Diosa - Parte 5
*Historias y escándalos de barrios privados, lo que todos saben pero pocos se animan a contar.
*Por Santiago Ordoñez Zemborain.
Por Télam
Todo este paraíso de esperanzas cumplidas para el Negro Mansilla tenía su reverso en la tensión que iba experimentando Paula. Aunque formaba parte de su experiencia vital el combate cuerpo a cuerpo contra el paso del tiempo, ahora sentía que la presión se había vuelto más cercana, más personal. Quien la tenía enfrente, la escrutaba y disfrutaba de su persona era alguien real ya no los millones de ávidos mirones de antes. Ya no había una pantalla protegiéndola.
Paula experimentaba un cansancio, un fastidio difícil de disimular ante el estúpido parloteo de sus compañeras de country, agrupadas naturalmente por grupos etáreos: todas estaban empezando a tener hijos, o acababan de tenerlos y el cuidado y atenciones de los pequeñuelos eran el tema preponderante de interés. Paula debía fingir atención y entusiasmo ante una perspectiva que sabía imposible para su horizonte vital.
Sin embargo todo seguía bien porque ella estaba muy entrenada y simplemente siguió haciendo lo que venía haciendo desde hacía tanto tiempo.
Hasta que él lo insinuó primero, insistió después, explicitó por último: quería tener un hijo con ella. Sellar así su matrimonio, cumplir ese capítulo de su vida.
La declaración,la demanda entusiasta que le planteaba no le dejaron lugar a otra actitud que acompañarlo en su arrebato. Primero fue sorprendida, sabía que aquello estaba dentro de las posibilidades y había creído tomar recaudos para ello. No se lo imaginaba tan pronto. Pero, pensó, si hay que hacerlo que sea cuanto antes. Tenía ideas vagas al respecto: fertilización asistida, in vitro, cosas que había oído y nunca prestado atención, su cuerpo siempre prioritario.
Cómo hace una mujer de 46 años a punto de cumplir 47 años, entrando en la menopausia para tener un bebé?
El sexo siempre había sido bueno entre ellos. El nunca había decaído en su entusiasmo por ella que bien lo merecía. Y ella gozaba de esos amores tranquilos que le brindaba el cuerpo maduro de su amante esposo. Pero ahora todo eso se tornó en frenesí, primero cuando se propusieron procrear y luego de unos meses cuando no pudieron. Entonces acudieron a aumentar la frecuencia, probar ritos y ritmos, consejos y experiencias ajenas. Nada funcionaba.
El Dr. Marcelo Salustio tenía (y sigue teniendo) la consulta en una calle coqueta de Barrio Norte. Calle corta y con nombre de prócer de escarapela. Su prestigio en el campo de la fertilización asistida lo ha convertido en hombre de consulta de parejas frustradas en su paternidad no solo de Argentina sino provenientes de todo Latinoamérica. Concurren a la pequeña clínica que se encarga de hacer todo lo posible y necesario para que sean capaces de procrear aquellos a quienes las cosas no les vienen fáciles.
Un médico prestigioso, divorciado y codiciado apenas pasados los 40 años, es famoso en el ambiente del golf de Pilar por sus proezas amatorias, campo en el que su voracidad se da mano con la disposición de innumerables mujeres de toda condición que caen rendidas por sus preciosismos galantes, su seguridad profesional y aún el profundo agradecimiento por haberlas hecho mamás, cuando ya pasada aquella etapa concurren a hacerse controles post-facto, sólo para caer en las deliciosas redes amatorias del médico y Don Juan. Porque lo es, a la manera antigua, de aquellos que conservan para su archivo personal las “marcas” logradas, tanto en calidad como en cantidad, ¡imperturbable ante las nuevas reflexiones que desde aquellas vertidas por Don Gregorio Marañón en los años 20s vienen insistiendo en que tamaña obsesión con el sexo opuesto sólo encubre una afición para con los del propio. El Dr. Salustio no da bola a tamaños infundios y se preocupa sólo de añadir trofeos femeninos a su ingente, enorme cartera que acumula para quizás entibiar su vejez cuando y si ella llega.
Pero como además es el número uno en su especialidad, allí recalaron el Negro Mansilla Dorticós y su mujer en busca de consejo y asesoramiento: querían tener su bebé. Paula no había dudado cuando tras alguna averiguación con médicos amigos él le propuso consultar a la eminencia. Ella era una mujer inteligente y también audaz. Siempre había sido sana de manera que no había visitado muchos médicos en su vida, y la verdad no tenía muy en claro si podía o no tenerlo, y en todo caso si se trataba de un problema de óvulos, embriones, concepción o fertilización.
El médico los atendió con su habitual profesionalismo. Hizo sólo una mención referida a la fama de la bella Paula Alarcón, que se apresuró a declarar como “muy merecida” y felicitó al marido por la misma. El Negro estaba conmovido. Aunque los halagos por la perfección de su mujer no habían cesado desde que la hizo suya, éste provenía de un profesional respetado, y un hombre que si cabe se podía conceptuar como un experto en el tema. Veía todos los días mujeres jóvenes y maduras, deseosas de aparearse y procrear. Había atendido a muchas de las más bellas modelos y mujeres del país. Y obviamente estaba fascinado con la prestancia de su esposa. Mejor, que reventara y deseara, se dijo. Todo un homenaje que el Negro Mansilla se permitió auto realizarse.
Salustio, realizó una revisión de rutina pero en profundidad. Nunca dejaba de conmoverse ante la visión de una mujer bella y desnuda aunque estuviera apenas encubierta esa situación de dominio suyo, vulnerabilidad de ella por un delgado camisolín y el marido al otro lado de la puerta. Sus manos revisaron, sus ojos palparon. Sintió la tan conocida excitación del cazador. Que – sonrisa interior amarga y resignada – debería apaciguarse como mejor pudiera con alguna novia que tuviera a mano esa noche, porque Paula Alarcón estaba fuera de su alcance por hoy y al parecer por siempre.
Pasaron al consultorio nuevamente.
Les aseguró que el primer paso era realizar una serie de análisis biológicos y químicos sofisticados que permitirían conocer a fondo el panorama hormonal y glandular de ella. Lo de él era más sencillo – sonrió – le harían un análisis de sangre y debería pasar un rato “con las chicas de Playboy” – sonrió nuevamente esta vez ya un poco fuera de lugar – para obtener por vía manual una muestra de semen que sería analizado. A partir de los resultados de ambos, tendrían el panorama completo y determinarían un rumbo de acción.
Se retiraron con la larguísima orden de análisis a realizarse, que excedía en mucho los completos de sangre que se hubiera hecho ella en su vida.
CONTINÚA EL PRÓXIMO VIERNES.
Dejá tu comentario