Caso Forza: el dinero fácil y rápido es casi imposible sin entrar en algo raro
*Seguimos fascinados con la historia de Sebastián F. Tal vez eso suceda porque, en el fondo, a todos nos gustaría encontrar la fórmula para tener éxito y dinero sin tener que esperar años.
Seguimos fascinados con la historia de Sebastián F. Tal vez eso suceda porque en su figura proyectamos el ideal del ciudadano medio argentino. Un ideal que tiene que ver con el éxito económico, la adquisición de bienes suntuarios, en una veloz espiral de progreso que logra que una generación esté en mejores condiciones socioeconómicas que la anterior, sin cuestionarse demasiado cómo lograrlo.
Sebastián F. no era un "dealer" de poca monta. No andaba vendiendo dosis de residuos de cocaína en la penumbra de los barrios marginales de nuestra extensa área urbana y suburbana. Hasta el descubrimiento de su farsa, el joven empresario no era un “mal elemento” cuyo ajusticiamiento hubiera sido celebrado por las voraces fauces que reclaman picotas, ejecuciones públicas y castigos ejemplares. Esas sedientas fauces con déficit de justicia que reclaman la instauración de la pena de muerte sin más.
Sebastián F. estaba unos cuantos peldaños más arriba en la escala social que esos vendedores al menudeo de sustancias que prometen paraísos artificiales y cumplen con infiernos reales. Mediante su actividad privada y corrido de los márgenes de lo legal, era próspero en lo individual. Incluso tenía ambiciones públicas, parte de sus ingresos fueron destinados a la política, fondos que luego se traducirían probablemente en influencia sobre el poder.
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Pero algo salió mal en la silenciosa peregrinación de Sebastián F. hacia “el mundo de la plata grande”. Las fuerzas policiales y la Justicia son los encargados de revelar los detalles de su fatal derrotero. ¿Habrá sido una “avivada criolla” lo que despertó la ira del sicariato narco? No tenemos respuesta a eso aún. Lo que evidentemente quedó demostrado es que "mejicanear" a un cartel mejicano se paga con la vida.
En tanto, lo que sí queda por demostrarnos como sociedad es si aún es posible llevar adelante una actividad privada dentro de la legalidad que garantice el progreso individual y colectivo, basado en esos otros valores también presentes en el ciudadano medio argentino. Aquellos ideales que tienen que ver con la preparación, la dedicación y el sacrificio que hacen a la famosa “movilidad ascendente” tan pregonada desde los despachos oficiales. Una movilidad ascendente sin carteles de la droga.
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