CUANDO LLEGA EL DÍA

*El nacimiento del bebé es un momento super temido y también muy esperado, hoy Ani Sanabria te cuenta fue su experiencia para que empieces a fantasear y te llenes de ilusiones.

Hoy empiezo por el final, es que estuve mirando fotos del baby y me acordé del nacimiento… ¡Qué momento! Cuanto lo esperé, y cuantas fantasías tejí durante los nueve meses de espera. Miedo, ansiedad, ganas, y sobre todo un sentimiento de irreversibilidad que atenuaba todas la otras sensaciones.

Irreversibilidad porque sabía que sí o sí iba a tener que pasar por eso, lo que me daba mucha angustia era saber de una vez por todas cómo me iba a tocar. Para cuando quedé embarazada, ya había escuchado mil historias de partos y nacimientos, pero la “primera persona” cambiaba totalmente mi punto de vista y la situación.

El embarazo pasó relativamente rápido considerándolo a la distancia, cuando promediaban las tres últimas semanas empezaron los monitoreos, es decir, la indiscutible cuenta regresiva. Primero una vez por semana, y llegando a la fecha, dos veces a escuchar el corazón del chiquitito, que ya a esa altura de su existencia no me dejaba dormir. Es que tenía mucha acidez estomacal durante la noche, y no sabía cómo acomodarme en la cama con mi super panzota.

La cuestión es que seguía pensando, cada vez más cómo me iba a tocar el parto. Así pasaron rápidamente las últimas semanas y el momento llegó, con algunas complicaciones que sobraron para asustarme, pero por suerte no alcanzaron para dificultar mucho las cosas. El problema principal fueron los 20 kilos que me eché encima, el sobrepeso subió mi presión arterial y me pasé los tres últimos días en cama, recostada sobre el lado izquierdo para que el bebé se oxigene mejor.

Así empezó la historia, como la presión no bajaba, llamamos y mi médico nos dijo “vénganse a la clínica que vemos”, y yo atiné a preguntar si llevaba las cosas, y el respondió “sí claro, por las dudas traete todo”. Un ratito más tarde ya estábamos en el consultorio del doctor, que tranquilamente sugirió “cortar el embarazo porque las semanas ya están cumplidas y no conviene arriesgarnos, vamos a hacer una cesárea”.

Blanca del susto le pregunté si me quedaba a domir, o si venía al día siguiente porque ya eran casi las 9 de la noche, y mi doctor, siguiendo con su tono super tranqui, dijo “no no chicos, tenemos quirófano en media hora, intérnense y nos vemos arriba”…

¡Chan! ¡Y requete chan! Indudablemente el momento había llegado, y como plusvalor, era la primera vez que entraba a un quirófano, estaba aterrada. Por suerte ninguna de mis fantasías se hizo realidad, ni bien llegué al quirófano me tranquilizó mucho ver al equipo médico prepararse para recibir a mi bebé y asistirme en la tarea. Todos charlaban con una cotidianeidad que me tranquilizaba, hablaban de unos cheques que querían cobrar y de sus vacaciones en la Termas de Copahue. Ahí me sumé a la charla como para que se acuerden que yo estaba allí. Y sí que lo hicieron, que mami de acá, que mami de allá, y de repente fui el centro de la escena hasta que emocionada me dijeron que ya lo tenían al bebé y que estaba todo bien.

Bueno, la intervención duró relativamente poco, me acuerdo que en el mismísimo momento que sacaron al chiqui hubo fuegos artificiales (o disparos, no sé) porque Boca había metido un gol, destino futbolero más que determinado por la circunstancia - y por sus genes, todos en la familia somos bosteros, si se hace gallina será para plantearnos qué hicimos mal.

Esa noche fue una pesadilla, estaba sobrepasada por la situación y sobre excitada por la anestesia, igual tengo los mejores recuerdos y todavía se me llena el corazón cuando pienso en esos tres días de internación. Después vino manejar a los parientes que caían intermitentemente, la llegada  a casa y el comienzo de esta nueva vida con bebé incluido… Bueno, pero eso ya es tema para otros posteos de este blog…

Nos vemos en la próxima, cuídense.

Dejá tu comentario