Francisco Laureana, el depredador de San Isidro
Violó y mató a una decena de mujeres, aunque nunca pudo probarse la cantidad exacta de ataques. Sorprendía a sus víctimas tomando sol en piletas o terrazas. Luego de someterlas, las baleaba o estrangulaba. Cayó abatido en 1975 durante un enfrentamiento con la Policía.
Sobre la captura, se supo que lo corrieron para identificarlo, debido a que una vecina lo había visto parecido al dibujo del identikit, aunque él le habría disparado a los policías que dijeron haber repelido la agresión. Ya herido en un hombro, se ocultó en un gallinero, donde lo mordió un perro y, cuando entraron los efectivos, habría disparado nuevamente, siendo abatido. Esta parte del relato, cabe señalar, nunca quedó debidamente aclarada.
Laureana, según las crónicas de entonces, llevaba en un bolso un revólver, una pistola y un pistolón calibre 14.
Las violaciones y crímenes ocurrían los días miércoles y jueves, cerca de las 6 de la tarde. Muchas de las víctimas eran sorprendidas tomando sol en las piletas o en las terrazas de las casonas de San Isidro. Algunas de ellas habían sido baleadas, otras estranguladas. En todos los casos, el criminal se llevaba algo de las mujeres como suvenir.
Luego de la autopsia, que fue realizada por el prestigioso forense Osvaldo Raffo, el cuerpo fue entregado a su viuda. Desde ese momento, los crímenes de mujeres en San Isidro se frenaron. También la historia de Francisco Laureana quedó oculta en los archivos policiales, a tal punto que casi nadie recuerda el nombre de este hombre que, en rigor, fue el serial más prolífero de la Argentina.
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