La historia de la mujer que le abrió el camino a Ceferino Namuncurá hacia la beatificación

Sociedad


  • Entre las muchas historias de “milagros” realizados por este mapuche, pronto a ser beatificado, puede que se destaque la de Valeria Herrera de Koua.
  • Una monja que supo misionar en África, enamorarse de un maestro de Costa de Marfil y volver a vivir –con él- a su Córdoba natal donde le pidió una ayuda muy especial a Namuncurá.

Quizás uno de los casos más sobresalientes con los que contó el Vaticano a la hora de decidir la beatificación del mapuche Ceferino Namuncurá sea el de Valeria Herrera de Koua que, hoy con 31 años, le pidió algo muy especial cuando contaba 24.

Para ese entonces (1998) Valeria había vuelto de África, donde estuvo misionando en comunidades indígenas –ella era monja- acompañada de Joseph Koua, un maestro de Costa de Marfil y seminarista católico, aunque nunca llegó a realizar sus votos definitivos.

Por el amor que los unió del otro lado del Atlántico y que se manifiesta hoy, ambos pidieron a Roma sus "dispensas" para dejar los hábitos. Valeria decidió volver a su Córdoba natal y Joseph la siguió, según le relató al diario Clarín.

En diciembre de ese mismo año se casaron y Valeria quedó embarazada tres meses después, aunque sufrió un aborto espontáneo y con él unos dolores que no se iban. "Seguí con pérdidas cada vez más intensas, al punto de que no podía moverme del dolor".

Un viernes de octubre de 1999 los médicos le diagnosticaron un cáncer de útero que podría expandirse a los pulmones y al cerebro en poco tiempo, hasta terminar con su vida. El peligro era tan inminente que le recomendaron “con toda urgencia" realizar las sesiones de quimioterapia.

Esa misma noche, en la habitación de su casa de Bialet Massé, a 70 kilómetros al oeste de la capital cordobesa, Valeria le contó a Joseph el diagnóstico médico. “Lloramos mucho. Pero en un momento él necesitó salir al aire fresco. Yo me quedé en mi dormitorio y encontré una revista con la historia de Ceferino Namuncurá”.

“El había misionado también entre los indígenas. Era joven como yo. Tenía 19 años. Yo, 24. Me sentí cerca, como un igual. Y sí, confieso, hasta pequé de soberbia cuando le exigí que me ayudara. Miré la imagen y supe que me iba a ayudar", cuenta hoy esta madre de tres chicos.

El lunes siguiente “llegamos con mi familia, con Joseph, y la doctora, antes de hacerme pasar al tratamiento, me revisó y abrió grande los ojos. ¿Qué hiciste este fin de semana? ¿Qué pasó aquí?", dice que le preguntó la médica ante la desaparición total del cáncer.

En tanto, y mientras los especialistas seguían revisándola sin salir de su asombro, Valeria miraba hacia arriba y le repreguntaba a la doctora: "¿Usted cree en los milagros?", y sin esperar respuesta dio la suya, “yo sí”.

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