Federico Wals
Federico Wals

El sacerdote mexicano José Juan Cervantes vivió 10 años en Argentina, donde compartió su trabajo pastoral junto al entonces Cardenal Bergoglio. En dialogo con minutouno.com, recuerda sus días en el barrio de La Boca.

Pocas personas como el padre José Juan Cervantes pueden decir a sus 45 años que cuando compartió en Buenos Aires el trabajo pastoral con el hoy Papa Francisco, éste le encargó que se ocupara de aquellas personas que le preocupaban especialmente: los descartables y excluidos de la sociedad.

Aunque su humildad y bajo perfil no lo reflejen, quienes conocemos a este sacerdote misionero Scalabriniano sabemos del afecto que Francisco siente por este hombre que durante su paso por Buenos Aires –del 2004 al 2014- fue responsable del Apostolado del Mar y responsable del Departamento de Migraciones del Arzobispado de Buenos Aires entre otros cargos. Actualmente en Guadalajara, conversó con minutouno.com sobre sus años en Buenos Aires y lo que siente al recibir a su antiguo obispo en México.

¿Como conociste a Bergoglio y como fue ese primer encuentro?
Tuve la oportunidad de conocer y convivir con el Cardenal Bergoglio cuando fui asignado como responsable de la pastoral migratoria en la Arquidiócesis de Buenos Aires en febrero de 2010. Sin embargo, tuve la oportunidad de tener algunos encuentros esporádicos con él antes pues mantenía una amistad cercana con uno de los padres de mi comunidad. Cuando fue profesor en el Colegio Máximo estableció una relación cercana con los Scalabrinanios. De hecho cuando fue nombrado obispo auxiliar de Buenos Aires nos invitó a hacernos cargo de la animación de la pastoral con los migrantes en la arquidiócesis de Buenos Aires.

El te encargó cuidar de los "descartables" y "excluidos" de Buenos Aires... ¿Como fue ese momento?
Cuando me asignaron al departamento de migraciones solicité una audiencia junto con mi provincial para preguntarle cuales serían mis responsabilidades. Cuando llegamos Bergoglio me entregó el nombramiento y me pidió que lo leyera. Era un nombramiento que me pareció "normal", aunque algunas de las instrucciones me parecían difíciles de cumplir. Me pedía que sacara a la calle los servicios que ofrecía el departamento de migraciones y que estos (servicios) se distinguieran de los servicios que el gobierno o las ONG ofrecen a los migrantes. El pedido era que saliera a la calle, que me encontrará con los migrantes y que les manifestara la misericordia de Dios.

Después de leer el nombramiento le pregunté cómo se hacía eso y su respuesta fue muy sencilla: "salí a la calle, hablá con los migrantes y con los curas. Poco a poco vas a ir encontrando la forma. Sé sacerdote para los migrantes". Después me preguntó si no veía algo más. Yo le respondí que no. Me dijo que me fijara que mi nombramiento era como responsable de un organismo eclesial no como director de una ONG, y como un responsable de un organismo eclesial debía responder por mis actos a Dios y a la Iglesia.

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¿En que marcó tu vida personal y sacerdotal la experiencia en Buenos Aires?
Después de ese primer encuentro formal con el Cardenal, conocí el trabajo que el decanato Boca-Barracas-Constitución estaba realizando en el barrio Constitución y comencé a colaborar en la Carpa Misionera en la plaza. Fue una oportunidad para encontrar a los migrantes en la calle y llevar los servicios del departamento de migraciones a la calle. La misa para rezar por las víctimas de trata de personas y trabajo esclavo la realizábamos anualmente, por indicación del Cardenal Bergoglio, como parte de las actividades de la Carpa Misionera en la plaza Constitución, me marcó profundamente como sacerdote. Esa misa la organizábamos diversos grupos de la Iglesia junto con organizaciones de sociedad civil que trabajan en favor de trabajadores excluidos y víctimas de explotación sexual y laboral (La Alameda y el MTE), eran momentos muy intensos de diálogo y encuentro entre personas con distintas experiencias y perspectivas de vida pero un mismo fin: abrir el corazón a los que sobran en la sociedad, no solamente los migrantes, a todas las víctimas de exclusión y esclavitud. Después de la experiencia en Constitución fuimos a otras "periferias" dentro de la ciudad, ofreciendo los servicios de la Iglesia a los migrantes.

Para mí, el trabajo en la calle fue una escuela de misericordia, fraternidad y solidaridad. Logramos sacar los servicios de caridad de la Iglesia a la calle pero sobretodo aprendí una manera de ser misionero y ser Iglesia en los márgenes entre lo humano y lo inhumano.

Justamente en esta visita está recorriendo las periferias de México.
El Papa en México visitará lugares significativos por su realidad social y eclesial, eligiendo lugares que no han sido visitados ni por Juan Pablo II ni por Benedicto XVI. Con este gesto, como lo ha dicho el obispo de Ecatepec, el Papa confirma su prioridad por los pobres, los que sufren, los que más necesitan el Evangelio, siendo portador de la misericordia de Dios a las periferias geográficas y existenciales.

Se señala a la iglesia mejicana como tradicionalista o rígida en contraposición a la iglesia de puertas abiertas y misericordiosa que propone Francisco ¿Es así?
A la Iglesia en México, en general, le está costando mucho trabajo salir a la calle y anunciar el Evangelio en las periferias. El modelo eclesial sigue siendo muy clerical: en términos del Papa Francisco, la Iglesia está metida en la sacristía. Históricamente la relación Iglesia – Estado en México ha sido muy ríspida a punto tal que recién en 1992 se reestablecieron las relaciones oficiales entre Iglesia y Estado.

El tema es bastante complejo, pero es un acuerdo no escrito el que la Iglesia no intervenga en asuntos públicos, aunque poco a poco la Iglesia ha ido ganando espacios gracias a su acción caritativa y de promoción de grupos desvalidos como los indígenas y los migrantes... La Iglesia en México sigue siendo percibida como regulador institucionalizado de la moral de las personas y de la sociedad. Todavía queda un largo camino para comprender que nada de lo humano puede ser ajeno a la misión de la Iglesia en México.

Finalmente ¿Que espera México del Papa?
En mi opinión, México espera que el Papa aborde con claridad los temas que nos afligen y que su palabra nos anime e ilumine para que encontremos caminos para construir relaciones más justas, fraternas y solidarias. La gente espera poder mostrarle al Papa Francisco su afecto y que el Papa le muestre su afecto. Sin duda, la visita del Papa nos hará mucho bien, le hará mucho bien a la Iglesia. Francisco nos dice que escuchemos el mensaje de la Guadalupana y que lo llevemos al resto de América Latina porque ahí hay un modelo de evangelización profunda, inculturado y opuesto al clericlaismo en que vivimos.