Con la crisis financiera, rebrotó una vieja obsesión argentina: el dólar

*Con la debacle de las bolsas del mundo, los argentinos pasamos de creer que la crisis no nos iba a afectar a comprar dólares.
*Dos reacciones opuestas que se dan casi en simultáneo y que son síntoma de la desconfianza entre nosotros.

Durante los últimos días las cotizaciones de las principales acciones de empresas que se compran y se venden en las bolsas del mundo, estuvieron empeñadas en batir su propio récord de debacle desde la década del treinta del siglo pasado. Y no parecen encontrar su piso.

Sería bastante arrogante afirmar que semejante hito de la historia de la economía moderna no repercutiría en nuestro país. De hecho Argentina reaccionó con dos movimientos que se dieron casi en simultáneo y me gustaría mostrarlos como un dato sintomático.

La primera reacción provino de las altas esferas del poder político. La Presidente dijo que “el país está firme en medio de la marejada, viendo cómo ese primer mundo que nos habían pintado se derrumba como una burbuja ". Una respuesta típica de una idiosincrasia que se me ocurre llamarla “súper vitalista nacionalista”. Algo así como decir que “a mí la crisis no me va a afectar".

La segunda reacción fue otra que tal vez se para en el polo opuesto y tiene más que ver con algo del orden del complejo de inferioridad, con promesas de grandeza incumplidas.

Sobran ejemplos, enumerarlos puede ser cansador y deprimente, pero ahí están: “Argentina granero del mundo”, “Argentina potencia", en fin, un fracaso colectivo detrás de otro.

Pero con cada decepción un solo signo parece aún tener algún poder de supervivencia y al mismo tiempo alta convocatoria: el dólar. Efectivamente con la crisis financiera global, esa vieja obsesión argentina regresó a la “City”.

“Arbolitos”  llegaron a vender en la calle Florida un dólar a cambio de tres pesos con cincuenta. El Banco Central inyectó importantes sumas para contener la estampida y consiguió que sólo suba hasta tres con veintisiete para la venta, según última cotización oficial del viernes.

Los ahorristas se agolparon a las casas de cambio para comprar “verdes” al punto de agotar las arcas de algunas. “No se preocupen, nuevas partidas están en viaje” tranquilizaba por radio a sus clientes el administrador de alguna de ellas.

Pero más que una decisión racional, comprar dólares parece ser un acto reflejo de quienes aún tienen capacidad de ahorro para resguardar su dinero. ¿Si no cómo se explica que se tome como recaudo invertir en la moneda de un país que da claros indicios de ceder en su hegemonía global?

Mientras tanto en Brasil el real se devaluó un 50% respecto a la “lechuga”, y sin embargo no se registraron corridas cambiarias. Más lejos de nuestro país, en Islandia, un banco instrumentó un corralito virtual y tampoco hubo retiros masivos de depósitos.

Entiendo que con la traumática historia económica reciente de nuestro país,  la gente busque protegerse. Pero haciendo una lectura crítica de las últimas noticias económicas, ¿no sería más lógico comprar oro y armarse de una canasta de monedas como sugería el ex ministro de Economía Domingo Felipe Cavallo (el mismo ministro que nacionalizó deudas privadas, instrumentó la convertibilidad y le estiró la agonía hasta que explotó).

Evidentemente lo que caracteriza a la actitud de los argentinos ante los nubarrones financieros es la desconfianza, producto de una sistemática defraudación que tal vez comenzó con el “rodrigazo”, siguió con la devaluación del Peso Ley, el Austral y la hiperinflación, la pesificación asimétrica, que a su vez puso fin a la fantasía de creer que un peso valía un dólar.

Todos esos acontecimientos devastaron la confianza, un bien intangible que no cotiza en ningún mercado pero que sin él ninguna actividad humana es viable.



Me parece que las autoridades nacionales y la dirigencia compuesta por empresarios, banqueros, sindicalistas y ruralistas, deben apuntar a reconstituirla para capear una crisis que en términos reales, nos vuelve a arrojar en la cara una economía nacional estructuralmente dependiente de la exportación de bienes primarios, cuyos precios se definen en Chicago y su demanda está atada a los imprevisibles estados de ánimo de los inversores. Estados de ánimo que en la pasada "semana negra" los títulos de los diarios reflejaron con metáforas climáticas y apocalípticas.


 


*Periodista de minutouno.com

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