Claves para saber cómo cruzar la calle y no morir en el intento
*Atravesar de una esquina a la otra parece una tarea sencilla. Aunque no lo crean, para un bahiense esa es la odisea de cada día.
*En la jungla sobrevive el más fuerte. Aquí un rejunte de situaciones cotidianas que nos salvan la vida en la calle.
Por más buen humor que uno tenga bien temprano, sale a la calle, todo se diluye y se convierte en indignación y bronca. Es que nos han gritado de todo en la calle...¡ de todo menos linda!
El transito bahiense es tristemente conocido por ser terrible donde evidentemente sobrevive el más fuerte. En Bahía Blanca no se respetan los semáforos, las sendas peatonales, y mucho menos a los peatones.
Los semáforos son rápidos y parecen estar sincronizados sólo para los automovilistas. Además, los duchos choferes nunca esperan a que el semáforo cambie a verde, empiezan a mover y a calentar motores cuando observan que el semáforo de la calle que cruza se corta.
En ese momento, si estás cruzando, mirás el objetivo y como suelen decir los que sintieron la muerte cerca: “ves toda tu vida en un segundo”, un segundo eterno. Un segundo en el que todo parece ir en cámara lenta, y alcanzàs a divisar a los conductores, como hienas hambrientas relamerse con su próxima presa, que sos vos que estas cruzando.
Parece que están en la línea de salida y que las viejitas con los bastones -que fueron más inteligentes que uno y se quedaron en el cordón-, son las chicas cuasi desnudas con las banderas de largada.
Uno tiene un sólo instante para zafar para salir corriendo, y esa velocidad que nunca tuviste en el secundario para hacer atletismo, o correr hacia la pelota en la hora de gimnasia de las 8 de la mañana, la tenés que tener para salvar tu vida.
Una vez del otro lado mirás para atrás, ves si las bestias se matan entre ellas, y desde el punto de partida la viejita con el bastón te mira, cual colega transmitiendo la satisfacción de la tarea cumplida.
Aunque uno sabe que en el fondo la viejita piensa: “cuando yo cruce me comen viva!” Cruzar corriendo una calle es una imagen típica, al igual que quedar en el medio y ser objeto de decenas de bocinazos y comentarios e insultos que van desde referencias a la lentitud o la estupidez para cruzar, hasta las preferencias sexuales tuyas de tu esposo/a, hermano/a, etc.
“Cruzar la calle es verdaderamente una odisea, siempre quedo en el medio porque justo cambió el semáforo y me aturden a bocinazos!” cuenta Melina que vive a dos cuadras de la Plaza central.
El amague y el esquive
Ver gente amagando es curioso y hasta divertido, hasta que le toca a uno. Se ve a las señoras tomando coraje como deportista antes de un salto en alto, la idea es no terminar rodando sobre un capot, que de última sería algo suave en comparación con terminar debajo de un bestial ómnibus.
Por suerte, estos tienen una especie de ruido catastrófico. ¿Usted pensó que era porque los colectivos están destruidos? O ¿Qué nadie piensa en nosotros y en la contaminación auditiva? No... Para nada, es que los colectivos tienen que hacer ruido para que los vea la gente que tiene problemas de visión, además tiene un sistema olfativo para las personas que directamente no ven nada, se trata de una humareda negra, espesa, gigante con mucho mucho olor a gasoil y demás hierbas.
El esquive es un deporte de mucha cintura. Se trata de cruzar esquivando motos, bicicletas (que tendrán su propio capitulo aparte) y autos que se ponen SOBRE NUESTRA SENDA PEATONAL.
Me paré un ratito en cada esquina y observando lo que pasa en el centro me pregunté: ¿ lo mismo se repetirá en los barrios? “¡Sí! O peor...”, comentó Miguel. “Como no hay nadie que controle, no hay semáforos ni nada... es una selva de verdad”.
Algunos ya vivieron la experiencia. “A mi me atropellaron” dijo Romina, como una adicta recuperada, “fue horrible, no quisiera volver a vivirlo”.
Esta joven trabaja en una fotocopiadora y comenzó a cruzar mirando que el semáforo estaba en rojo, pero claro, el automovilista no mira quién cruza la calle, mira el semáforo y venía calculando la onda verde. Al llegar a la esquina se llevó puesta a ella que estaba paradita y muy confiada de sus derechos. “¡Me levantó en el aire y caí como bolsa de papas! Al principio no me dolía nada, es que el susto me anestesió, pero horas después se empezaron a hinchar las piernas y casi no podía caminar”.
Y sí amigos, quien tiene el poder, hace lo que quiere, así que seguiremos practicando amague y esquive, salto en largo y picadito. De última, tal vea hasta sea bueno para salud.
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