Tony Blair dejó de gobernar pero no de ser protagonista


  • El ex primer ministro británico necesita desesperadamente convertirse en un “gran pacificador”, para limpiar la imagen imperial militarista que dejó Irak en su carrera.
  • Para israelíes y palestinos, la nueva obsesión de Blair y su rol de mediador por la Unión Europea puede ser una oportunidad inmejorable.

Tony Blair ya no está en el 10 de Downing Street. Dejó de ser primer ministro a mitad del mandato en curso, y no porque haya fracasado. Al contrario, los británicos coinciden en que su gestión ha sido positiva en muchos órdenes.


 


Primero reformó y modernizó el viejo Partido Laborista, incorporando el decálogo de propuestas que el intelectual Anthony Guiddens llama “Tercera Vía”.


 


Con el “New Labor” como instrumento, Blair colocó a Gran Bretaña a la cabeza del crecimiento económico y el desarrollo tecnológico de la Unión Europea, lo que se percibe en el creciente flujo de “cerebros” y “jóvenes emprendedores” que va desde la Europa continental a las islas británicas.


 


Y también pudo mejorar notablemente los indicadores sociales que había dejado la “revolución conservadora” impulsada por Margaret Hilda Roberts de Thatcher, y continuada en tendencia declinante por el efímero John Major.


 


El “capítulo Tony Blair” de la historia británica sería brillante, sino hubiera en él una gran mancha: Irak.


 


Para muchos resulta un auténtico misterio que, teniendo una matriz política y cultural tan distinta a la del ultraconservador George W. Bush, este escocés que de joven fue guitarrista en una banda de rock y desde la universidad milita en el centro-izquierda, se haya encolumnado en la política militarista que desembocó en la ocupación del país del Golfo Pérsico.


 


David Held, de la London School of Economic and Political Science y asesor del gobierno laborista, subrayó la curiosa coincidencia que Blair tiene con Bush en cuanto a lucha contra el terrorismo y regímenes como el de Saddam Hussein, a pesar de tener miradas diferentes en una infinidad de otras cuestiones.


 


El hecho es que en el laberinto iraquí comenzó a extraviarse la buena estrella que siempre había acompañado al muchacho de Edimburgo que desplazó la vieja guardia laborista y construyó el partido imbatible que anuló en el escenario político a los torys neocons del tatcherismo.


 


Lo reemplazó en el cargo de primer ministro su antiguo amigo, excelente socio político y, finalmente, duro rival Gordon Brown; el artífice del despegue económico que cimentó el éxito de la gestión laborista.


 


Distinto de Blair, que es simpático, brillante orador, mundano y europeísta, Gordon Brown es callado, hosco, aferrado a la política interna y euroescéptico, como lo establece el origen campesino en la “Escocia profunda”  de este hijo de un pastor presbiteriano.


 


Que Brown sea el nuevo primer ministro es una buena noticia para los laboristas en particular y para los británicos de las clases medias y bajas en general; porque ahora podrá establecer sus propias prioridades, y a éstas las encabezan la excelencia en la salud pública, la accesibilidad a la vivienda y la lucha contra la pobreza.


 


Y que Blair sea el nuevo mediador europeo para el conflicto árabe israelí, es una muy buena noticia para esa región; no por lo que hizo hasta ahora, sino por lo que está obligado a hacer.


 


Conciente de que Irak es una mancha belicista que opaca su liderazgo, Anthony Blair está obsesionado por concretar logros pacificadores que le permitan redimirse ante la historia.


 


Lo consiguió en el Uster, donde piloteó un proceso pacificador exitoso que puso fin al IRA y a las milicias unionistas, desembocando finalmente en un co-gobierno entre dos eternos archienemigos: el ex guerrillero y actual líder del Sinn Fein Martin McGuinness, y el pastor protestante furiosamente anti-católico Ian Paisley.


 


Pero ahora necesita un logro pacificador de mayores dimensiones, y el viejo conflicto entre israelíes y palestinos le ofrece la chance que está buscando.


 


Blair sabe que se trata de una misión casi imposible; pero contará con el peso del “cuarteto de la Hoja de Ruta” (Estados Unidos, Europa, Rusia y la ONU). Y también sabe que la meta debe implicar, para los palestinos, un Estado independiente que sea económica y territorialmente viable; y para los israelíes la seguridad en sus fronteras que casi nunca tuvieron.


 


Sólo un logro pacificador de esas dimensiones puede lavar la mancha imperial y belicista que Irak dejó en su imagen de estadista.

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