambiario hubiera encontrado algo de calma, o de tensa calma, con una brecha entre los tipos de cambio oficial y paralelo estable aunque un escalón por encima del nivel anterior al verano, nuevamente asistimos a un salto significativo impulsado por un nuevo anuncio oficial.

La medida es un ejemplo claro de la estrategia de la no estrategia. La regla en todos los casos, y el manejo del tema cambiario no es la excepción, es una sucesión de medidas individuales, generalmente inconsistentes, en muchos casos hasta contradictorias, en el que se repiten idas y vueltas constantes.

Y que, por lo general, no sólo no solucionan el tema para las que son implementadas, sino que además terminan agravando el escenario.

Sin embargo, los sobresaltos en el mercado blue y las presiones cambiarias en general tienen un basamento más profundo. En el fondo, detrás de los temas puntuales del día a día, el ruido respecto del valor del dólar está relacionado íntimamente con la competitividad.

El combo inflación elevada y tipo de cambio cuasi-fijo como medida para anclar expectativas fue un lastre difícil de sobrellevar para muchos sectores de la economía argentina. El atraso cambiario fue el resultado obvio de este esquema, y ningún esfuerzo en los últimos meses ha sido suficiente para torcer la historia.

Dentro de este esquema general, el complejo vitivinícola no ha sido la excepción. El sector ha sentido el impacto de la pérdida de competitividad, en especial en los últimos dos años. Un reflejo ha sido el cambio de la composición de sus exportaciones, en el que la venta de vino a granel (de menor valor agregado) en volumen ha visto incrementada su participación en el total desde un 13% en 2010 al 41% el año pasado, en detrimento de las exportaciones de vino en botella que vio reducido su share del 84% al 56%.

Esta tendencia a la reprimarización de las ventas al exterior del complejo vitivinícola puede medirse mediante los dólares exportados por volumen, con un valor promedio de US$2.722 por tonelada en 2010 a los US$S2.598 en 2012.

Si bien esto puede leerse como una buena adaptación de las empresas del sector a los cambios del contexto doméstico y a un mundo más competitivo, también muestra la pérdida del valor agregado conquistado hasta hace dos años. Es que, luego del estallido de la crisis internacional durante el 2009, los vinos nacionales lograban avanzar entre los consumidores de un primer mundo en crisis.

La profundización de este escenario y la acumulación de stocks por parte de los grandes productores como España e Italia, y la mayor competencia por el segmento embotellado en Europa desde países con fuerte competitividad como Sudáfrica, Australia y Chile, generó un contexto difícil en el mercado internacional, dadas las dificultades competitivas de la Argentina y de Mendoza como principal referente. El costo salarial en esta provincia se incrementó en un 77% entre 2010 y 2012, mientras que el de elaboración de vino lo hizo en un 68%. De esta forma, en la estructura de costos el de mano de obra pasó a representar un 50%, cuando unos años atrás promediaba el 30%.

El desafío no es sencillo. La devaluación como medida aislada no es una solución al problema. Ni tampoco la implementación de cualquier esquema cambiario alternativo (desde hace semanas se habla de la posibilidad de un desdoblamiento cambiario, o una formalización del vigente en la práctica).

No hay soluciones mágicas. Sin una estrategia integral para combatir la inflación cualquier medida de este tipo será insuficiente, e incluso riesgosa, especialmente considerando la falta de un rumbo claro por parte de las autoridades.

Pero incluso la cuestión de la competitividad es todavía más compleja. No se agota en cuestiones coyunturales como el atraso cambiario. Hay temas estructurales que requieren de un diagnóstico y una estrategia de mediano/largo plazo, que ataquen el "costo argentino" vinculado a deficiencias de infraestructura vial, ferroviaria, portuaria, de telecomunicaciones, etc.

Una mirada que siempre ha brillado por su ausencia en nuestro país, pero que en la última década ha llegado a un punto traumático. La demora de una respuesta integral no hace más que aumentar los problemas y potenciar los riesgos.

 

(*) Economista. Director de Abeceb.com y ex Secretario de Industria de la Nación

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