Última parte / Concurso de belleza

Télam
Por Télam

El martes, estaba en la oficina de la inmobiliaria en Martinez cuando sonó el teléfono. Atendí. Ni secretaria ni nada en estos tiempos. ¿Para qué si los llamados son pocos, y la PC te permite hacer todo no?

“Hola” -dije. “Hola doctor -respondieron del otro lado- le habla Joanna Monzi. “Ahh... ¿Cómo está Joanna?” -continué. “Bien, muy bien. ¿Puedo pasar a visitarlo por la oficina? Hay algo que querría hablar con usted. “Si, claro Joanna. ¿Cuando querés pasar?” -dije pasando al vos con naturalidad. “Bueno, son las 10.30… ¿qué le parece a las 12?”, dije. “Excelente. ¿Tenés la dirección?”. “Sí, está en la tarjeta que le dio a mi marido... lo veo en un rato”.

A las 12 y cuarto Joanna estacionó su auto, un Mini Cooper azul, frente a mi oficina y entró. Decir que estaba espléndida es poco. Me faltan palabras para describirla, como en ese momento me faltó el aire para respirar. Minifalda negra, nuevamente. Pero esta vez una blusa algo transparente que dejaba ver un soutien negro. Para abajo, botas que realzaban esa grupa espléndida. Y al mismo tiempo siendo verano, ocultaban la parte baja de sus piernas que tanto me seducía. Discretamente pintada lucía radiante.

Se sentó enfrente mío, pero no cerca del escritorio de manera que pudiera ver sus rodillas. Las piernas se cruzaron. Cuando logré despegarme de ellas y la miré a la cara, sonreía.

“Doctor Manuel -dijo- vengo a reiterarle mi pedido. Para mí es vital asegurar la carrera de Valerie. No quisiera que la chica pase por los problemas que pasó la madre”. Joanna daba por sentado quizás que conocíamos su historia. Madre soltera, vendedora de piernas cansadas tras un mostrador, ahora prenda del repugnante mafioso.

“El sábado ya hablamos de eso, Joanna” -dije sin mucha convicción. Los labios le brillaban color marrón coral recién pintados. “Ya habló mi marido, le ofreció plata, él sólo sabe de eso y de machacar cabezas. Se sale con la suya casi siempre de una forma u otra: plata o puños. Se maneja con ideas básicas: lo tuyo, lo mío. Tomá, pagá. Ganar, perder. El tuvo la idea de visitarte para ofrecerte un trato. Yo le dije que era una locura… que gente como ustedes, vos y tu señora son gente de clase, que jamás aceptarías algo así. Pero insistió y al final no resultó tan mal: así pudimos conocernos. Vos y yo”.

“Claro que usted… vos no aceptaste -cuando ella pasó al vos, me dio un brinco el corazón. “Ahora yo vengo a ofrecerte lo que vos sí querés -y remarcó esas palabras-  ¿O no me querés a mi?”
Me dejó sin palabras. Era tan obvio que sí, que la quería a ella, que me moría por ella en ese momento, que no supe qué contestar. No fue necesario. Se paró enfrente mío, acercó su carita a la mía y dejó que su perfume me rodeara. Sus labios tocaron los míos, y su lengua los lamió.

“Vamos” –dijo. Yo cerré apresuradamente la oficina. Fuimos a un hotel de la Panamericana. ¿Cómo describir las tres horas que pasé con ella? Ella estuvo fantástica, creativa, apasionada, seductora, graciosa, tentadora. Y yo hacía mucho que no respondía así con una mujer. Sí, pastillita mediante, pero sabemos que sin pasión no hay pastilla que valga.

Pasé un rato memorable con Joanna y volví a vivir ese abstraerse del mundo en que durante unas horas un único propósito domina nuestros intereses. Memorable, inolvidable, un regalo de la vida.
Nos vestimos y nos despedimos en la playa de estacionamiento del Hotel. No cruzamos ni una palabra sobre el asunto que subyacía en toda aquella operación.

Ella partió en su autito, y yo llamé un taxi con el celular.
El sábado siguiente a la noche, cuando terminó el desfile y llegó el momento de votar, no me costó hacerlo por Valerie. La jovencita ya preanunciaba la seducción y encanto que enjoyaban a la madre. La votación fue muy cerrada: tres votos por la joven que representaba al Anunciación de María Country Club (una rubia perfecta) y tres por Valerie. Yo, como decano en el jurado desempaté a favor de la niña que de inmediato fue coronada, fotografiada, filmada, entrevistada y ascendida al trono de la belleza universal. El futuro por delante.

En la fiesta que siguió me crucé una vez con los Monzi. El Moco y Joanna estaban sentados en una mesa y se los veía radiantes. “Venga Salazar -me llamó él- vamos a brindar por Valerie”. Me acerqué a la mesa y me ofrecieron una copa de champagne. Brindamos los tres.

