Durante mucho tiempo quise conocer la receta de Mirtha Legrand para mantener sus almuerzos durante 40 años al aire. Ahora entendí la fórmula de su éxito. Está a la vista de los televidentes, en la cartera de la dama.
¿Cómo hace Mirtha Legrand para mantener durante 40 años sus almuerzos en la televisión argentina, donde la mayoría de los éxitos son efímeros? ¿Cuál es el secreto de esa mujer que consiguió ser habitante vitalicia del Olimpo mediático, un cielo tapizado por estrellas fugaces? Todo eso me venía preguntando desde hace largo tiempo. La semana última, encontré la respuesta: la clave está en la carterita.
Entre los breves pasos de comedia con los que Mirtha matiza el bloque de apertura de los almuerzos, últimamente ha incorporado “el show de la carterita”. No es más que unos segundos dedicados a que la conductora exhiba lo que lleva dentro de una cartera. ¿Qué muestra? Una lapicera, la tarjeta magnética para entrar a la suite del hotel donde se aloja en Mar del Plata, un pañuelito blanco, una polvera y un rouge con los que se retoca el maquillaje mientras intercambia humoradas con uno de los integrantes de su equipo que, detrás de cámara, imita sus gestos al pintarse los labios. Eso es todo: apenas una ocurrencia divertida que no dura más que un suspiro en el largo programa que Mirtha afronta, en vivo, durante los cinco días hábiles de la semana. Pero parece que el discreto segmento pegó en el público y fue cobrando repercusión. Tanto que un mediodía, Mirtha miró a cámara y dijo:
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_Ay Dios mío, pensar que yo me preparo leyendo a fondo el currículum de cada uno de mis invitados… Que lo hago a conciencia, cada noche… ¿Y la gente de qué me habla? De cómo irá a salir el show de la carterita…. En fin….
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Entonces, entendí todo. Mirtha Legrand conserva el éxito porque es capaz de hacer esa reflexión. El comentario muestra cuánto conoce los códigos de la TV y cómo sabe utilizarlos sin permitir que la devoren. Mirtha sabe que en la pantalla chica las ocurrencias pegan fuerte; que de la noche a la mañana, un comentario ingenioso, dicho al paso, se convierte en un clásico. Y no se priva de esos instrumentos, claro. Para ejemplo, las “rosas rococó rosadas”, el “allá vamos”, “este programa trae suerte”, “como te ven, te tratan”, etc. Pero allí donde otros se recuestan en la comodidad de esas chispas verbales bendecidas por el público, Mirtha sigue estudiando a pie juntillas la información sobre sus invitados. No renuncia al esfuerzo de hacer en serio la tarea que deberían realizar todos los que practican el género de la entrevista en cualquier medio.
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Probablemente, los almuerzos de Mirtha no se habrían convertido en un producto televisivo popular si no hubieran incluido la descripción de su vestuario o sus relatos sobre Elva y Elvira, las dos empleadas que la acompañan en su casa desde hace años, o los latiguillos que saltaron de la pantalla al lenguaje de los argentinos. Pero si las emisiones se hubieran reducido a esa colección de gestos simpáticos y la conductora no tuviera la menor idea sobre qué preguntarles a sus invitados, el ciclo no se habría mantenido en la TV durante tantos años.
A mi modo de ver, la habilidad de Mirtha reside en comprender como pocos la esencia de la tele: exige show, y ella no se resiste a hacer el de la carterita; pero también, contenidos, y ella no deja de estudiar por las noches los datos que le sirven de arcilla para moldear las entrevistas. Otra, en su lugar, habría cedido al canto de sirenas que suena, cada vez con más fuerza, en los medios audiovisuales: más cotillón verbal y menos información. Otra, en su lugar, ya no estaría en la tele ni contaría con el respeto profesional del que ella goza.
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