Diego y los mercaderes de la muerte

*Un rumor no es noticia. Y en ningún sitio está escrita la excepción a esa norma: salvo en el caso de Diego Maradona. ¿Por qué entonces cuando se trata de “El Diego”, todo vale? Incluso una pantalla de TV ennegrecida arrogándose la tarea de Dios: decidir cuando será el final de cada uno de nosotros.
*Contra las macabras operaciones de prensa y los agoreros de la muerte, vaya un deseo: “Larga vida a Diego Maradona”.

Si uno lo piensa bien, suena a delirio colectivo: ayer, la información más esperada en los noticieros vespertinos no era una noticia sino la desmentida de un rumor. El rumor no es una noticia: esa regla está escrita en la puerta de entrada al periodismo. Y esa norma no lleva incluida la excepción: salvo cuando se trate de Diego Maradona. Sin embargo, en la práctica, si de “El Diego” se trata, todo vale. Incluso la aberración de dar por muerta a una persona que, gracias a Dios, vive. Quiera el destino que hasta los 120. 
      
Así las cosas, quien haya sintonizado los noticieros en el atardecer del miércoles último fue testigo de una escena tan absurda como macabra: cantidades de camarógrafos, movileros de radio, cronistas de medios gráficos y fotógrafos agolpados en la vereda de la clínica Avril. Aguardaban un parte médico que anunciara lo obvio: que Diego Maradona estaba vivo. Y digo que era obvio porque con la vida y la muerte no hay grises: un ser humano vive hasta que Dios dispone lo contrario y entonces, no queda punto de retorno. Por más famosa, genial o popular que una persona sea, el hecho de que viva no es noticia. Como no son noticia la cantidad de aviones que llegan a destino sino aquel que se cae. 
      
¿En qué se convertirían los medios si diariamente tuvieran que anunciar la lista completa de las estrellas del deporte o el espectáculo, los estadistas, los escritores y los científicos que, afortunadamente, siguen formando parte del reino de este mundo? Pero cuando se trata de “El Diego” todo vale; cualquier manual de ética periodística puede ser violado; los límites se esfuman; incluso el más primario, es decir, el que obliga ya no a los medios y a los periodistas sino a cualquier humano a no banalizar la vida ni la muerte. 
      
¿Quién habrá sentenciado o dónde estará escrito que cuando se trata de “El Diego” es legítimo orquestar una operación de prensa _cuyos artífices y sus móviles aún se desconocen y probablemente jamás se sepan_ con cientos de llamados a las redacciones para mentir que ha muerto? ¿Por qué, cuando se trata de “El Diego” más de uno se atribuye el derecho de jugar por un rato a ser Dios decretándole el fin de su existencia? 
      
¿Por qué hubo que ver, a las 16.40, la pantalla de Crónica TV teñida de negro con un reloj que iba marcando algún supuesto tiempo de descuento? ¿Por qué tuvieron que vivir esa pesadilla Dalma y Giannina, Claudia y doña Tota, Don Diego y los hermanos de Diego?


Quien haya tenido que recibir la noticia de la muerte de un familiar o un amigo amado sabe que lo que se siente en ese instante: la impresión de que el mundo se ha derrumbado bajo nuestros pies. Me pregunto si los que fogonearon la mentira respecto de Maradona nunca han estado en ese trance. De ser así, me alegro por ellos y les deseo, de corazón, que jamás tengan que vivirlo, porque creo que el día que experimenten ese desasosiego irreparable, los ahogará la culpa por lo que les hicieron ayer a las hijas de Diego, a sus padres, a su familia, a aquellos que lo aman del modo en que las personas amamos a otras personas, en las buenas y en las malas, con sus virtudes y sus defectos, con sus grandezas y sus debilidades. 
      
En una época, cuando se discutía sobre el derecho de los medios a meterse en la vida privada de las figuras populares, los más proclives a achicar la frontera que separa lo público de lo privado argumentaban que “ése es el precio de la fama”. Ahora, para expresar la misma idea suele decirse que “son las reglas del juego”. Se puede discutir el límite entre lo público y lo privado. Es legítimo debatir sobre la eterna tensión entre el derecho y el deber de informar y la obligación de respetar que el otro (el famoso, el popular, el ídolo) además de una figura es una persona y en consecuencia, tiene derecho a un terreno de intimidad, vedado a los flashes y las cámaras. 
      
Admito esas discusiones. Acepto que la esfera privada de las figuras públicas no es un territorio sencillo de delimitar. Es más, creo que esa demarcación no puede establecerse por decreto sino que constituye un ejercicio constante por parte de los medios y de sus editores. Ésas son las cuestiones que siempre me han llevado a pensar que no quisiera estar en los zapatos de los gerentes de noticias de las radios y de los canales de TV, porque ellos deben tomar esa clase de decisiones en un instante y trepados en la montaña rusa del vértigo informativo. Ellos tienen que optar sin red. Y son humanos: pueden equivocarse. Y, a diferencia de lo que ocurre en los medios gráficos donde el redactor y el editor gozan al menos de unas horas para revisar lo escrito, si los gerentes de noticias de las radios o la tele se equivocan, ya no pueden retroceder. 
      
Entiendo todo lo que acabo de exponer. Pero me niego a aceptar que se incluya en la agenda del debate el derecho a jugar con la vida y la muerte de ningún ser humano. Me niego a creer que ése sea el precio de ninguna fama ni las reglas de ningún juego. Y me resisto con todas mis fuerzas a admitir que “el Diego” sea la excepción a esa regla del humanismo más elemental. 
      
Ayer, mientras la tele me mostraba las aguas turbias del rumor, fui hasta la biblioteca, busqué el libro realizado por Daniel Arcucci y Ernesto Cherquis Bialo, “Yo soy el Diego”,  y volví a leer el lúcido análisis que Maradona hace de sí mismo. Dice así: “Al Diego, a mí, me sacaron de Villa Fiorito y me revolearon de una patada en el culo a París, a la torre Eiffel Yo tenía puesto el pantalón de siempre, el único, el que usaba en el invierno y en el verano, ése de corderoy. Allá caí y me pidieron, me exigieron que dijera lo que tenía que decir, que actuara como tenía que actuar, que hiciera lo que ellos quisieran. Y yo hice. Yo… hice lo que pude, creo que tan mal no me fue”.  
      
Diego hace lo que puede, como todos nosotros. Y a pesar de sus dichos de entonces, también a veces le va mal; como a todos nosotros. Sólo que él lleva en el empeine una fábrica de alegrías para multitudes que los demás no poseemos. Sólo que mientras nuestras debilidades son un asunto propio y de los que nos rodean, las suyas son televisadas para el mundo entero. 
      
La prestigiosa psicoanalista Silvia Bleichmar ha explicado con notable agudeza la relación entre Maradona y los argentinos. Lo hizo en el libro “No me hubiera gustado morir en los 90”, en el capítulo titulado “Amamos tanto a Diego”. “Nuestros héroes no son los triunfadores sino quienes remontan la caída “, sostiene Bleichmar. Y agrega: “ Los argentinos no podríamos tener otros (héroes) que los que tenemos: aquellos que se levantan sobre la derrota y vuelven, una y otra vez, a demostrar su talento y capacidad de vencer la adversidad externa e interna, padeciendo él éxito y soportando su despojo, volviendo, una y otra vez, a demostrar que no están aniquilados ni desaparecidos”. 
      
Por estos días, Diego pelea contra la adversidad interna. Diego padece el éxito. Pero Diego no está aniquilado. Entonces, Larga vida a “El Diego”, al de Fiorito y al de la Torre Eiffel.

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