Super Pancho - Parte 4
*Historias y escándalos de barrios privados, lo que todos saben pero pocos se animan a contar.
*Por Santiago Ordoñez Zemborain.
El noviazgo fue corto y violento
Hubo un incidente, algo entre gracioso e indiscreto. Unos jovencitos apenas adolescentes, apercibidos de la leyenda del Super Pancho, se apostaron debajo de la ventana donde una noche en que los padres no estaban, se habían recluído Romina y Rubén. Parece ser que los gritos y gemidos solicitando auxilio de la chica desconcertaron y asustaron a dos de los improvisados voyeurs (écouters más bien). El volumen de las súplicas de Romina, lo agudo de sus gemidos animales no tenían otra explicación que el peligro inminente, en las mentes jóvenes y faltas de experiencias de los niños-jóvenes.
Afortunadamente uno de ellos, experto en películas triple X hizo las adecuadas asociaciones e impidió – explicación mediante – que fueran a solicitar el auxilio de la guardia para salvar a la dama en peligro.
Pero el episodio se conoció y se murmuró en voz baja durante meses. La sonrisa con que Romina acudía a las salidas y reuniones sociales del Country, tenía su razón de ser, envidiable por cierto. Rubén por su parte, felino, musculoso y cada vez más seguro de sí mismo, no dejaba entrever si sabía o no lo que se comentaba a sus espaldas. En todo caso, dejaba que hablaran y especularan los hombres. Y fantasearan febrilmente las mujeres que ya sabían que habitaba el área un prodigio de porte y conducción que morían por conocer. Fruto prohibido, inaccesible por todos lados, y propiedad de la joven y agraciada Romina.
Por el lado de Rubén la concurrencia familiar fue bien escasa. Vino la madre, una señora cincuentona, humilde pero bien vestida. Era fácil percibir en ella el origen de los rasgos del hijo, la expresión firme, decidida hablaba de genes fuertes transmitidos desde siempre. El padre, nunca había estado presente en la vida de ambos, había abandonado a la madre cuando el chico tenía apenas meses.
Vinieron además, unos tíos por parte también de la madre. Un matrimonio relativamente joven, que mostraba también claramente su origen indefinidamente clase media bien baja en lo económico, no tan claro en otros aspectos, las expresiones eran amables serenas y ajenas. Los acompañaba su hija Norma, una jovencita de unos 15 o 16 años de mirada intensa. Era claramente el mejor exponente de la familia Matos, si se exceptuaba al Super Pancho que brillaba con luz propia. La prima Norma era alta para su edad, con piernas torneadas y elegantes. Su piel blanca, apenas con un toque de bronce. La cara traslucía algo de la impasible serenidad de su primo. Había una pizca indígena, evidenciada en los pómulos altos. Ojos enormes verde esmeralda, y una nariz graciosa. La boca era carnosa y agresivamente sensual.
El resto del cuerpo ya desarrollado mostraba a una mujer que se las traería, pronto.
Con esa escasa concurrencia por parte del novio, la fiesta se desarrolló con enorme alegría por parte de los presentes.
La novia estaba espléndida. Toda de blanco pero con un vestido moderno y sugestivo, su presencia arrancó exclamaciones admirativas de las mujeres y agónicas de los hombres que la veíamos allí, deseable y hermosa para su hombre.
Rubén, como siempre lucía dueño de la escena, en su smoking de casamiento. Alguno dijo que el tipo ni siquiera parecía haber considerado la serie de acontecimientos que lo había llevado tan leve y graciosamente a casarse con mujer tan bella, y ascender socialmente de un tirón lo que a otros les lleva generaciones. Parecía ni haberse planteado la cuestión. Estaba allí y quizás siempre pensó que estaría algún día, o no le importaba, no le daba valor especial a esas partes suburbanas de la vida. Yo creo que lo único que le importaba era Romina y le hubiera resultado igual todo si se hubiera desarrollado en su Villa Ballester nativo. Claramente no era un hombre que estuviera allí por el dinero.
Todo su ser estuvo esa noche dedicado a la que se acababa de convertir en su esposa. No hubo nunca un novio que atendiera y homenajeara tanto a su mujer como él. La intensidad de sus ojos, su presencia toda eran un tributo a Romina. Le estaba diciendo que era la mujer de su vida y que estaba feliz de dedicarse a ella por toda la eternidad. Lucky, lucky Romina. Que suertuda.
