Yo acuso a la televisión obscena

*Lo que me horroriza no son cuerpos hermosos contoneándose en un cilindro de metal. Tampoco un grupo de famosos o ignotos mostrando en cámara sus ocios y sus días. Lo que me espanta es la TV que viola la regla más elemental de la cultura.

La televisión ha sido puesta en el banquillo y esta vez, es  muy difícil que la absuelvan. No estoy hablando del debate doméstico respecto de unos cuantos bellos cuerpos contoneándose en un cilindro de metal. Tampoco me refiero a un grupo de famosos o ignotos, encerradas en una casa para exponer ante las cámaras sus ocios y sus días Y no hablo de eso porque eso se llamará como se llame, según los ojos que lo miren, pero es indiscutible que está del lado de la vida: sólo los vivos bailan, con más o menos ropa encima; sólo los vivos viven en las casas, televisada o no. Además, sólo a los vivos se les concede el derecho a opinar sobre aquel baile o este encierro. De lo que estoy hablando es de lo que, personalmente, considero obsceno: la muerte presentada como un show.


 


Ocurrió anteayer, en la emisora inglesa Channel 4, que puso al aire imágenes de la agonía de Lady Di. Tal y como consigna Minutouno.com en la nota titulada “Escándalo por la transmisión de la muerte de Lady Di en TV”, los príncipes Guillermo y Enrique trataron de impedir que a través de una pregunta cuya respuesta es obvia: “¿Te gustaría ver la muerte de tu madre en televisión?”. Todos los seres humanos responderíamos que no; incluidos los directivos de Channel 4. Pero a juzgar por los hechos, para los programadores de dicha emisora cuando se trata de conseguir rating, no hay empatía que valga. Ni respeto a la elemental regla de la cultura que dice que los muertos deben ser enterrados y descansar en paz, fuera de la vista de los vivos.


 


Que un grupo de empresarios sin escrúpulos elija colocarse en el terreno de la barbarie para hacer plata, es una parte del problema. La otra, la que más me preocupa, es la de los millones de espectadores que castigaron sus ojos viendo lo que no debería ser visto en la TV. Imagino la escena y me repugna: hombres, mujeres y niños contemplando la agonía del prójimo_ importa poco si es una princesa o una doña cualquiera_ en el rectángulo luminoso ubicado en el living o en la cocina o en el dormitorio, mientras toman un té, o comen chocolates o cosen el dobladillo de un pantalón. El regodeo de esas miradas en un cuerpo a punto de volverse cadáver me horroriza. Los imagino haciendo zapping al final de la macabra emisión, pasando alegremente de la impudicia de esa escena a los dibujos animados, los deportes o el pronóstico del tiempo, y vuelvo a horrorizarme.


 


Ahora que estalló la polémica mundial por la transmisión de la muerte en la TV, me pregunto si las mismas personas cuyas miradas se entretuvieron con el show del espanto no serán las primeras en levantar el dedo acusador contra la televisión. Y mal que me pese, admito que es posible que eso suceda. En la Argentina, al menos, es muy probable que la audiencia hubiera reaccionado de esa manera esquizofrénica .


 


Y si no, te invito a que leas otro artículo de Minutouno.com, el que lleva por título “Para los argentinos, la televisión es vulgar, de mal gusto y violenta”. Esa nota da cuenta de los resultados de una encuesta según la cual, el 88 % de los adultos considera que la TV es “violenta, de mal gusto y de lenguaje soez” y que “los programas de la televisión abierta no colaboran en la formación de sus hijos”. Se diría que la tele, para el 88% de los argentinos es una criatura demoníaca, la encarnación del Mal. Y sin embargo, el nivel de encendido diario y la presencia de la tele en las conversaciones diarias demuestran que casi todos le abren las puertas de sus hogares, que la siguen con la fidelidad de los devotos y que no tienen la menor intención de abandonarla.


 


Y en lo que respecta a los niños, el informe de la central de medios Ignis, publicado en agosto de 2006, informa  que entre los chicos de  4 a 8 años el encendido creció un 13 por ciento en los últimos 5 años, y que los minutos promedio de exposición por día pasaron de 4 a casi 5 horas (4 horas. 55 minutos, exactamente). Como es obvio, las criaturas de esa edad no rigen sus vidas a su antojo. Sometidos a la patria potestad, los adultos son quienes determinan adónde van, qué consumen, qué diversiones les están permitidas, etc. Pues bien, ¿dónde está escrito que el manejo del control remoto por parte de un menor es un asunto en el que no debe inmiscuirse quien ejerce sobre él la patria potestad? ¿Quién decretó que la educación de los hijos queda en manos de la TV? ¿En virtud de qué convenio y cuándo decidieron los padres delegar la formación de los niños en los programadores de los canales?


 


La TV es el medio de comunicación más masivo. Es parte de nuestras vidas; la nueva plaza pública donde transcurre la vida colectiva; el espejo de lo que somos, lo mejor y lo peor. La televisión no es ángel ni demonio. Ni nodriza ni niñera ni docente ni padre, madre, tutor o encargado. Ningún productor ni conductor ni estrella de la tele nos obliga a mirar lo que ofrecen a punta de pistola.


 


Con la TV sucede lo mismo que con esos políticos que arrasan en las urnas, en elecciones libres, pero a los que nunca nadie ha votado jamás. Es evidente que muchos, muchas veces, consumimos contenidos televisivos sobre los que posamos una mirada vergonzante. Es parte de la naturaleza del medio. Pero no estaría mal que nos hiciéramos cargo de nuestras propias contradicciones.


 


 

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