Super Pancho - Última Parte

*Historias y escándalos de barrios privados, lo que todos saben pero pocos se animan a contar.
*Por Santiago Ordoñez Zemborain.

Télam
Por Télam
Aquella relación perfecta que les había devorado el seso, seguía estando pero ya sin alma. Y la diferencia era todo lo que importaba.


Durante la semana, la escena se repitió con variantes derivadas del distinto carácter de Julia y Annabela aunque las conclusiones – cada una quiso probarlo en carne propia y ver con sus propios ojos – fueron idénticas.


Rubén,  conservaba su dignidad intacta, su auto respeto nunca disminuido y eso había sido gran parte de su atractivo. Durante todos aquellos largos 18 meses ellas se habían estado acostando y probando las delicias de la relación con un hombre entero, algo inalcanzable con ningún profesional, sólo con un amante quizás pero nunca compartido entre tres. Ahora, ese hombre entero les revelaba con su actitud que era dueño de hacer lo que le viniera en gana y que consideraba que lo nunca dicho, no había sido establecido. Que aquello que ellas consideraban tácito no lo era y que él se atenía a lo literal. Prestaba un servicio en el que ponía a disposición de sus amantes ocasionales su privilegiado cuerpo, y -mientras  duró, ahora venían a enterarse, pero sólo mientras duró mantenía él – su persona, sus emociones, su pasión amatoria había sido de ellas, por turnos sí, pero exclusiva de cada una cuando estaba con la que tocara en suerte. Ahora no, ahora poco a poco quedaba claro que el tipo estaba locamente perdido por Norma. Era con ella con quien paseaba y se mostraba en las áreas públicas del Country, a quien presentaba en las comidas y la que lo acompañaba en las tardes de fútbol. La que bailaba con él en las fiestas y con la que se sentaba a charlar y tomar algo en el porche de la casa, a ver pasar a los joggers, las parejas con bebés, los amigos que pasaban y saludaban a la pareja. Las tres desposeídas – parcialmente – hervían. Casi literalmente hervían y figuradamente desposeídas. Porque Rubén consideraba que seguía cumpliendo su parte del trato. Recibía a cada una de sus -¿amigas, clientes, amantes por horas?- y ante la visible indiferencia y hasta aquiescencia de Norma las llevaba al dormitorio de visitas y atendía con consciencia sus necesidades en la medida de lo posible. Y lo hacía con maestría como antes y siempre. Pero ya no había entre ellos – Rubén y la que tocara en suerte aquel día – la química que todo lo cambia. Ni aún proponiéndoselo ellas – él no hacía esfuerzos en ese sentido – podían figurarse como antes que eran aunque por un rato amantes o cómplices de su compañero de cama de aquel momento. Hay una clara distinción y todos la sentimos cuando existe o no la pared que solemos voltear voluntariamente para que el otro penetre y nos abrace. Cuando dejamos que caigan todas las defensas y con el gesto, la sonrisa, el beso y la palabra- esta última a veces y no necesaria- hacemos ver que estamos allí, vulnerables y entregados habiendo renunciado a las medidas de seguridad que hasta natural y evolutivamente estamos obligados a mantener en vigencia. Dadas de baja estamos en peligro pero lo corremos con ventaja porque la cercanía de los cuerpos y las almas exigen que sean volteadas. Y cuando lo son, todo es tanto mejor. El amor le dicen algunos. La confianza, intimidad, amistad quizás mejor para no divagar.
Y eso, definitivamente, no estaba. Y lo que hacía terrible esa ausencia para las tres damnificadas, es que antes había estado. Allí, cada una de ellas lo había experimentado. Y si bien sabían que era compartido, había estado disponible para cada una en los momentos compartidos con el hombre, que no habían sido sexo sino sexo y charla, risa, confidencia, lágrimas a veces, confianza y desarme.
Ahora en cambio existía la sospecha – certidumbre en realidad para quien quisiera verla – de que aquellos momentos en que “Es Pi” se soltaba y reía, lloraba o admitía la entrada de alguien en su intimidad estaban reservados sólo a aquella intrusa, la chirusa como empezaron a llamarla las tres. Norma.


Veían el comportamiento de su galán como una defraudación a un contrato implícito. No se daban cuenta de lo absurdo de pretender pactar sentimientos, y era de alguna manera lógico porque había sido así durante un largo tiempo hasta que fueron cooptados por una hembra más potente que lo que ellas aún juntas pudieran representar. Disfrutaban,- ¿pero de que servía? – de aquella excepcionalidad física del hombre que nunca dejaba de rendir. La “satisfacción” estaba allí y como algunas de ellas tenían otros encuentros con miembros viriles podían tener muy fresca la comparación. Nada equivalía a aquella excepcionalidad de Rubén. Comprendían al mismo tiempo que el Super Pancho, ahora solo y sin emoción, carne únicamente era un pálido sucedáneo, inútil a todo efecto salvo el más inmediato y escaso del clímax alcanzado ahora con dificultad y esfuerzo.


