Saddam hacia el patíbulo
*La ejecución del sanguinario ex dictador iraquí no aportará nada de lo que ese país necesita para salir del caos en que se encuentra.
*El politólogo Claudio Fantini opina: "Es culpable de todo lo que se le acusa; el suyo fue un régimen genocida y atroz, pero el juicio fue una parodia".
Aguardará en el “corredor de la muerte” el día señalado, caminará hasta el patíbulo se esforzará por dejar en las fotos un gesto desafiante y heroico, y será finalmente ejecutado. Festejarán algunos en las comunidades chiíta y kurda, víctimas de la marginación, la persecución, la represión y las operaciones de exterminios a las que sometió el régimen del ejecutado.
Los grupos armados baasistas lo considerarán una nueva afrenta del chiísmo y del imperialismo anglo-norteamericano contra los sunitas. Tal vez digan que las masacres con coches bombas que perpetren esos días son actos de venganza, aunque estará claro que con o sin ejecución los atentados se hubieran perpetrado igual, como lo dicta la sangrienta rutina de una guerra civil interétnica. Lo que está claro es que la muerte de Saddam Hussein no aportará absolutamente nada a lo que Irak necesita para salir del caos autodestructivo en el que está sumergido. Quizá tampoco empeore la situación; pero no la mejorará. Y en todo caso, agregará a los ojos del mundo una imagen más de muerte.
El hecho colaborará a la animadversión que el grueso de los europeos sienten por el presidente norteamericano. Al fin de cuentas, si algo lo convertía en noticia cuando era el gobernador de Texas es que, bajo su mandato, ese fue el estado norteamericano donde más se aplicaba la pena de muerte y donde George W. Bush rechazó absolutamente todos los pedidos de clemencia, incluso en casos en que la ejecución era visiblemente injusta.
Es cierto que a Saddam Hussein se juzgó y condenó con leyes iraquíes y no texanas; también es cierto que el tribunal del juicio estuvo totalmente integrado por iraquíes. Sin embargo nada oculta la inmensa paradoja. Saddam era culpable de los crímenes por los que fue juzgado y condenado; incluso cometió muchos más que los comprendidos en el proceso. Si lo llamaban “el carnicero de Bagdad” no era precisamente por su sensibilidad y su vocación de diálogo. Saddam era un psicópata con incontinencia criminal que, junto a sus dos hijos, Uday y Qusay, lideró un régimen atroz y genocida.
De todos modos, el juicio al que se lo sometió no fue justo. Aunque el veredicto coincide con su culpabilidad, se trató de una parodia judicial de final anunciado; en definitiva, porque no puede haber jueces y leyes en un país y sin estado. Irak no tenía estado cuando comenzó el proceso judicial, y no lo tiene ahora, que ha concluido con veredicto y sentencia.
Hubiera sido más inteligente entregar al ex dictador iraquí a un tribunal internacional. Igual que otros tiranos espeluznantes, como el centroafricano Jean Badel Bokasa o el serbio Slobodan Milósevic, las brutalidades de Saddam debieron ser juzgadas en un foro con más credibilidad. La sentencia no hubiera implicado pena de muerte, pero se habría probado en forma creíble su responsablidad en las purgas del partido Baas tras la caída de Hassan al-Bakr, el uso de armas químicas contra los iraníes durante los ochos años de guerra entre Irak e Irán, además de las masacres, secuestros, torturas y asesinatos que constituían la cotidianeidad del régimen.
¿Tendrá alguna utilidad política la ejecución? En absoluto. Su imagen quedó destruida cuando lo atraparon oculto en una madriguera y los iraquíes lo vieron en la tele con el aspecto de un náufrago que mostraba el interior de su boca a los médicos que lo revisaban.
Después de que sus dos hijos murieron en Mosul combatiendo ferozmente por no entregarse, a Saddam le correspondía morir del mismo modo, o suicidarse antes que regalarle al enemigo semejante trofeo. El sanguinario líder no tuvo honor ni dignidad, pero la negligencia de los ocupantes le dará otra oportunidad.
Será en el patíbulo, durante el instante previo a la ejecución, cuando perdido por perdido se esfuerce por un gesto heróico ante las cámaras que retratarán el histórico y prescindible momento.
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