Romario y un cierre brillante
*Canoso, con arrugas, pero con su magia intacta, el delantero brasileño se metió entre los grandes de la historia del fútbol mundial al conseguir ayer su gol número 1.000 como profesional.
*"Salí el jueves y saldré hoy y a quien no le guste que se joda”, llegó a decir Romario antes de un partido.
*Romario, a los 41 años al borde del adiós. Un verdadero ídolo.
Por NA
Campeón en Brasil, España y Holanda, el Baixinho tuvo su apogeo en 1994 cuando fue decisivo para ganar en Estados Unidos la Copa del Mundo y la FIFA lo eligió como el mejor jugador del planeta.
Nacido el 29 de enero de 1966, surgió en el modesto Olaria de Rio de Janeiro en 1979. Pasó a Vasco da Gama en 1985 con fama de goleador de su club y de las selecciones juveniles de Brasil.
Amante de la noche, se fue del FC Barcelona para el Valencia dando un portazo debido a los encontronazos con Cruyff, un técnico que exigía disciplina dentro y fuera del campo.
Tras un breve pasaje por el Valencia, en donde marcó 14 goles en 21 partidos, volvió a Brasil en 1996 para seguir perforando redes con las camisas de los equipos más populares de Rio: Flamengo, Fluminense y Vasco da Gama.
Romario siempre trató de construir su propia imagen y no le importó ser tildado de "chico malo" y hasta insoportable por sus compañeros.
"Salí el jueves y saldré hoy y a quien no le guste que se joda. Los compañeros que se jodan, pues a ellos no les tengo que dar explicaciones", dijo una vez.
Ya canoso, volvió a decir hace poco que no le importa ser un espejo para los futuros futbolistas. "Lo que debe tener buena imagen, es el televisor", dijo.
A los 41 años, cuando los jugadores están jubilados o son directores técnicos, Romario salió del ostracismo causado por su pasaje por equipos de Qatar, Australia y Estados Unidos y decidió cerrar su carrera a toda orquesta.
Altivo como siempre y con su lengua más afilada que nunca, volvió a convertirse en el centro de las atenciones al anunciar que estaba a un paso del gol número 1.000; cifra mágica apenas superada en Brasil por Pelé.
Siempre reacio a entrenamientos y concentraciones, adelgazó, llegó a los 74 kilos que tenía en el Mundial de 1994 y entrenaba cuatro veces por semana; algo absolutamente inusual en su carrera. También disminuyó sus incursiones en la noche del Rio, de cuyas discotecas y bailes funks es un habitué.
Romario dice que pese a que la noche es su mejor amiga, no hubiera llegado a jugar a los 41 años si hubiera cometido muchos desórdenes. "Hoy puedo tener desventajas en la fuerza física y en la velocidad, pero aún soy el mejor", afirmó.
Señaló que su manera de ser es la que lo mantiene como ídolo de los brasileños. "Soy como cualquier brasileño. Me gustan las mujeres, salir, divertirme. Por eso el pueblo se identifica conmigo", sostiene.
Fuera del fútbol, Romario abrazó una nueva causa y es la de combatir el preconcepto contra el Síndrome de Down, como el que padece su hija Ivy, de 2 años, la menor de sus seis hijos.
Romario no ha dicho exactamente cuándo colgará los botines. Sin embargo, ya señaló que ni se le pasa por la cabeza ser entrenador. "¿Como voy a mandar entrenar a alguien?. No tengo moral para eso", reconoce.
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