Un represor feroz que nunca dio un paso atrás

Política

Fue el general que comandó el terrorismo de Estado en la Argentina durante la última dictadura cívico militar, la más atroz de la Historia. Militar de carrera, hombre de familia tradicional, jamás se arrepintió.

Jorge Rafael Videla fue la cabeza más visible del plan sistemático de muerte y terror que forjó la última dictadura cívico militar en la Argentina. Como presidente de la Junta Militar que realizó el Golpe de Estado contra María Estela Martínez de Perón el 24 de marzo de 1976, comandó la sanguinaria represión contra la juventud, los sindicatos, los trabajadores, los grupos guerrilleros y todos aquellos sospechados de intentar subvertir el orden vigente. Hasta el último de sus días dijo, sin arrepentimiento, que libró una guerra justa.

En sus 5 años de gobierno –hasta que fuera reemplazado en 1981 por el general Roberto Viola- Videla estuvo al mando de la desaparición forzada de personas, el robo de bebés, la intervención de los sindicatos, la proscripción política e ideológica, el cierre del Congreso y la ejecución del plan económico que instauró el neoliberalismo en la Argentina. Dejó 30 mil desaparecidos, una Nación profundamente endeudada, una industria destrozada y una generación arrasada.

Videla, de formación militar y tradición rural, había nacido en 1925 en la provincia de Buenos Aires. En una ciudad de Mercedes que era aún más campestre que ahora. Tercer hijo de una familia numerosa y patricia, bautizado e instruido en las academias militares, según el rito tradicional.

Tras estudiar en el Colegio Militar de la Nación y en la Escuela Superior de Guerra, donde se formó en las doctrinas básicas de la estrategia bélica.

Formó parte de la secretaría de Defensa de la Nación entre los años 1958 y 1960, durante el gobierno del radical Arturo Frondizi.

Videla tuvo una pujante carrera militar, donde sirvió a la formación de los soldados que acabarían con la vida de miles de personas durante la dictadura que él comandara. Fue director de la Academia Militar y del Colegio Militar de la Nación hasta que en 1973 fuera nombrado Jefe del Estado Mayor del Ejército. A mediados de 1975, fue la presidenta María Estela Martínez de Perón quien lo nombró Comandante en Jefe del Ejército.

La historia desde 1976 es la más conocida. Sanguinario, no dudó en llevar a cabo el mayor genocidio de la historia argentina del siglo XX. Junto a Emilio Massera y Ramón Agosti, comandó lo que dieron en llamar el Proceso de Reorganización Nacional. Lo que, librado de eufemismos rimbombantes, fue la persecución, el secuestro y la tortura de decenas de miles de argentinos (30.000 de los cuales fueron desaparecidos): trabajadores que luchaban por sus salarios en medio de la debacle económica, estudiantes que se plegaban a los obreros y todo aquél que osara oponerse al régimen.

Se alió a los ejércitos latinoaméricanos en la aplicación de la Doctrina de Seguridad Nacional, que, a instancias de los Estados Unidos, reprimiera cualquier movimiento que considerara un riesgo de expansión comunista en el continente.

Murió sin dar un paso atrás. Creyendo que libró al país del comunismo y de la subversión, y que fue vencedor de una guerra justa. Jamás dijo una palabra sobre qué ocurrió con los desaparecidos, a quienes consideró un mal necesario, una consecuencia inevitable de la guerra. Murió un genocida.  

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