Para más indignación no podían evitar imaginarse la dedicación amorosa que a ellas se les había retirado de manera tan abrupta volcada ahora en aquella intrusa que les había robado su bienestar.
Antonella y Elisa lo tomaron mejor. Trataron, empleando la razón, de sacar el mayor provecho posible de una situación que si bien se había deteriorado, podía todavía ofrecer frutos que –pensaron- podían ser valiosos. Pero la ilusión duró poco. Nada era como antes y la diferencia en el sentimiento, tan obviamente puesto fuera del lecho que compartían por turnos con Rubén, hacía soso y sin gusto cada uno de los encuentros.


Julia creyó enloquecer. La chatura de su matrimonio se le vino encima. Ya no podía mirarse y pensar que, protagonista de una aventura intensa, no era sólo una cuarentona rica como tantas que poblaban el Country. Ahora era una de ellas, apenas servida desganadamente –para su gusto- por un galán a sueldo.


Norma por su parte reinaba en aquella casa y aquel hombre de manera indudable. Comprendería que el servicio que prestaba a las tres era la manera de ganarse el pan que tenía su hombre, y parecía no objetarlo. Era toda cortesía con ellas cuando llegaban. Pero cortesía distante y que no entregaba nada. Y cuando se cruzaban en áreas comunes del Country, también los saludos eran helados, sólo ellas comprendían absolutamente lo que sucedía. La tolerancia de la joven a aquella situación la haría aún más perversa, evidenciaba una absoluta confianza y seguridad en su hombre a quien no objetaba y más bien ayudaba a ejercer su trabajo. Pero la no intervención ni oposición era un reflejo fiel de que Norma sabía donde estaba parada y aquellas mujeres más viejas, más feas y necesitadas no podían ser competencia para aquella poderosa hembra que a sus 22 años tendía su velo apropiador sobre el que habían considerado su propiedad hasta hacía poco.


Actuaron de la manera previsible: tras reclamos que Rubén recibió con mirada mineral como no comprendiendo, se dieron por vencidas. Era muy difícil expresar qué era lo que le reclamaban y él no hacía nada para facilitarlo: ¿amor, pasión, rendimiento viril? Todo se mezclaba y no era fácil definir qué era lo que ahora se hacía mal o incompleto no como antes. Por fin decidieron rendir su orgullo y aclararle que la condición para seguir con las relaciones  -tenían todavía cada una de ellas algún grado de auto estima en su desesperada necesidad de que el hombre les restituyera su interés en ellas, de manera que planteaban la continuidad o no de “la relación”, como si a él le importara de ellas algo más que el dinero- era la separación de Norma. Debía irse, o no continuaría “lo nuestro”, cada una dijo algo parecido dejando que el entrecomillado se explicara por sí solo.


Rubén no fue ofensivo, ni prepotente sino más humildemente aborigen que nunca, en su aclaración de que Norma se quedaba, que él las quería a ellas como siempre –aunque era evidente que el verbo significaba algo muy distinto de lo que ellas esperaban-, pero aclaró que Norma no se iba.
Antes de que todo terminara como era evidente que iba a culminar, las doñas ensayaron aún una estrategia.


Estaban desesperadas. No se habían dado cuenta –cada una de ellas- de lo que representaba aquel hombre en sus vidas. Se habían contentado con la primera lectura: éxtasis sexual, éxito, diversión, novedad. Ahora se daban cuenta que excepcionalmente cada una había desarrollado con él –o había creído hacerlo– una verdadera pasión que llenaba sus vidas. Extraño solamente porque eran tres y él uno solo y porque ninguna ignoraba la existencia de las otras. Pero suficientes habían sido para cada una de ellas aquellos ratos vividos, y las memorias de los mismos que se llevaban consigo para vivir con ellos hasta el próximo encuentro.


Fueron y rogaron. Lo hicieron cuando Rubén estaba trabajando en la capital, con los remises. Norma las recibió separadas, a cada una de ellas y llegó a haber una presentación en conjunto al final. Cuando cada una de ellas se juntó con la joven, empezó desde arriba, exigiendo, y todas acabaron igual, implorando, agachándose, ropa, joyas y empaque de señoronas del Country ante aquella joven humilde sólo en formas exteriores, soberbia en la firmeza de sus carnes, la de su mirada y la apostura con que estaba parada en el suelo. Llegó una de ellas –aún con nombres ficticios no quiero declarar cual– a arrodillarse


- Mirá, por favor, te lo pido de rodillas. El significa para mí mucho más de lo que te imaginás…
E implorar que las dejara, que ellas lo necesitaban más. La otra las despachó con  cortesía y firmeza, apenas aclarando que las que sobraban, apestaban y daban lástima eran ellas, cómo pretender que Norma, la hembra real fuera a ceder a sus voluntades afirmadas sólo en ropa cara, maquillajes y tonterías que se compran con dinero.