“Al final ganó la más linda de todas, le agradezco el voto” -dijo el hombre. “Bueno, usted sabe que el voto que emiten los jurados es secreto, pero la nena ganó con los votos que necesitaba, los felicito” -dije y me incorporé para alejarme. “Yo le agradezco -dijo y me tomó del codo- yo sé que usted la votó a la Valerie”.

¿Sabría? De todas formas no parecía importarle nada más que el triunfo y coronación de la nueva reina. Joanna permanecía como ajena al diálogo. “Bueno, los dejo”, dije y me alejé rápidamente de la pareja.

Esa noche, al volver a nuestro country, Marie Claire me preguntó por quién había votado. Le contesté que por Valerie y me miró con esa sonrisa medio taimada que tiene a veces. Pero no dijo nada. “Era la más completa de las dos ¿no? -dije- las dos están bárbaras, pero ella tiene...no sé, más seducción ¿no?”.

“Sí, como la madre -dijo mi mujer, y dimos por terminado el tema.

Pero Valerie fue reina solamente quince días. La tercer semana después del Miss Country, cuando todas las revistas de Countries e incluso las de interés general y la tele habían publicado los resultados, con fotos y comentarios se destapó el asunto. Un escándalo. Yo me enteré en el house, el sábado.

“¿Viste lo del Miss Country? Le quitaron el trono a Valerie” -me dijeron mientras jugábamos tute. “¿Cómo que se lo quitaron?”, dije yo. “Sí, se lo retiraron, se lo entregaron a la rubia, la del Anunciación de Maria, la que quedó segunda”. “Pero ¿cómo? ¿Por qué? –pregunté. “Porque parece que el asunto es que tenés que tener una antigüedad de por lo menos tres años en el country que representás, y esta familia, los Monzi, están sólo hace un año en el Cañada Country Club.
“Pero y qué calienta cuantos años tengan en el country” -dije yo, sorprendido. “Es un reglamento que hay hace tiempo. Hubo muchos abusos con socios recién llegados y eso... Los de La Cañada se hicieron los boludos para ganar, pero los agarraron. Quedaron como el culo”- informó Panchito Salvatierra.

Terminó la partida y me fui a casa a almorzar. Iba pensando en aquel rato tan agradable con Joanna. ¿Lo habría pasado bien ella? Esperaba que así hubiera sido. Porque ahora resultaba que ella me había “pagado” y por circunstancias ajenas a mi control, desconocidas en aquel momento, yo no había podido cumplir su expectativa.

Por suerte estábamos solos Marie Claire y yo, sin visitas ese Domingo. Estaba encantadora, más arreglada que de costumbre. Había pasado la mañana en una tarea de beneficencia en un country cercano: las mujeres desfilaban ropa que después era vendida con fines benéficos. Mi mujer todavía lucía el make-up del evento y estaba sonrojada por la excitación y el éxito del desfile. La habían alabado y felicitado como de costumbre.

“Me siento una pendeja hoy, no sabés lo bien que estuvo todo” –dijo ella. Yo estaba todavía un poco azorado. Le conté lo sucedido y quedó tan sorprendida y hasta diría contrariada como lo estaba yo.

“Así que después de todo, Valerie no será Miss Country 2006. Ni reportajes, fotos, contratos,  Miss Punta del Este. Ni carrera por delante. Qué pena....”

Hay una película de la época de la Guerra Fría. “Failsafe” estrenada acá como “Error sin intención”. Por un error que no puede ya controlar, el Presidente de Estados Unidos se entera que una bomba atómica ha sido disparada sobre Moscú. La ciudad queda destruida en unos segundos. Habla por la línea roja con el Premier Ruso, le explica que fue sin intención, argumenta, arguye, explica. Del otro lado, desde un búnker en medio de los Urales viene la contestación: “Comprendemos el error, pero usted Sr. Presidente entenderá que esto no puede quedar así. Ahora nosotros destruiremos New York. Y Ud. no se opondrá ni responderá”. El presidente asiente. La última escena es un collage donde se vé a ciudadanos normales y felices en New York, ignorantes de lo que ha de sucederles en unos pocos minutos cuando el misil atómico ruso haga blanco en la ciudad.

Sonó el timbre y fui a atender. En la puerta estaba el Moco. Más asqueroso que la vez anterior, venía sudado y rojo, tan oloroso como antes y cubierto de un eczema o alguna inflamación que le ponía la piel como cubierta de purulencias. Esta vez Joanna no lo acompañaba, pero sí los dos matones que le franquearon la puerta de mi casa. Uno a cada lado mío, la actitud no amenazante pero dominante. Ellos estaban en control ahora.

“Espere Monzi, yo cumplí mi parte. No sabía...”, el engendro ni me miró. Avanzó. “Las cuentas siempre a mano…Vengo... tu María. Ahora empardamos yo... me toca” –dijo, y se dirigió al interior de la casa, terminando con una mano de desabrocharse la bragueta húmeda y con la otra abrazando apasionadamente a Marie Claire que se acercaba. Besándola en la boca. Un largo beso exploratorio.

FIN

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