¿QUIÉN ACOSTÓ A LOS CHICOS DE GRAN HERMANO?
*La casa ya no late como antes. Los participantes pasan cada vez más horas en posición horizontal. El miércoles al mediodía la producción tuvo que convocarlos a jugar a “Dígalo con mímica” para que la transmisión en directo no fuera una siesta eterna. ¿Está el programa en riesgo de convertirse en un reality sin show?
En el fútbol dirían que los jugadores están desmotivados. Tras la salida de Leandro, los participantes de “Gran Hermano” lucen como fantasmas en la casa que hasta ahora latía. Cualquiera sea la hora en que uno sintonice el canal de cable que transmite las instancias del juego durante las 24 horas, lo que encuentra es gente durmiendo o tirada en posición fetal en los sillones o en las camas. Atención, productores: el formato es un reality-show y necesita de ambas patas para sostenerse en pie. Si se derrite el pilar del espectáculo, la realidad de un grupo de gente entregada a la espera del transcurso del tiempo, carece de atractivo en la TV.
Fuera de Juan, el cordobés, que en los últimos días se ha consagrado a la lectura de “El código Da Vinci”, el resto vive en un sopor apenas salpicado por una seguidilla de quejas. Sebastián llora su tango triste. ¿Por la salida de Leandro con quien había establecido un vínculo ambivalente? No, por un motivo incapaz de despertar el interés de nadie, ni siquiera el de los espíritus más morbosos. Resulta que el martes último, la producción les regaló ropa a todos, y Sebas juzga que a él le dieron menos prendas que al resto y que, para colmo de su desilusión, el vestuario que le asignaron no es tan fashion como el de Juan. “Justo a mí que la ropa me importa”, repetía sin consuelo, arrinconado en el dormitorio.
Pasadas las 2.20 A.M. del miércoles, la transmisión de Telefé, en directo, mostraba a las chicas a la pesca de algún motivo de lamento. Griselda protestaba porque la producción dejó de “contenerla”. Mariela acordaba con ella. Marianela alentaba a ambas a seguir su ejemplo. Según dijo, ella optó por enloquecer a “Gran Hermano” recitándole una y otra vez, en el confesionario, la letanía de sus dolores de cabeza y sus malestares. Allí, claro, Telefé cambió el ángulo de la información: la pantalla mostró a Jessica y Jonathan en una cama. ¿Haciéndose arrumacos, pasto para voyeurs? No, discutiendo un asunto de gentilicios. ¿Por qué usan la palabra “americanos” para referirse a los “norteamericanos” si “americanos” somos todos?: he aquí la pregunta que desvelaba a Jonathan y que Osito no pudo contestar.
En la edición del miércoles al mediodía, que se emite por Telefé, la casa en vivo era una lágrima. Jonathan tirado en una cama. Jessica, durmiendo. Sebastián dormitando en el sofá. El cordobés, leyendo en otro sillón hasta que de pronto, se puso en movimiento: caminó hasta el cuarto, se sacó los pantalones y continuó con la lectura pero en la cama, claro. Diego y Gabriel compartían el silencio en las reposeras del patio. Al fin, el mendocino abrió la boca: “¡Qué embole!”, expresó.
No hay que ser adivino para imaginar lo que sentirían los productores con el programa al aire, en directo, mientras la casa languidecía entre el tedio y el sueño. Dieron entonces un manotón de ahogado. “Diego, por favor, al confesionario”, tronó la voz de Gran Hermano. El muchacho, que estaba en cueros, se tomó el tiempo para ir hasta la habitación y calzarse una remera porque, como se sabe, él no pisa el confesionario con el torso desnudo. El pedido que le hizo Gran Hermano fue que acudiera al box de intercambio, retirara una serie de elementos y convocara a sus compañeros a jugar por un puñado de golosinas.
El perfil de líder que Diego supo construir en más de dos meses estuvo a punto de naufragar en ese instante. El pobre era un profeta en el desierto intentando despertar a algunos y movilizar a los otros. Gran Hermano insistía y Sebastián, ya incorporado del sillón, informaba que los demás dormían.
Palabra que se escuchaba, palabra que aludía a la modorra: “¿Despertaste a los cuerpos?”; “Vamos a despertar a los niños”; “Osito está durmiendo”.
-Chicos, a despertarse. ¿Qué pasa que no adivinamos nada? Vamos chicos, a despertarse -se inquietó Gran Hermano.
Aunque sin bríos, comenzaron el juego. Para decirlo fácil, no pegaban una. Pasado un tiempo más que prudencial, Mariano Peluffo tomó la posta:
-Por ahora los chicos no adivinaron ninguna pero están cada vez más cerca -la remó como pudo, y mandó el corte.
Regreso de la tanda:
-En esta tarde lluviosa, los chicos se están divirtiendo. Los chicos se divierten. Nosotros volvemos a espiar, y nos divertimos con ellos -pretendió Peluffo.
Del otro lado de la pantalla, era imposible creerle.
Más “Dígalo con mímica” sin aciertos:
-Reconocemos con alegría el esfuerzo que están haciendo, chicos -quiso insuflarles ánimo la voz de Gran Hermano.
El programa lleva al aire 63 días y, según informaron al comienzo, durará 112. Se diría que está en problemas. Ante el inminente desembarco de los tanques televisivos de la temporada otoño-invierno, si la producción no encuentra el modo de revertir la abulia que se instaló en la casa, los latidos que podrían empezar a disminuir son los del corazón del negocio: el rating.
Dejá tu comentario