Víctor Sueiro: el consuelo anticipado que les dejó a sus seres queridos
*En noviembre de 2004, el fotógrafo Daniel Pessah y yo pasamos una tarde con quien había podido espiar del otro lado de la vida y regresar para contarnos que lo que más tememos es, en verdad, un paraíso. En sus declaraciones, se escondía un mensaje adelantado para su esposa, su hija y todos los que lo quisieron tanto.
Ayer por la tarde, llegué a mi casa, encendí la computadora y entre a minutouno.com. Me sorprendí: Víctor Sueiro había muerto. ¿Él, que había aprendido a tutearse con la muerte? No quise creerlo. En un acto reflejo, encendí la tele. No sé bien qué buscaba en la pantalla. Tal vez, que la mentada magia de la televisión me ofreciera la desmentida imposible. No la encontré en ningún canal. En el zapping frenético me choqué, en cambio, con las fotos que le había hecho mi entonces compañero de tareas Daniel Pessah, en una calurosa tarde de noviembre de 2004, la única e inolvidable vez que entrevisté a Víctor Sueiro.
Recuerdo que la cita era a las 15, en una casa de la localidad de Florida donde Víctor vivió muchos años y luego, convirtió en su lugar de trabajo. Cosa extrañísima, dada la vorágine de nuestro oficio, Daniel Pessah y yo llegamos con tanta antelación que no nos atrevimos a tocar el timbre e hicimos tiempo en café cercano. ¿Qué nos había llevado al fotógrafo de
Aquella tarde, a Víctor Sueiro lo acribillé a preguntas. Y Daniel le hizo fotos hasta dejarlo exhausto. Intuyo que, él con la cámara y yo con el grabador, queríamos captar algo que excede el reino de este mundo. Nos fuimos de esa casa a las 20.30. Habíamos vivido una tarde que no se parecía a ninguna otra.
Paciente, el enviado especial de Dios al más allá dio detalles, como correspondía a lo que él era, un gran cronista. Una vez recuperado del paro cardiaco que, en 1990, detuvo su corazón durante 40 segundos, dijo, se puso a investigar el tema. ¿Qué otra cosa iba a hacer un periodista? “Revisé 800 casos semejantes al mío –relató-. Todos coincidíamos en cuatro puntos: lo que llamamos el túnel; la luz, que todos describimos igual: blanca y muy potente, pero que no enceguece; la paz absoluta, incomparable con cualquier paz que uno pueda sentir en esta vida; y finalmente, el no querer volver”.
Quise saber lo que cualquier persona: si eso le había quitado el temor a la muerte. Me dijo que a la propia, sí, aunque aún conservaba el miedo a que murieran los que amaba.
-Si esa paz es tan maravillosa, ¿por qué no lo alegra que los que ama vayan allí?- le pregunté.
-Porque soy humano -contestó- y en consecuencia, mi amor es egoísta: todos queremos tener a nuestro lado a la persona que amamos; todos deseamos verla y tocarla. El dolor que nos produce la muerte es inevitable.
Y agregó que en los catorce años transcurridos desde el día en el que espió del otro lado, habían muerto seres que quería mucho. “Sufrí, claro -me explicó- pero lo manejé mejor. Hasta entonces, aún me daba vueltas en el alma la muerte de mi abuelo, que ocurrió cuando yo tenía 14 años.
Y después vino lo que retrospectivamente se me antoja el consuelo anticipado de Víctor Sueiro para los días de llanto y luto que hoy atraviesan su mujer Rosita, su hija Rocío y todos los que los que tanto lo quisieron. Esto dijo:
-Ahora, cuando muere un ser querido, el dolor es enorme, pero su intensidad disminuye en menos tiempo. Cuando tomás conciencia de que esa persona partió y está esperándote en un lugar al que tarde o temprano vas a llegar, lo ves de otra manera. De todos modos, el impacto inicial siempre es muy duro.
Después le comenté que a los que no hemos percibido la luz blanca y potente ni la paz absoluta nos reconfortaba que tras esa experiencia, él nunca hubiera dicho que deseaba morir.
Fue entonces que llegó otro legado para sus seres más queridos:
-No, al contrario -saltó Sueiro frente a mi comentario-. Es paradójico, pero la misma experiencia que te quita el miedo a tu propia muerte, te hace vivir con mayor intensidad. (…) ¿Sabés qué pasa? Uno siempre quiere seguir viviendo, porque la vida es el más grande y el más lindo de todos los regalos de Dios.
La entrevista se publicó el 28 de noviembre de 2004. Al día siguiente, Víctor nos llamó por teléfono, a Daniel y a mí, para decirnos lo más valioso que un entrevistado puede decirles a un fotógrafo y a una periodista: que el hombre que mostraban esas imágenes y ese texto era él, exactamente él.
No conozco personalmente a Rosita ni a Rocío pero igual me permito el atrevimiento de confiarles una sospecha: que lo que Víctor declaró sobre el duelo en aquella nota fue sólo el anticipo del consuelo. Que les tiró los títulos, decimos en el gremio. Sin duda, desde ese sitio pura paz, les mandará la crónica completa. Si demora unos días, téngan paciencia. Ustedes saben, Víctor es periodista, de los buenos: seguro que ya consiguió la exclusiva con Dios y ahora, estará ocupado entrevistándolo.
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