Para el Día de la Madre, por favor métanse las cacerolas en la alacena
*Si mi abuela -que nació en 1914-, le hizo devolver un juego de ollas a su marido, ¿por qué las madres del Siglo XXI tenemos que aceptar un libro de recetas o una procesadora multifunción?
A continuación de la frase “a la mamá en su día” suele venir una sarta de artículos para el hogar y libros de recetas que me hace pensar que los ’50 no quedaron tan atrás.
Por eso quiero decirles a los hombres –y a los hijos en edad de elegir el regalo para sus madres- que piensen muy bien lo que van a regalar, porque si en el año ’55 mi abuela paterna fue capaz de hacerle devolver a su marido el set de ollas que le había regalado para el Día de la Madre, 53 años después creo que los electrodomésticos no deberían ser una opción.
Es cierto que una mujer puede disfrutar cocinando –y yo soy una de ellas- y hasta entiendo que a una familia a la que le cuesta comprar la multiprocesadora la adquiera como regalo para el Día de la Madre, pero lo que nunca voy a comprender es que aparezcan las aspiradoras en la lista de opciones.
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Sépanlo: no queremos canastas de picnic con vajilla incluida, ni mesitas vestidas, ni exprimidores de jugo, ni libro de “aforismos” –entre otros de recetas y de autoayuda que hablan de una mujer incapaz de disfrutar de la buena literatura-, ni ninguna de las ridiculeces que suelen colarse en las “sugerencias” de las revistas.
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Conociendo a la mujer que va a ser homenajeada y poniendo un mínimo de creatividad, alcanza para no caer en regalos adecuados para la mamá de Mafalda: si no hay plata, una flor, un desayuno en la cama y hasta un buen clásico de la literatura de los que se consiguen por Corrientes puede ser económico y pertinente. Si hay más disponibilidad, se puede pensar en un curso, un día de spa, un perfume, algo de ropa o lo que le guste a esa mujer.
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Y, como siempre, en la medida de lo posible, el factor sorpresa hace a la cuestión, porque si la madre lo elige por anticipado –y hasta se lo va a comprar ella misma-, un regalo que ya está condicionado por cierta “obligación” de festejar, pierde el poco sentido que le quedaba.
Por eso, a quienes compren los regalos, les digo: por favor, usen la cabeza, sean creativos, sorprendan y… ¡métanse las cacerolas en la alacena!
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