El voto anti, un fantasma que resurge con el balotaje

Política

Por: Pablo Ibáñez
"Lo que no ordenan los dirigentes, lo ordena la primaria". La frase se atribuye a "Juanjo" Álvarez, operador múltiple del PJ, y aunque surgió tras un frustrado intento de pacto, vale como regla genérica que puede, esta vez, aplicarse al balotaje porteño, la elección que ganó sufridamente el PRO de Mauricio Macri, pero que inocula una dosis de espanto en el peronismo K al poner sobre la mesa un fantasma que se creía superado: el riesgo y la impredecibilidad del balotaje.

En ningún menú, ni en la versión más optimista del prosaico Martín Lousteau, figuraba la chance de un empate como el del domingo, del que Horacio Rodríguez Larreta salió ganador por modestísimos 55 mil votos. Esa trompada pone sobre la mesa un temor: el balotaje es un deporte diferente al resto de las elecciones, una disciplina donde cada voto vale doble -porque cuenta para uno y resta para el otro- y en el que juega, como en ninguna otra instancia, el voto anti; el factor rechazo.

Lousteau, en medio de una oferta variada, juntó un nada despreciable caudal de 330 mil votos, algo así como un 18%. A Daniel Filmus, candidato serial en CABA, no se lo mide por el 39% que amontonó en la segunda vuelta porteña de 2007 sino por el 23,7% del primer turno o, a lo sumo, por el 27,9% de la general de 2011.

Es decir: según el teorema Álvarez, el Lousteau que la política no ordenó como la bala de plata contra Macri, estuvo por abajo del 20%, pero el Lousteau que duró hasta el final, y en eso hubo méritos propios, casi se lleva el premio mayor al arañar el 49%. Más sencillo: aquello que para el ejercicio de la política es imposible, el votante lo resuelve sin pudor. El buró K se declaró prescindente, pero el kirchnerismo votó masivamente por Lousteau, a quien Cristina de Kirchner acusó de cometer un error con la 125 que casi la saca del Gobierno.

El caso porteño ratifica que el balotaje es una pelea atípica, con otras reglas y otras pasiones. Carlos Menem lo interpretó cuando negoció con Raúl Alfonsín un balotaje a la criolla donde no sólo no es necesario llegar al 45% sino que basta con superar los 40% y lograr una diferencia de más de 10 puntos sobre el segundo. Aquella magia le permitió a Cristina evitar la segunda vuelta en 2007: logró el 45,3% y se despegó más de 20 puntos de su segundo, Elisa Carrió. La Presidente bromeó, con los años, sobre la imposición de Julio Cobos como su vice -en aquella campaña, el segundo fue un sujeto publicitario presente, con el slogan "Cristina, Cobos y Vos"- por parte de Néstor Kirchner sin detenerse en la contribución electoral que significó la inclusión del radical mendocino en la fórmula.

Rivales

La alquimia y la matemática electoral recuperan, en este tiempo, protagonismo. Primero Kirchner y luego Cristina, ella en particular a lo largo de 2014, se esforzaron por seleccionar a Macri como el enemigo, el antagonista deseado; el rival ideal.

Se pone en boca de Máximo Kirchner una tesis que, se repite, admite haber escuchado a su padre a la vez que éste la tomó de Torcuato Di Tella. El sociólogo la enunció post-sacudones de 2001 y Kirchner la citó hasta su muerte: dictamina que un candidato de centro o centroderecha, sin respaldo del peronismo, tiene un techo electoral que oscila entre el 42 y el 45%. Sobre ese dato se construyó el relato de Macri como contracara deseada; el candidato que, en el imaginario kirchnerista, jamás podría ganar.

Daniel Scioli, más intuitivo que analítico, advirtió que el candidato temible era Sergio Massa porque podía sumar pedazos de peronismo y destrozar el dictamen Di Tella. Por eso, en explícita empatía con Macri, se enfocó en correrlo del ring. Los dos, viejos conocidos, como lo fueron también sus padres, complotaron para sacar del medio al tercero en disputa cada uno convencido de que el otro era vulnerable.

El balotaje porteño explica por qué, hace tiempo, Scioli se mueve con el foco puesto en la primera vuelta, en rozar el 40% en las primarias del 9 de agosto para luego estirarse, el 25 de octubre, más allá de los 45 puntos. Si el duelo se estira hacia noviembre, a la segunda vuelta, el resultado se vuelve incierto.

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