¿CUÁL ES EL SECRETO DE OSITO?

No tiene la delgadez ni las extensiones capilares de Claudia. Ni las lolas imponentes de Griselda. Tampoco el cuerpo trabajado de la profe Silvina ni el carácter huracanado de Nadia. A diferencia de Vanina, es incapaz de atraer la atención por la vía de las discusiones. Pero lo cierto es que todas fueron expulsadas de la casa de Gran Hermano mientras ella permanece allí desde el primer día del reality. A esta altura, cuando sólo tres mujeres siguen en carrera por derecho propio_ ya que Claudia está disfrutando de una segunda chance gracias a la necesidad de Telefé de reavivar el show_ es hora de prestarle atención a Jessica porque, a diferencia de las otras dos participantes, Marianela y Mariela, ella no ha sido nominada nunca.

Y el de Jessica no es un caso como el de Gabriel, el mendocino que se salva de las nominaciones a fuerza de hacer prácticamente nada, salvo mirarse en un espejo mientras baila y últimamente, destrozar las canciones de Chayanne. Osito, por el contrario, se hace notar, así en la casa como en la pantalla.

¿Qué tiene esa chica? Ésa es la pregunta del millón.

La respuesta más obvia es la que surge del perfil que se muestra de ella en la edición del programa: es sexualmente lanzada, simpática, siempre dispuesta al bardo, a veces aniñada y de a ratos, una hembra excitada. Personalmente, creo que con eso no alcanza para explicar la atracción que genera esa jovencita atípica. A decir verdad, Jessica debería haber llevado las de perder en una cultura televisiva acostumbrada a encandilarse con las mujeres de cuerpos improbables, senos henchidos de siliconas, traseros libres de celulitis y abdómenes de yogurt diet: cero por ciento de grasa. Y, sin embargo, tiene perfil de finalista.

En mi opinión, Jessica tiene lo que no se compra, no se estudia, no se consigue en un quirófano ni se hereda: el carisma televisivo. Osito es propietaria de ese raro encanto que hace que la cámara se enamore de alguna gente con independencia de sus rasgos físicos, el contenido de sus dichos y sus talentos profesionales. Lo tenés o no lo tenés: así de simple, así de arbitrario, así de azaroso es el don del carisma televisivo. Y Jessica, evidentemente, está en el bando de los elegidos. Basta verla en las galas, cuando Jorge Rial dialoga con los participantes: es imposible no detener la vista en ella.

Pero el carisma no garantiza más que la atención del otro. Después, esa persona que imanta las miradas puede ser querida o rechazada; amada o detestada. Y si no, ahí está el caso paradigmático del ex presidente Carlos Menem: cuando él aparecía en la  TV, los espectadores paraban de hacer el zapping. Y no era alto ni rubio ni de ojos celestes, aunque alguien haya querido verlo así, aquí cerca y hace tiempo. Para amarlo u odiarlo, para coincidir con su prédica o para envenenarse al escucharlo, cuando estaba en la tele, era imposible era dejar de verlo. Pero no de votarlo, claro.

Apenas ingresó en la casa, con su peluche a cuestas, Jessica sedujo a la cámara. Y desde entonces no paró. Primero, se metió en la pileta cubierta apenas por espuma en los pezones y el pubis. Más tarde, se declaró enamorada de Jonathan y la remó contra viento y marea sin darse por vencida ante los expresos rechazos del candidato. Con casi nada _un cubito de hielo y unos lengüetazos en las bocas de sus compañeros_ obtuvo lo que nadie había logrado hasta entonces en “Gran Hermano”: que le compusieran una canción. Rápida de reflejos, supo sacarle el jugo a “El baile del Osito” meneando la cadera y dando besos no bien sonaba tema. Dirán que es su estrategia de juego. Es probable. Pero, ¿no se trataba de eso, “Gran Hermano”?

Lo que no es estrategia, en todo caso, es la capacidad lúdica de esa chica que aparenta vivir como si el mundo fuera un parque de diversiones y ella, una criatura ansiosa por chocar contra todos los autitos y bambolearse arriba de la montaña rusa. En estos días de visitas en la casa, se hizo evidente que Osito tiene lo que a tantos les falta: una altísima capacidad de asombro y una enorme curiosidad por casi todo. No sé si esas dos condiciones son suficientes para ganar en “Gran Hermano”. Pero estoy convencida de que son necesarias para andar por la vida con más goce que llanto, con menos quejas y más alegría.

La tarde en que Chayanne promocionó sus discos y sus shows, en vivo y desde el lado de adentro de la casa, a Osito no le alcanzaban las palabras para expresar su asombro y, convencida de estar tocando algún cielo con las manos, apenas atinaba a cubrirse la cara. Valía la pena tragarse la movida de marketing para ver a esa chica exhibiendo el asombro químicamente puro.

Después llegó la brasilera, Iris, y Osito fue un tsunami de curiosidad. A pesar de no entender una palabra de portugués, tenía tal desesperación por comunicarse con la nueva invita y conocer su historia que a la larga, pudieron entenderse. “Oso, pará, es una piba, no es un juguete”, la llamó Diego a la cordura. La frase no podría haber sido más acertada: Jessica parecía una niña con muñeca nueva. En este mundo cargado de cinismo, ese derroche de curiosidad infantil corrió del centro de interés a la belleza y la verborragia de la garota importada.

Es posible que Osito quede entre los finalistas de “Gran Hermano”. O no, como dirían los habitantes de la casa. Pero es seguro que Jessica Gómez está bien equipada para enfrentar las tempestades de la vida real, esa que corre fuera del marco del televisor. Cuando uno piensa que a la hora de explicar las condiciones en las que llegó al mundo, Jessica dijo: “Mi papá violó a mi mamá, y nací yo”, la cuenta es fácil: quien con esa mochila al hombro no ha perdido el interés por el prójimo ni el asombro tiene pasta de ganadora. En la vida, digo, porque “Gran Hermano” es un juego. Y los juegos, juegos son.
 

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