Palestinos contra palestinos
*Las rivalidades entre el movimiento nacionalista Al Fatah, encabezado por el presidente de la ANP, Mahmud Abás, y el islámico Hamás, del primer ministro Ismail Haniye, dejan a los palestinos al borde de la guerra civil.
*Con este clima de tensión, las propuestas de armar un gobierno de unidad nacional se evaporan cada vez más.
No se equivoca Aiman al-Zawahiri en su crítica a Hamás. El médico egipcio y lugarteniente de Osama Bin Laden, acusó en su último video a la organización fundamentalista palestina de haberse equivocado al reconocer una constitución secular, que además admite la existencia de Israel, para participar en las elecciones que le dieron mayoría en el parlamento y el cargo de primer ministro.
Por cierto, para el número dos de Al Qaeda lo único válido es la jihad (guerra santa) hasta la aniquilación del Estado judío.
Pero está claro que Hamás incurrió en una contradicción y llevó a los palestinos al umbral de una guerra civil, porque aceptar la guerra institucional que aceptó para competir en elecciones implica aceptar lo acordado en las negociaciones con Israel; ergo, para mantener el rechazo a negociar con Israel y el estado de guerra contra los judíos tendría que abandonar el gobierno.
En definitiva, eso es lo que le propone Al Fatah y el presidente Mahmud Abas.
Violencia interna
Como lo señala la célebre obviedad, la guerra es la prolongación de la política por otros medios. Y el problema en la disputa interna palestina es que la política como medio de entendimiento entre Hamás y Fatah se agotó hace tiempo, por eso la violencia que estalló en los últimos días se presenta como la consecuencia lógica de ese agotamiento.
De momento, el peligro de una guerra civil fue conjurado por acciones mediadoras de todo tipo, pero de no removerse los profundos desacuerdos que obstruyen el diálogo, la sombra del conflicto volverá a oscurecer el presente de los palestinos.
El problema es que Hamas y Fatah están situados en las antípodas. El partido que fundó y lideró Yasser Arafat, hoy la fuerza secular y oficialista del presidente Abas, también conocido como Abú Mazen, ha reconocido a Israel desde los acuerdos secretos de Oslo y tiene urgencia de retomar el diálogo para desembocar cuanto antes en la independencia de un Estado palestino.
Mientras que Hamás se niega a revertir la posición que siempre sustentó: el rechazo total e innegociable de cualquier tipo de reconocimiento al Estado judío, al cual se debe combatir por la violencia hasta su extinción.
Esta posición fue asumida cuando el jeque Ahmed Yassin, durante la segunda intifada, transformó la organización religiosa de socorros mutuos Al Muyama en Hamas, que además del brazo de beneficencia formó una rama política y una militar.
Desde un primer momento, tanto Yassin como el número dos de la organización, Abdulasis Rantasi, ambos eliminados mediante “asesinatos selectivos” perpetrados por Israel, dejaron en claro que el objetivo era la desaparición de Israel para fundar un estado teocrático en todo el territorio palestino.
Arafat creó Al Fatah con el mismo objetivo geográfico, pero sobre finales de los ochenta cambió de posición iniciando las negociaciones que luego se estancaron. Yasser Arafat siempre apostó a un doble juego, o bien porque no podía desarmar a los grupos palestinos extremistas, o bien porque los usaba para presionar a Israel, pero su muerte allanó el camino a la presidencia de la Autoridad Nacional Palestina (ANP) a Abú Mazen, viejo dirigente de la OLP que siempre tuvo una posición favorable al diálogo y siempre criticó de Arafat que no desarmara a los grupos fundamentalistas como el Ezzedim al Kassem, la Jihad Islámica y las Brigadas de Mártires de Al Aqsa.
Su triunfo abrumador en las primeras elecciones presidenciales posteriores a la muerte de Arafat mostró que la mayoría de los palestinos quería el diálogo con Israel, lo que implica reconocer al Estado judío.
Pero a pesar de la voluntad del presidente, también esta administración de Fatah fracasó en desarmar a las facciones rivales y también fracasó en el combate contra la ineficiencia y la corrupción que carcomen a Autoridad Nacional Palestina (ANP). Por eso a la última elección legislativa la ganó Hamás, y su líder, Ismail Haniyé, se convirtió en primer ministro.
Sabotaje al diálogo
Haniyé no tardó en comprender que al haber aceptado la regla electoral surgida de los acuerdos palestino-israelíes de Oslo, y habiendo llegado al gobierno, Hamás no tenía más alternativa que reconocer al estado judío y negociar con él el nacimiento del estado palestinos en Gaza y Cisjordania.
Sin embargo, apenas insinuó la necesidad de emprender ese histórico viraje se rebelaron importantes sectores de las bases. De hecho, el secuestro del soldado Shalit, detonante de una brutal ofensiva israelí sobre Gaza, fue perpetrada por un sector del Ezzedim al-Kassem que responde al líder extremista de Hamás que está radicado en Damasco, Jaleed Meshaal.
Y el objetivo fue, precisamente, torpedear el viraje que intentaba el primer ministro. Desde entonces, Haniyé volvió a la posición principista de rechazar la existencia de Israel, por lo que las potencias de Occidente e Israel mantienen el bloqueo económico que está sofocando a los palestinos.
Abú Mazen intentó cambiar al escenario formando con Hamás un gobierno de unidad nacional integrado por tecnócratas, pero sobre la base de que la organización fundamentalista reconociera al Estado judío. Y el rechazo de Hamás llevó al presidente a jugarse al todo o nada: anunció el adelantamiento de las elecciones, con encuestas en sus manos que vaticinan una derrota de los fundamentalistas.
El contragolpe fue precisamente el comienzo de los enfrentamientos que parecen conducir Gaza y Cisjordania hacia la guerra civil.
Después de varios caídos en uno y otro bando, llegó el alto el fuego; pero la fragilidad de la tregua es inmensa. En rigor, el peligro de guerra civil se mantendrá hasta que Hamás abandone su rechazo a Israel y acepte negociar, o bien hasta que abandone el gobierno para volver a ser una fuerza irregular.
Lo que se debate en el interior de la fuerza fundamentalista es precisamente eso: estar en el gobierno implica aceptar ciertas reglas, y si no la única alternativa es la lucha desde la clandestinidad.
La cúpula de Hamás lo comprende. Entiende que siendo gobierno la lucha se convierte en guerra regular, y en ese terreno Israel puede invadir y ocupar hasta el último milímetro de Gaza y Cisjordania; pero dirigentes radicalizados y sectores de sus bases no aceptan está lógica y proponen mantener las viejas posiciones.
Si la cúpula de Hamás acuerda con Fatah el cambio de posición, sufrirá escisiones y habrá nuevos grupos violentos, pero al menos se habrá conjurado el riesgo de una guerra civil generalizada.
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