Otra vez elecciones. La campaña. El proselitismo. Los cortos en televisión. El cotillón en la calle. Y... el debate sobre el debate de los candidatos. Argentina tiene el curioso record de ser el país donde más se discute sobre la confrontación en vivo de los candidatos y el que menos historia de debates tiene.
En Argentina nunca tuvo lugar un debate presidencial. El más "importante" de la historia lo protagonizaron Antonio Cafiero y Juan Manuel Casella en la elección por la gobernación bonaerense en 1987, que ganó el primero. A falta de una institucionalización o de organizaciones intermedias que logren imponerlo como costumbre, el debate depende de la suerte de los candidatos en las encuestas. Los candidatos que pierden lo proponen. El que gana, o los que ganan lo rechazan de una manera cuanto menos rara: nunca dicen que no; pero tampoco que sí.
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Estas legislativas no parecen ser la excepción. De Narváez e Insaurralde quieren debatir en vivo en televisión con Massa. El Intendente de Tigre elude el convite –va primero en las encuestas- y manda a decir que tendría interés en debatir pero que sus asesores le recomiendan que no lo haga. Una pena: si Massa tiene la diferencia electoral que dice su entorno tener, ningún debate, en el supuesto que al candidato le vaya mal –hipótesis para nada predecible, desde el momento que el propio Massa lo puede ganar- tendrá los niveles de audiencia de aquella diferencia electoral. Estimados candidatos: no se va a parar el país para verlos debatir. Tendrán un alto rating en la TV por Cable, pero no igualarán los ratings que ya no existen en la tele abierta, por lo menos en este 2013. Conclusión: no hay ningún argumento para que el debate no tenga lugar, salvo el atendible concepto de la campaña Massa de que candidato que gana, no hace nada en la campaña que pueda empañar su victoria. Argumento simple, sencillo y elemental, pero irrefutable para la cultura política argentina.
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Más allá de las necesidades del momento, debe defenderse la idea del debate, como tal. ¿Qué mejor oportunidad para ver y escuchar a los candidatos confrontar sus propuestas? ¿No obliga los obliga a mejorar y afinar sus discursos? ¿La incertidumbre sobre el resultado del debate no lo justifica en sí mismo? ¿El miedo natural que tiene siempre el candidato que va primero en las encuestas no es un buen ejemplo de que el debate servirá para descubrir lo que estaba oculto?
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Así piensan en Estados Unidos, donde los debates son una institución. O en Suecia, donde tienen lugar desde 1948. O en Alemania (1969, primer debate entre candidatos a Primeros Ministros) o en Holanda o en Canadá. En Estados Unidos tuvieron su bautismo de fuego en septiembre de 1960 –el 26- en el encuentro histórico entre John F. Kennedy y Richard Nixon, al cabo del cual el primero, logró desempatar una elección muy reñida (la historia oficial dice que los debates inclinaron la balanza electoral para el senador. La extraoficial dice que fue la perfecta maquinaria electoral demócrata en Illinois, más precisamente en Chicago, la que definió la Presidencia ese año). Al revés de lo que se piensa los debates se interrumpieron en EE.UU. y volvieron recién en 1976, año desde el cual se vienen llevando adelante sin interrupciones.
Quien a esta altura suponga que los debates son patrimonio del "primer mundo" comenten un grave error. El sitio focoeconomico.org ha hecho una síntesis al respecto:
-en Perú tuvo lugar en el 2011 el debate presidencial entre Ollanta Humala –quien resultó ganador de la elección- y Keiko Fujimori.
-hubo debates también en Colombia, Brasil y Chile. En el caso brasileño se ha convertido en una institución. Todavía se recuerdan los cuatro encuentros que protagonizaron en octubre del 2006, el entonces presidente en busca de la reelección Lula Da Silva y conservador-liberal Geraldo Alckmin.
-en Uruguay, Ecuador y Paraguay han tenido lugar en forma intermitente.
Es decir que como se ve el problema es argentino. ¿Afecta solo a los debates electorales y entre candidatos? En una primera lectura podría pensarse que sí, pero observando el escenario político local es fácilmente perceptible la histórica poca receptividad que la clase dirigente tiene a confrontar sus ideas y propuestas. En todos los ámbitos: el político, el parlamentario, el sindical, el económico etc.
La mayor parte de las disputas entre figuras de la argentina política o económica en general están enmarcadas dentro de las peleas personales. De hecho los mayores argumentos son generalmente descalificativos de las personas, antes que de las ideas. Y se opina de ellas, en función de quien las enuncia. Y no al revés, como debiera ser.
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