Un hombre del presidente. Última parte

*Una reunión cumbre entre Bush (padre) y el presidente de Argentina, un partido de golf y una apuesta que dará que hablar...

Bush hizo un gesto y un ayudante se acercó. Conferenciaron un momento en reserva, miraron la cancha, el tipo de pasto, la distancia. El presidente se dirigió a su bolsa de palos de golf. Miró al hoyo tan distante, miró la bolsa. Eligió. Un Hierro 3, Marca Nordstrom Special Numerated Edition, Hierro forjado y Caoba. El americano tomó posición. Se hizo un silencio absoluto. Flexionó las piernas, estiró los músculos del cuello, hizo rotar la cadera practicando el swing, se inclinó y colocó una pelota.

Ahora se dispuso a golpear. Miró a lo lejos, enfocó cerca, alzó los brazos en la maniobra de swing y le dio un golpe limpio a la pelota que salió describiendo una parábola elegante.

Un gringo de la custodia miró con poderosos binoculares la distancia despejada y sonrió.

- No veo la pelota -dijo en un mal español. 

Una pequeña delegación de argentinos y norteamericanos partió caminando hacia el hoyo. Cuando nos íbamos acercando, tampoco nosotros la veíamos. Claro. Estaba dentro del hoyo. El mitológico Hoyo en UNO. Tan raro que cuando un jugador lo hace, está obligado por la tradición a invitar a beber a todos los jugadores y pagar él. En este caso sin embargo, la cosa no iba a resultar tan barata.

Todos nos miramos y regresamos a donde estaban los presidentes y el resto de los ministros.

- Hoyo en uno -dije. Y tuve que decirlo yo porque nadie quería hablar por temor a que “maten al mensajero”.


 


- El Presidente Bush hizo hoyo en Uno -dije despacito.

El silencio se extendió como una mancha de aceite sobre el grupo. El presidente argentino estaba blanco como la tiza. Nadie sabía que iría a pasar.
 
Bush se adelantó y dijo:

- Debo haber tenido suerte. Esa fue seguramente una pelota de suerte. Déjeme probar con ésta -y eligió con descuido otra del canasto.

La colocó, realizó el movimiento con soltura y nuevamente la pelota partió. Esta vez yo agarré el larga vista y la pelota… no se veía. La comitiva fue a verificar y volvió con la noticia infame: otro hoyo en uno. No se podía creer, pero era.

- Bueno -dijo el mandatario argentino-  ante un tiro así, deberé emplearme a fondo. Sonreía aunque algo forzado.

- Lo felicito Presidente, gripe y todo veo que su swing es excelente -alcanzó a decir. El americano sonrió, fríamente.

- Para estar en igualdad con el Presidente Bush, solamente puedo tirar este golpe con mi palo favorito, el Norsham Steiner Personal Edition que me hicieron especialmente en Saint Andrew cuando visité Escocia el año pasado. Sólo con ese palo que es único, porque lo hicieron para mis medidas y tipo de juego, puedo aspirar a igualar acá al Presidente -dijo el presidente y sonrió de nuevo.

- ¿Y donde está ese palo preguntó alguien?

- No es el que traje acá a la cancha, pero está en Olivos, en la Casa. Habrá que ir a buscarlo. Mientras tomemos algo -acotó el mandatario argentino.

¿Quién iría a buscar aquella herramienta de la derrota? Porque nadie se creía que palo más o palo menos se podría lograr la hazaña. Nadie quería ser el que instrumentara el desastre. Porque esto era el comienzo del fin de la presidencia. Mucha gente había oído lo sucedido. Muchos intereses estaban en juego. Los periodistas se miraban. Reportarían que el presidente había abjurado de su honor y deshonrado una apuesta con su par de Estados Unidos. ¿O deberían informar que el destino de nuestros teléfonos se decidía en apuestas juguetonas en una cancha de golf? Alguien debería comentar lo sucedido y el ridículo en que había caído nuestro presidente y nosotros con él.

La tensión era enorme. Nadie se movía.

- Yo voy a buscarlo, ya vengo.


 


La voz venía de atrás, y todos miramos. Tadeo Evangelista,  el super chofer ya se movía hacia la salida del country, y montaba en uno de los autos presidenciales.

El resto caminamos unos pasos hacia el Start y nos sentamos a tomar refrescos y esperar. Pasó el tiempo. Unos 50 minutos y desde la guardia avisaron por handy que Evangelista había entrado al country y se dirigía hacia la cancha por el camino interno.
Oímos un motor. Sonaba fuerte.

Nos asomamos hasta el camino allí a la vista y a lo lejos vimos el auto negro, con Evangelista al volante. Venía a gran velocidad. Se iba acercando vertiginosamente por el camino angosto del country. Cuando estaba a unos 100 metros, presenciamos lo increíble: el conductor perdió contol de la máquina que, a unos inauditos 120 Kilómetros por hora describió un trompo, y se deslizó sin freno hacia el resto de los coches estacionados. Chocó  violentamente contra dos de las Vans de la Embajada americana, rebotó y en un medio giro pegó de frente contra el pequeño edificio donde se guardan los equipos de jardinería.

Se hizo silencio, que duró largos segundos. La manija de la puerta del conductor se movía, y antes de que pudiéramos ayudar al conductor, se abrió. De entre la chapa maltrecha, emergió Evangelista. Estaba golpeado. La cara y la cabeza exhibían cortes de donde manaba abundante sangre.  Vacilaba. Y el brazo izquierdo le colgaba inerte. Caminó hacia nosotros.

Bush y nuestro presidente a la cabeza se aproximaron al herido.

- Presidente… lamento, quería apurarme y… vea Usted. Pero bueno… acá se lo traigo…


 


Se dio vuelta, regresó al auto, se introdujo y buscó algo en el interior. Cuando lo encontró, se quedó inmóvil. Su cuerpo empezó a sacudirse. Nos costó darnos cuenta que sollozaba.

Se dio vuelta y nos encaró. En la mano derecha traía el palo Norsham Steiner Personal Edition especial roto en tres pedazos.

- Perdóneme Presidente, mire lo que le vengo a hacer nada menos que yo… -sollozó Tadeo. Y le alargaba los trozos del palo de golf. Se deslizó inconsciente por el shock.

Llamamos con urgencia al servicio presidencial de salud que se hizo cargo de Tadeo Evangelista. Partió en ambulancia a un sanatorio donde luego nos enteraríamos que había sufrido lesiones superficiales y la fractura múltiple del hombro izquierdo.

El grupo, profundamente impresionado por lo sucedido empezó a disgregarse hacia los vehículos.

Yo alcancé a oír las palabras que Bush le dirigió a a su par argentino:

- Presidente yo no sé quien de nosotros juega mejor al golf. Pero sí le envidio la calidad y lealtad de sus colaboradores.

Y  se introdujo en el coche de la Embajada.

FIN


 


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