Hubo una patética visita conjunta, que fue la última. Las tres procuraron darse valor y acudieron tras haber fracasado individualmente. Norma las recibió en el living, una tarde. Sólo hacia el final quedó explicitado: Rubén andaba por allí, dejaba hacer. O hacía su parte no haciendo nada. 


Ya sin límites, se desbordó la desesperación de aquellas mujeres que obraban en aquel momento como si fueran una sola, le ofrecieron dinero para que se fuera. Una suma muy importante. Tanto que a ella –le explicaron– le permitiría comprarse una casa en Villa Ballester para vivir cómodamente con sus padres  o independizarse, lo que quisiera concedieron generosas, los labios vacilantes, alguna papada apenas insinuada, pronta a ser corregida por el bisturí bienhechor. Las tres tan distintas pero unidas por la necesidad vital que ahora percibían. Las tres que lo tenían todo: dinero, poder, elegancia, ropa, autos, sirvientes y lo que quisieran al momento.


Las tres a la espera del veredicto.


Pero todo estaba perdido para ellas. Norma ni se dignó contestarles o lo hizo con el gesto comedido, cordial, burlón con que les señaló la puerta.


El gesto lo decía todo: el desprecio que sentía por ellas, la falta de toda lástima, el dominio que ejercía sobre su hombre, la afirmación de sus propios proyectos en los que Rubén tendría un papel que jugar. Era ella la que mandaba y tenía a todos  en su mano, controlando la situación. El equilibrio se había roto hacía tiempo y las tres se estaban recién enterando. Habían sido desplazadas y, como si por un ventarrón eran barridas de la escena. Era otra quien mandaba ahora.


Las acompañó hasta la puerta.


Rubén, que se había acercado y participó de la despedida, ni abrió la boca. Era ella, la abeja reina la que controlaba ahora la vida del hombre y ellas estaban de más.


Resultaba obvia la aquiescencia del “EsPi” a las decisiones de aquella joven que imponía su voluntad y su proyecto. Ni él, zángano como se vería de aquella reina, ni las viejas solo poderosas en apariencia, podrían nada contra la voluntad de ella.


Ahora ella y él se revelaban como lo que habían sido siempre, los que mandaban, no obedecían. Los que hacían y completaban su proyecto venciendo cualquier obstáculo. El imperativo que llevaban en la sangre iba a cumplirse, y las riquezas, el falso poder, las posesiones que ostentaban los que los acompañaban en la escena, de nada servían: eran ellos los que avanzaban, imparables, soberbios sobre la Tierra. Nada quedaba de aquel pintoresco personaje,  “EsPi”. Ni de su prima, aquella “sierva” que Gonzalito Unzué Bagliotto pretendió conquistar.


No eran la presa, la víctima, el objeto. Ahora estaba claro lo que eran, sujetos, predadores, nunca víctimas.


Dueños del mundo.

Pasaron unos pocos meses y Rubén vendió la casa del Country. Se despidió cortésmente pero sin dar demasiados detalles sobre sus planes futuros. Explicó que se proponía formar una familia y quería hacerlo ya no en el Country donde le costaba mucho mantener la casa, sino en Villa Ballester de donde provenían él y su mujer.


Su partida fue lamentada como siempre que un socio muy querido se va del Country. Le hicimos un asado de despedida, y quedamos como siempre sucede en que seguiríamos viéndonos lo que no sucedió.


No supimos más de él.

Varios años después, un trámite municipal me llevó a San Martín y cuando salía, me crucé con la familia. Un halo especial como una luz espectral iluminaba a Norma, más bella y asentada, más poderosa que nunca. La madurez de los 30 la beneficiaba. Caminaba con Rubén a quien vi con algunas canas pero vital y tenso como siempre del brazo de su mujer. Entre ellos, avanzaban dos chicos preciosos, varón y nena. Cada uno de ellos parecía haber heredado la potencia indefinible de sus padres. La chica lo mostraba en sus ojos claros y mirada ya, tan pequeña, dominante, intensa y concentada.


El chiquilín, no tendría más de 4 o 5 años, caminaba con la flexibilidad de un animal de presa, como lo había hecho Rubén cuando lo había visto por primera vez.


Me pregunté si todos los atributos serían heredables, y cómo sería el del chiquilín.
Pero eso de curioso y medio asqueroso que soy.

FIN

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