Diosa - Parte 3
*Historias y escándalos de barrios privados, lo que todos saben pero pocos se animan a contar.
*Por Santiago Ordoñez Zemborain.
Sólo que no había mucho que averiguar. El producto era ella, y estaba a la vista de todos.
Paula estuvo arrebatadoramente bella, elegante y salvaje en ambas entrevistas. Causó estragos entre la concurrencia tanto masculina como femenina. En esas dos ocasiones volvió a lucir ese atractivo feroz. Era evidente que lo tenía adentro como una bestia salvaje que dejaba salir cuando tenía voluntad de hacerlo. Y bastaba que ella se decidiera a mostrar esa energía exuberante, juvenil y madura al mismo tiempo para que enloquecieran los presentes, nadie resistía ese volcán elegante.
Lo manejaba a su antojo, y había decidido dejarlo salir durante esas dos ocasiones puntuales. Parecía decir: aquí estoy como cuando me conocieron, sensual y deseable como puedo estarlo cuando quiera.
Dejó trascender algunos datos escasos de su vida previa a aquel pasaje por la Tele que la había lanzado a su nueva vida. Era uruguaya, del departamento de Rivera lindante con Brasil. Había ganado algún concurso de belleza y actuado brevemente en su país de origen cuando se decidió a cruzar el charco y probar suerte – era una manera de decir, nunca tuvo dudas una vez que se lanzó y así lo hizo saber con una mirada a la cámara entre pícara y feroz de hembra que sabe de su poder-. Su madre era una brasileña, dueña de una fazenda del lado brasileño, su padre ya fallecido un ingeniero agrícola de origen alemán que había vivido en la zona y había formado su familia allí. No abundó en detalles y los otros no ahondaron.
Cuando le preguntaron detalles de su vida actual, en particular la romántica, fue abierta pero al final no reveló más de lo que ya se sabía.
Cuando pasaron por sus gustos, dio toda una reseña y se explayó, gastronómicos, las vacaciones, las ciudades preferidas, la vida social, las fiestas, los viajes, todo. Allí sí se extendió con una comodidad mayor que cuando le habían pedido detalles biográficos.
Cuando Susana le preguntó la edad entre sonrisas cómplices y suspiros de envidia por su juventud, comentó que cumplía 25 en pocas semanas.
No para sus relaciones profesionales que la vieron salir airosa de aquellas audiencias clasificatorias para entrar en las ligas mayores. Ni para sus contadísimas amigas que eran todas nuevas desde aquel surgir de la oscuridad. Ni para sus amantes porque no los tenía, era fiel fidelísima al “Negro” Mansilla Dorticós.
Los problemas ni siquiera se puede decir que empezaron allí, habían ido gestándose desde aquellas primeras imágenes angelicales en que como una diosa niña, un querubín de labios carnosos y mejillas arreboladas había sido vista durmiendo semidesnuda en la TV, o toqueteándose febrilmente, casi una adolescente presa de sus hormonas en noches inquietas pero no solitarias ante las cámaras mudas, testigos permanentes.
En todo caso la naturaleza había operado un prodigio con ella desde un cierto momento en que pareció dejar de envejecer. Quizás a los 24 o 25 hizo pico su belleza, su cuerpo maduro y voluptuoso se quedó allí, su rostro dejó de evolucionar y quedó conservado, inmóvil, establecido y permanente en una belleza joven, sabia, conocedora de su potencia. Y que no decaía.
Claro que a la naturaleza hay que ayudarla. Y Paula jamás había dejado de hacerlo. De manera denodada, admirable, esforzada hasta lo bizarro. Había comprendido lo que Dios le había dado, el privilegio que le había sido conferido y tomado las medidas necesarias para conservar semejante patrimonio.
Se dedicaba hacía ya más de cuatro lustros a una disciplina corporal y de tratamientos de belleza que excedían con mucho incluso aquellos a que se someten las mujeres más coquetas, más dadas a luchar contra el tiempo.
Hoy día se sabe, toda cuarentona, más aún cincuentona tiene el potencial de convertirse en una Diosa.
Las edades han desaparecido, o casi. Allí están los ejemplos de dos o tres vedettes, de una cantautora, de más de una política de enorme relevancia que bien ingresadas en sus sesenta no serían rechazadas por ningún varón bien plantado. Cualquiera las tomaría en cuanto se presentara la menor oportunidad.
Los elementos están allí a disposición de quien quiera usarlos y tenga la voluntad: dietas bajas en calorías y que no exigen al cuerpo dispendio de energía para digerir la comida, complejos vitamínicos verdaderos cócteles que revitalizan la piel, entonan y fortifican el cabello, dan brillo a los ojos, generan fluidos corporales que facilitan todo. Cuidados médicos detallados para quien pueda pagarlos que advierten de peligros, evitan malos hábitos, precaven de errores, asisten y recomiendan cómo actuar en cada instancia desde todos los ángulos para hacer lento el reloj del tiempo, detener o retrasar hasta lo increíble la biología del envejecimiento corporal.