Hubo un incidente ínfimo, protagonizado por Gonzalo, el chico de los Unzué Bagliotto, una familia tradicional del Country (y del país también). Un canchero de Country que se llevaba el mundo por delante y tenía a todas las chicas a sus pies. Las del “Santa María del Sol” y también las de los extensos alrededores. Gran ganador, alto y corpulento rugbier, pintón y acostumbrado al éxito, se fue a chamuyarse a la prima Norma. Lo habrá excitado la posibilidad de transarse a una “parda” - aunque la jovencita era blanca por donde la viera- conquistar a una extraña que obviamente “no pertenecía” al círculo dorado.. O lo exótico de los orígenes presentidos. Bromeó con sus amigos. Se preguntó en voz alta si habría algo super femenino en ella equivalente a la super masculinidad de su primo y familiar. Ya lo descubriría.
Todavía sonreía cuando se le acercó y comenzó a hablarle a la joven que estaba sentada mirando como la gente bailaba y se divertía. Contemplaba la escena en particular a los novios con aquella mirada intensa y fija. Cuando Gonzalito Unzué Bagliotto se le puso enfrente y adoptando su tradicional pose ganadora comenzó a hablar, sus amigos desde lejos anticipaban el éxito de costumbre – vicario para ellos pero no menos delicioso -. El joven habló unos segundos. Después se vio que ella le respondía, muy brevemente. No pareció alterarse el ritmo corporal de la joven, solo habló. Algo se envaró en el cuerpo del conquistador. Se tornó rígida la espalda y aún sin ver su rostro los testigos comprendieron que algo andaba mal. Pésimo. Y lo confirmaron cuando unos instantes después Gonzalo se dio vuelta y deshizo el camino andado. Pero no se dirigió hacia donde estaban sus amigos sino que los evitó y caminó hacia la parte oscura del jardín.
Me recordó esas escenas en que un perrazo poderoso, tenso, ágil y seguro de su fuerza se dispone y ataca con toda decisión y salvajismo. Pero algo hace o dice quien iba a ser su víctima, y el seguro vencedor retorna por donde vino, emitiendo llantos y gemidos ínfimos, derrotado y lloroso. Pidiendo que lo dejen sólo con su rabia y su vergüenza. Difícil siquiera adivinar qué habrá oído el atacante para que su ánimo triunfal cayera tanto y tan rápido.
Esa noche no se lo vio sino muy de a ratos y no quiso comentar lo que le había dicho su frustrada conquista. Ni lo hizo jamás en el tiempo que siguió. Algo helado o definitivo le habría trasmitido Norma, que lo hizo desistir y le arruinó la noche.
Aquellos que se interesaron en ella, y dirigieron alguna mirada casual, vieron toda la noche lo mismo: la bella jovencita miraba las escenas que se desarrollaban ante sí, con una semi sonrisa franca y abierta, que parecía pero no era abierta y receptiva, una superficie espejada que no dejaba traslucir lo que pasaba en su interior.
La Argentina, ese país contradictorio y generoso daba una vez más pruebas de su infinita apertura: en cuestión de meses, algo menos de un año, Rubén el remisero se había convertido en el marido de Romina Armenasián. Y todos lo festejábamos. La comunidad del Country, acusada a veces de ser gente cerrada, elitista, clasista, encerrada en sus riquezas y privilegios daba prueba una vez más de apertura y generosidad. Una hija de armenios ricos se casaba con un criollo de humilde condición. Todo eso en los jardines de gala de nuestro Country “Santa María del Sol Country Club” al que han acusado a veces de sectario. Ahí tienen. Todos celebrábamos junto al nuevo matrimonio.
Siguieron cuatro años buenos para el matrimonio. Decidieron vivir en el country y construyeron una casa moderna y confortable en la zona más alejada, la última que se urbanizó, la más arbolada y agreste. Para esa época los Armenasián padres vendieron su casa ya cansados del ir y venir de fin de semana.
Romina se fue haciendo cargo de la Escribanía familiar y Rubén que resultó ser muy emprendedor consiguió – crédito del suegro mediante- armar una modesta flotilla de dos remises que básicamente atendían las necesidades del Country. Adicionó una combi que llevaba y traía a los countristas residentes permanentes que así evitaban manejar su propio auto todos los días. Le iba bien. Su relación con la gente del country era, por lo menos, fuera de lo habitual. Conocía prácticamente a todo el mundo, vida y miserias a través de los servicios que prestaban él y sus empleados. Inevitablemente la gente hablaba en los largos viajes, solicitaba remises en función de necesidades normales, pero también a horas destempladas, para irse de una casa tras una discusión conyugal, entregar al cuidado del remisero una jovencita tras pasar la noche con ella. Peleas, amoríos, travestis a horas desusadas, chicas de todo tipo que hacían visitas profesionales, o amateurs que habían sido levantadas en los boliches, deslumbradas con autos nuevos y la perspectiva de una noche en un country de lujo, todo o mucho de lo que pasaba era de conocimiento de Rubén.
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