La democracia, el futuro y la ilusión de un sueño
La diputada nacional Laura Alonso (PRO) destaca la "costumbre" de las elecciones periódicas y libres y menciona la necesidad de construir una democracia representativa y republicana.
Tenía diez años cuando empecé a escuchar por radio y ver por televisión a un señor de renegrido bigote recitar ese "rezo laico": el Preámbulo de la Constitución Nacional. Apenas un año antes, perdían la vida decenas de compatriotas embarcados en una guerra sin sentido en el último manotazo trágico de los dictadores. Miles habían sido torturados, exiliados y desaparecidos en la página más cruenta y oscura de la historia argentina.
Alfonsín nos llenó de ilusión y futuro. Hizo que todos creyéramos en la vida y en la libertad. Sin odio ni revanchismo, enarboló las banderas de la justicia y la verdad para alumbrar un futuro de "cien años de democracia", como le gustaba decir. Con ética y dignidad, demostró que otro futuro era posible para una Argentina castigada por autoritarismos y enfrentamientos.
Con dificultades y escollos, los argentinos transitamos del horror del autoritarismo a la plena vigencia del Estado de Derecho y el orden constitucional. Nos acostumbramos a las elecciones periódicas y libres. Pero nos queda aun pendiente, como decía Guillermo O'Donnell "la segunda transición" que se hace todavía más necesaria y urgente en un panorama creciente de desigualdad y marginalidad social.
En estas décadas de crecimientos, estancamientos, recesiones y desigualdades, no hemos logrado saltar con éxito la trampa de la democracia delegativa. No hemos sabido, no hemos podido o no hemos querido construir una auténtica democracia representativa y republicana en la que el control y el equilibrio entre los poderes sea igual de importante que las elecciones periódicas para elegir autoridades. Hemos retrocedido en materia de federalismo, condenando a las provincias a depender de la lapicera centralizada del hiper Presidente de turno. Los viejos partidos políticos tampoco zafaron de la crisis de representación y aún hoy sufren los embates de la personalización de la política y de la influencia del dinero - mal que aqueja a viejos y a nuevos-.
La democracia recuperada en 1983 nos dio un sentido como comunidad que hoy aparece debilitado. La legitimidad del Estado de Derecho se erosiona frente flagelos novedosos como la desigualdad, el narcotráfico y la corrupción.
Hemos construido una democracia defectuosa que ha privilegiado el clientelismo y el tráfico de influencias en el manejo de lo público en desmedro de la ley y el fortalecimiento de las capacidades del Estado para cumplir los mandatos de la Constitución y generar una genuina igualdad de oportunidades en el acceso a una educación y una salud pública de calidad, a la vivienda, a los servicios básicos, y a la justicia y a la seguridad.
Hoy una Argentina enferma de impunidad, desigualdad y corrupción retrocede a formas nuevas de autoritarismo. En esta democracia limitada hay elecciones no competitivas pero periódicas en las que siempre ganan los mismos (o sus esposas), el control institucional horizontal no es eficaz y es duramente vilipendiado por los autoritarios elegidos por el voto popular, y, la libertad de opinión y pensamiento es un privilegio de aquellos que tienen voz por haber accedido a una educación de calidad (o nacido en un hogar con posibilidades). A ello se suma la desigualdad que condena a los "sin futuro": una nueva categoría social de jóvenes y jóvenes adultos que sólo encuentran en las adicciones, la delincuencia y la muerte joven una forma de eterno presente.
Por el orgullo de lo conseguido y con el dolor de las deudas, honrar la gesta democrática de 1983 debe servir para iluminar el futuro de la democracia y para que el Estado Constitucional de Derecho sea la plataforma del desarrollo y la igualdad, y, el marco para proteger a aquellos que hoy no tienen nada, ni siquiera la ilusión de un sueño.
Hoy una Argentina enferma de impunidad, desigualdad y corrupción retrocede a formas nuevas de autoritarismo. En esta democracia limitada hay elecciones no competitivas pero periódicas en las que siempre ganan los mismos (o sus esposas), el control institucional horizontal no es eficaz y es duramente vilipendiado por los autoritarios elegidos por el voto popular, y, la libertad de opinión y pensamiento es un privilegio de aquellos que tienen voz por haber accedido a una educación de calidad (o nacido en un hogar con posibilidades). A ello se suma la desigualdad que condena a los "sin futuro": una nueva categoría social de jóvenes y jóvenes adultos que sólo encuentran en las adicciones, la delincuencia y la muerte joven una forma de eterno presente.
Por el orgullo de lo conseguido y con el dolor de las deudas, honrar la gesta democrática de 1983 debe servir para iluminar el futuro de la democracia y para que el Estado Constitucional de Derecho sea la plataforma del desarrollo y la igualdad, y, el marco para proteger a aquellos que hoy no tienen nada, ni siquiera la ilusión de un sueño.
(*) Laura Alonso es diputada nacional por el PRO
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