Y además los gimnasios, las rutinas, las sesiones interminables, durísimas de ejercicios diseñados para tonificar cada músculo, cada tendón, cada pliegue de la piel. Rutinas de una exigencia atroz que otorgan una sola recompensa ante tanto esfuerzo: el goce narciso de una belleza, una juventud intemporal.
Y claro también el quirófano: lipoaspiraciones, botox, estiramientos, implantes en las mamas, los labios, los pómulos. Sacar, quitar, extraer, eliminar todo lo que sobra y denuncia años. Poner, implantar, fundar, adherir todo lo que abulta y resplandece mostrando la turgencia, la audacia de la juventud.
Y la mente también. El entramado de controles mentales y emocionales que generan los estímulos adecuados de las glándulas que a su vez producen dopaminas y serotoninas, ferinas y logotropinas si se las excita adecuadamente. La generación de antioxidantes y rejuvenecedores pituitarios en forma abundante y continua. Y la represión indiscriminada del cortisol y los radicales libres, los inhibidores y los glucol aldehidos tan dañinos.
Todo llevado hasta los límites de la propia seguridad vital. Y las técnicas orientales u occidentales y mixtas fusionadas que permiten tamizar los malos efectos de todo aquello que nos afecta, enferma, hace daño y lastima. Así, entrenarse para filtrar todo aquello que de negativo nos rodea y dejar pasar, en forma natural la luz, la energía del sol y el cuerpo astral para que nos nutra y purifique todo el día, todos los días.
Paula Alarcón venía siendo íntima de estos procedimientos desde hacía ya veinte años. Había tenido el buen criterio de no dejar su suerte librada a aquel genoma maravilloso que la hacía permanecer joven exteriormente. Había hecho su tarea y ayudado a la naturaleza.
Desde el principio había sido totalmente inflexible y rígida, controlada y eficiente en la gestión y el mantenimiento de su apariencia: todos los regímenes de alimentación, todos los consejos médicos que podía captar y le parecieran lógicos.
Había decidido que el milagro que la naturaleza le había prodigado debía ser apoyado con todo lo que ella pudiera hacer para complementarlo.
Horas y disciplina en los gimnasios incluso hacía años, cuando no era todo tan fácil ni popular ni en la esquina de casa como ahora.
Había vivido para ser joven siempre, y esperar su momento. Solo que en eso la suerte había sido algo esquiva: su momento había llegado en aquel largamente recordado Gran Hermano. Habían desfilado casi 30 años desde sus comienzos artísticos en un pueblo perdido en la frontera uruguayo-brasileño. Casi veinte transcurridos en algunas ciudades del interior de ambos países como Curitiba, Rivera, Pauí. Incontables oportunidades perdidas por mala suerte, o porque los escenarios no eran los adecuados para ella que era una belleza de primer orden, mucha cosa para aquellos tablados modestos y sin embargo esquiva la fortuna y sin aparecer quien la pusiera adonde podía y debía haber estado desde mucho antes. Había llegado casi en el último momento, cuando ya empezaba a notar que cada vez eran necesarios más cuidados, con mayor frecuencia. El don que había recibido se iba agotando, la naturaleza iba tomando su curso y la ilusión requería crecientes esfuerzos por parte de ella.
De manera que cuando llegó de manera tan espectacular y rápida a la cima ya era una mujer madura, endurecida por dentro y conocedora de todas las miserias de la vida. No había pasado desapercibida para tantos hombres como los que había cruzado en aquellos arrabales de sus años mozos. Pero no por ello amargada ni mala ni perdida la inocencia cuando quería vestirla, ni sin ideales o cínica. El advenimiento de aquella fama y reconocimiento la había hecho feliz. Era por lo que había luchado toda su vida. Lamentaba que le hubiera llegado tarde, pero celebraba que estuviera allí, por fin.
Y ahora, la consagración de su carrera la encontraba en un punto en que – se decía a si misma, siempre voluntariosa y optimista – debía extremar las precauciones y los trabajos tanto físicos como mentales para conseguir el objetivo y seguir retrasando…retrasando lo que habría de venir alguna vez, sabía que era inevitable. El regalo había sido grande, enorme, y había podido disfrutarlo por dos décadas, pero al final la cuenta de los años llegaría. Estaba llegando. Lo notaba: su voz cada tanto enronquecía, las manos – esas soplonas, traidoras siempre, delatoras de la mujer madura- parecían invulnerables ante los tratamientos de cirugía que hacían lo que podían pero no con las manos, no tan perfectamente como con el resto de su cuerpo. Y la sequedad, en la boca, en los ojos que requerían constantes lágrimas oculares. Y la de abajo también.
EL PRÓXIMO CAPÍTULO EL VIERNES QUE VIENE.
Dejá tu comentario