Confitería del Molino: idas y vueltas de una joya arquitectónica al borde del colapso

Sociedad

La fachada estilo Art Nouveau perdura a pesar del abandono en avenida Rivadavia 1801. Lo mismo sucede con las aspas del molino, que siguen observando, inmóviles, el paisaje de la Plaza de los dos Congresos desde lo alto de la torre. Sin embargo, la confitería del Molino está hoy más cerca de volver a abrir sus puertas, después de 18 años de negativas de los dueños a vender y propuestas legislativas que quedaron en la nada.

La historia data de principios del siglo XX, cuando el pastelero italiano Cayetano Brenna compró la esquina para mudar a ese lugar la confitería El Molino, que funcionaba a pocos metros de ahí y que había sido bautizada así en alusión al primer triturador de harina de la ciudad.

Pocos años después, Brenna adquirió las casas contiguas al local y encargó la unificación de los tres inmuebles. Así nació en 1917 el fastuoso edificio, construido con los materiales más caros, importados de Europa, que además de la confitería albergó dos salones de fiestas y departamentos en los pisos superiores.

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A partir de aquel momento, El Molino supo ser el centro obligado de reunión de políticos, poetas, cantantes y todo tipo de exponentes de la alta burguesía porteña.

Su época dorada duró hasta la muerte del fundador, en 1938. Luego cambió de dueños y en los últimos años la falta de actividad del Congreso durante la dictadura, entre otras causas, aceleró su caída: en 1979 presentó la quiebra.

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En 1982 volvió a abrir, de la mano de los nietos de Brenna, pero esta segunda etapa duró sólo quince años. Al parecer, para saldar las deudas no fue suficiente ni el dinero que pagó Madonna para filmar allí el videoclip de la canción Love don't live here anymore, en 1996, ni lo que le cobraron a Clarín para grabar un comercial del torneo El Gran DT, donde varios políticos simulaban armar un equipo en una de sus mesas, estrenado pocos días antes del cierre en febrero de 1997.

"Love don´t live here anymore", Madonna
En 2004, sus puertas volvieron a abrirse por nueve días. Fue en el marco del ciclo cultural Estudio Abierto. Hasta entonces, el juicio por la quiebra había ocasionado que nadie pudiera entrar al lugar. Durante el evento, casi cien mil personas visitaron el edificio abandonado.

Según el ex director del Casco Histórico de la Ciudad de Buenos Aires, el arquitecto Luis Grossman, él se contactó con el dueño de la propiedad y nieto de Cayetano, Edgardo Roccatagliata Brenna, a principios de 2000 por su interés de darle vida al edificio. Su proyecto era construir en el lugar un hotel de cuatro estrellas y preservar la confitería en el piso de abajo, junto a un restaurant que funcionaría como comedor del lugar. Para esto contactó a inversores de Chicago, Estados Unidos, y se entrevistó con gente para administrar la confitería.

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"El propietario nos dijo que eso no se vendía, a lo que contraofertamos tomar una concesión por 25 años, ya que la inversión a realizar ascendía a los 16 millones de dólares. Fueron años de dar vueltas. Finalmente eran tantos los reparos por un canon que quería él que, al final, estos señores perdieron interés y se fueron", explicó Grossman.

Sin embargo, poco después, el dueño quiso vender. Entonces, el arquitecto volvió con un grupo de inversores mexicanos. "Pero nuevamente las condiciones y lo que pedía para venderlo frustraron las negociaciones", recordó.

Finalmente, tras negociaciones y varios proyectos truncados en la Legislatura porteña y el Congreso nacional, en noviembre de 2014 la Cámara de Diputados aprobó su expropiación.

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