*Tanto en la zona de Plaza de Mayo como en los alrededores de la Plaza del Congreso, los kioscos de revistas sufren las consecuencias de actos.
La Plaza de Mayo y la de los Dos Congresos son el escenario de la teatralidad argentina y los canillitas que tienen su puesto en los alrededores son actores obligados.
Lamentablemente, los kioscos de revistas no tienen rueditas y no pueden trasladarse, de modo que permanecen anclados a su sitio soportando el temporal que significa cada marcha, cada acto, cada protesta: menos ventas, pérdida de horas y días de trabajo, daños en el escaparate y riesgos para su integridad física, según publica El Boletín, Informativo Mensual del centro de Distribución de Revistas.
Guillermo Cebral tiene un puesto en Hipólito Yrigoyen y Balcarce, a media cuadra de la Casa de Gobierno. Su ubicación le permite estar del lado del palco oficial cada vez que se realiza un acto, lo que tiene sus pros y sus contras: “Cunado hay acto ponen un vallado que por suerte resguarda el escaparate, lo aísla. Sé que a los puestos del otro lado los usan como baños públicos. Yo estoy a salvo. Pero me hace perder el día de trabajo. Lamentablemente me tengo que ir porque no dejan pasar a nadie. Me matan la venta de la tarde, es un día semiperdido”, relata Cebral.
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Diego Lancioni tiene un kiosco de diarios y revistas ubicado en la esquina de Bolívar y Diagonal Sur: “En general tratamos de ir viendo cómo viene el acto. Influye la cantidad de gente que se acerque y si la masa está tranquila dejamos el puesto abierto pero sacamos las revistas exhibidas para evitar el manoteo”.
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Mariana Carro y Sabrina Gasol son las representantes femeninas del rubro en la Plaza de Mayo, con su puesto asentado en Avenida de Mayo y Perú: “(Los días de acto) son días en los cuales pasamos muchos nervios, además de poder trabajar sólo medio día o incluso menos. A la gente de la zona le dan asueto y tenés que cerrar porque no vendés y te arriesgás mucho”, cuentan las vendedoras y señalan que el mayor problema no es la baja en las ventas sino la protección del kiosco: “En una manifestación cerramos el puesto y nos quedamos a cuidarlo, entonces tuvimos que pedirles a los gritos que se bajaran del techo”.
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Roberto Rinkievich está en Rivadavia y Reconquista, al lado de la Catedral Metropolitana: En 1990, cunado el Presidente salió al balcón con los jugadores subcampeones del Mundial, me destrozaron el puesto. Por supuesto nadie se hizo responsable y lo tuve que recomponer como pude”, recuerda el vendedor y aclara que, la policía no ayuda de ninguna manera a los canillitas que quedan en medio de los actos.
Mario Di Bernardo y Julio Pérez tienen un kiosco en Hipólito Irigoyen y Piedras, y recuerdan que hace muchos años, durante una marcha, los manifestantes se subieron al techo y rompieron el alero. “A partir de esa experiencia armamos un sobretecho a dos aguas para que no se puedan subir”, cuentan los dueños.
Y al día siguiente el trabajo es doble, porque el canillita tiene que llegar más temprano para arreglar el lugar: el puesto suele aparecer pintado, con carteles pegados y orinado. Esto último, además del desagradable olor que genera, provoca la oxidación de la chapa, y teniendo en cuenta que un puesto de diarios vale unos 35 mil pesos, no es una información como para dejar de lado.
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