El Che, mito y fisura

*Luces y sombras en la historia de un líder que no fue el criminal que describieron sus detractores de derecha, ni la perfección inventada por sus canonizadores.

 


Quizá sea que cuando estuvo en el poder, por propia voluntad lo abandonó. Allí posiblemente esté la cualidad más original y el mejor fundamento de su leyenda. Lo natural es que los hombres se aferren al poder, no que se desprendan de él. Y el Che Guevara pertenece a esa selecta minoría de personajes históricos que marchaban a contramano de ese instinto político básico.

Por cierto, hay otros elementos sin los cuales no habría mito. Su rostro emblemático; o sea la imagen de efigie revolucionaria que captó accidentalmente la lente de Korda, el fotógrafo que lo retrató asomándose a mirar la multitud durante un acto en el que no fue orador sino anfitrión de Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir.

Pero más importantes son su carisma, su calidad oratoria y su naturaleza de líder. El espíritu de aventura y el coraje que lo sacó de un hogar pequeño burgués para vivir como los héroes  de las novelas de Kipling, Salgari o Dumas. La vocación de entrega con que se zambullía en todas y cada una de sus empresas; y haber muerto joven sin que los errores y la vejez contaminaran esa imagen que, por la sumatoria de estos rasgos particularísimos, entró en el santuario de la ideología donde fue canonizada y elevada a los altares situados más allá del bien y del mal.

Sin embargo, puesto a contrastar con la vida real, el mito del Che presenta fisuras de inmensa visibilidad; por lo tanto, que no se discutan ni se mencionen ni nada es una prueba contundente de su canonización.

Esas fisuras se dan en lo militar, en lo político y en lo económico. Respecto a lo primero, su gran aporte a las luchas guerrilleras fue haber desarrollado y difundido las estrategias foquistas. Sin embargo, su lucidez como estratega y su capacidad militar fueron amplificadas hasta el absurdo en el proceso de mistificación posterior.

Por un lado, en la guerra revolucionaria de Cuba la conquista de Santa Clara, con la que abrió las puertas al avance final sobre La Habana, fue sobre todo (y más que un mérito de la columna que el Che comandaba) una señal de que el destartalado ejército de una dictadura corrupta y negligente, la de Fulgencio Batista, ya estaba en desbanda.

A renglón seguido, fue poco lo que aportó y pudo hacer en el Congo, donde un guerrillero frívolo y ambicioso como Laurent Kabila iniciaba su larga guerra contra la tiranía obscena de Mobutu Sese Seko.

Pero fundamentalmente pone en duda su capacidad de estratega haber impulsado, por ejemplo, una aventura insurgente tan mal planeada como la que realizó en Salta el llamado Ejército Guerrillero del Pueblo, comandado por el periodista de Radio El Mundo Jorge Masetti, que rápidamente terminó en un desolador fracaso y cuyos muertos no cayeron por fuego enemigo, sino ejecutados por la propia guerrilla bajo acusación de traición y deserción.

Acaso el ejemplo más claro de las inmensas limitaciones de su capacidad militar esté en Bolivia, donde pudo encontrar la debacle total de su imagen de infalible comandante pero la muerte lo rescató  generando el efecto contrario: su mistificación. Y en buena medida es justo porque lo único que supo hacer el Che en Bolivia es morir. Lo hizo con todo el honor y la dignidad que poseía en dimensiones oceánicas.

Lo demás fue un desastre, que incluyó desde fallas logísticas como no contar con traductores para ser entendidos en los pueblos montañeses donde sólo se habla quechua y demás lenguas nativas, hasta errores de planificación que en la suma arrojaron como saldo un fracaso estrepitoso.

Sin embargo, nadie dice algo tan evidente. Resulta obvio que esa muerte heroica a la que accedió por su inmenso coraje, fue la postal que ocultó lo que a todas luces resultó una aventura bochornosa. Jorge Lanata fue uno de los pocos que, sin ser conservador ni derechista, se atrevió en uno de sus libros de historia argentina a calificar de “patético” el paso del Che por Bolivia.

Si nadie más se atrevió a ese acto elemental de honestidad intelectual, es por la religiosidad que caracteriza a la izquierda dogmática, siempre dispuesta a denunciar herejías y blasfemias contra quienes se atrevan a incursionar en sus panteones.

Otra inmensa limitación de Ernesto Guevara de la Serna estaba en la economía. ¿Por qué debía ser un buen economista si, en definitiva, era médico y guerrillero? Porque él ocupó al mismo tiempo los cargos de ministro de Industria y presidente del Banco Central, o sea que fue un “super ministro” de economía la Cuba. Y el resultado de su gestión fue lo suficientemente débil como para que Fidel Castro decidiera arrojarse a los fornidos brazos soviéticos para salvar su revolución de la bancarrota.

De las medidas que impulsó Guevara como zar de la economía cubana ni se habla. Tampoco quedaron pensamientos y teorías del Che en ese terreno. De ese tiempo se lo recuerda como el ministro que tomaba el machete para colaborar en la zafra.

Ese era su terreno: el de la moral y el lenguaje simbólico. Por eso se convirtió en un símbolo de voluntad, de ética y de entrega. Y esa conquista es totalmente justa. Aunque desde otro ángulo de observación se le podría reprochar voluntarismo, moralismo extremo y convicción en grado de fanatismo.

Su legado intelectual también es débil. ¿De qué otro modo explicar que su imagen se conozca más que su pensamiento profundo? El Che escribió sobre “el hombre nuevo”, sin embargo, en la actualidad, ni las izquierdas conocen aunque sea a grandes rasgos las ideas y definiciones que vertió al respecto.

Su política económica falló por ser voluntarista, mientras que sus certezas en los umbrales del fanatismo lo hicieron protagonizar páginas negras como la de los fusilamientos en Cuba; pero su moral inflexible no tuvo quiebres ni debilidades. Por eso vivió el ascetismo y la entrega de los monjes medievales.

En la vida de Santo Tomás, muchas escenas lo confirman como un fanático. Pero el catolicismo escolástico (o sea aristotélico- tomista) jamás usaría esa palabra en la descripción del filosofo aquinita.

Por cierto, Tomás de Aquino era un genio, pero eso es algo que conocen sólo los teólogos y los intelectuales de la iglesia. Los feligreses ignoran el pensamiento y la acción del santo al que veneran.
Lo mismo ocurre con la feligresía guevariana.

Igual que la Santa Inquisición, los guardianes del dogma de la izquierda están para perseguir y descalificar los intelectos que blasfemen contra el santo revolucionario.

La vida y la acción del Che justifican esa santidad. Ernesto Guevara la merece, y no sólo por su rostro de efigie guerrillera; sino fundamentalmente por su pasión de aventura, por su honor y valentía, por la dignidad que convirtió en símbolos a cada uno de sus actos y por pertenecer a esa selecta minoría de personajes históricos que sabían despreciar el poder.

Dejá tu comentario