CONFESIÓN TERRORISTA

*Un miembro de Al-Qaeda admitió ser el autor del ataque a las Torres Gemelas, pero lo hizo en Guantánamo, un agujero negro del derecho.
*¿Hasta qué punto vale la confesión, y en qué medida es valido sospechar de un ardid para defender las cárceles secretas de la CIA?

Justo cuando Europa unifica criterios contra las cárceles clandestinas de la CIA y cuando los cuestionamientos arrecian contra los gobiernos europeos que apoyan estas prisiones secretas, uno de los pocos peces gordos de Al-Qaeda que han sido apresados confiesa ser la mente que planeó el genocidio del 11-S.

Desde que lo capturaron en la región paquistaní de mayoría pashtún (el grupo étnico que sostiene al Talibán), estuvo claro que Khalid Sheik Mohammed pertenecía a las elites de Al-Qaeda. La red de complicidades para protegerlo se extendía desde Peshawar, en Pakistán, hasta la afgana ciudad de Jalalabad. Y muchos elementos lo señalaban como la mente que planificó los atentados más devastadores, desde las detonaciones con dinamita en los estacionamientos subterráneos del World Trade Center en 1993 hasta que, finalmente en el 2001, las torres convertidas en antorchas se hundieron en el vientre de Manhattan.

Cabecillas del grupo terrorista de Indonesia Jemah Islamiya (Asamblea Islámica) nombraron a Khalid Sheik Mohammed en los tribunales de Yakarta, al explicar la planificación de la masacre cometido con dos coches bombas frente a las principales discotecas de Kuta Beach, el balneario más concurrido de la isla de Bali. También había huellas de Mohamed en el ataque con una lancha-bomba contra el buque militar norteamericano USS Cool, en la bahía yemenita de Sana. Su nombre saltó también en las investigaciones sobre los sangrientos atentados contra las embajadas norteamericanas en Nairobi, Kenya, y Dar el-Salam, Tanzania.

Los hombres que en el 2003 fueron capturados con Mohammed en la montañosa frontera afgano-paquistaní, Abu Faraq al-Libi y Ramzi Binalshibh, estaban a su vez sospechados de varios atentados fallidos contra Prevés Musharraf , el presidente de Pakistán, así como de fracasados planes para hacer detonar en pleno vuelo aviones salidos del aeropuerto londinense de Heathrow.

En síntesis, siempre ha estado claro que Mohammed y sus secuaces más cercanos eran parte de la mesa de planificación estratégica, que operó en el cuartel central de Al-Qaeda, cercano a Jalalabad, mientras el emir Omar y el Talibán reinaban en Kandahar. Por lo tanto, no hay nada del todo nuevo en que hayan confesados ser quienes diseñaron “desde la A hasta la Z” el genocidio del 11-S.

La confesión que estos días hicieron Khalid Sheik Mohammed, Abu Faraq al- Libi y Ramzi Binalshid parece confirmar la lógica de la invasión a Afganistán, aunque está nunca fue cuestionada como la de Irak; pero sobre todo parece justificar la polémica existencia de cárceles secretas y del campo de detención en Guantánamo.

Ocurre que Mohammed, al-Libi y Binalshid estuvieron en esas prisiones que la CIA opera en Europa hasta que, el año pasado, fueron trasladados al cuestionado campo de prisioneros del Este de Cuba. Por tanto, dicha confesión será utilizada por el ala dura del gobierno norteamericano (el vicepresidente Dick Cheney y el consejero presidencial Karl Rove) para justificar este costado oscuro de “la guerra contra el terrorismo”.

Eso dirán los enviados norteamericanos que están tratando de justificar las cárceles de la CIA en Europa. Afirmarán que, frente a un tribunal regido las leyes locales y el derecho internacional, los sanguinarios terroristas no habrían confesado lo que confesaron en Guantánamo.

Sin embargo, ese sigue siendo el problema de fondo. Khalid Sheik Mohammed dijo haber planificado el genocidio de Manhattan, pero lo dijo en Guantánamo, ese agujero negro del derecho porque, en términos jurídicos, constituye un “no lugar” ya que allí no rigen las leyes de Cuba, al que pertenece el territorio, ni las de los Estados Unidos, el país que lo está arrendando.

También constituyen un agujero negro del derecho las cárceles secretas de la CIA. La existencia de estos lugares, en sí misma, constituye tal aberración jurídica que las confesiones que en ellos se obtengan no tiene más valor que las que se obtienen mediante la tortura.
Es más, para el propio derecho norteamericano la confesión que está difundiendo el Pentágono carece de efectos jurídicos, porque la forma en que se obtuvo es violatoria del Código Penal y de la Constitución de los Estados Unidos. A esta realidad no la cambian ni la controvertida Patriot Act ni la atenuación del Habeas Corpus que, debilitando una de las mejores tradiciones norteamericanas, logró imponer la actual administración republicana.

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