El giro hacia la derecha racista de la democrática y racional Suiza

* Con mensajes plagados de intolerancia y contra la integración europea, el país que siempre funcionó con la perfección de sus célebres relojes votó masivamente a Christoph Blocher, la versión helvética de Jean-Marie Le Pen.

Racismo explícito; eso fue la propaganda con la que los ultraderechistas helvéticos se consolidaron como la primer fuerza política de Suiza, en la última elección general.

En el spot publicitario, un grupo de ovejas blancas echa a patadas a una oveja negra. Con ese lenguaje cromático contundente, la Unión Democrática de Centro (UDC) explicaba su propuesta principal: que los extranjeros que cometan delitos deben ser expulsados del país.

Ese país tiene una larga historia de tolerancia, de armonía federal y de gobernabilidad en el más envidiable sistema de consenso político que exista en el mundo.

Y la historia de esa cultura de convivencia armónica en lo diverso, tanto en lo cultural como en lo político, se remonta a los mismísimos orígenes del país de Guillermo Tell, a finales del siglo 13 cuando los ducados de Uri, Schwyz y Unterewalden se unieron para enfrentar a los ejércitos austriacos de los Habsburgo, a los que derrotaron en la batalla de Morgarten.

A partir de 1815 comenzaron a sumarse ducados alpinos que pronto derivarían en cantones, hasta que en 1848 nacería la actual confederación basada en el autogobierno de los cantones y con un Consejo Federal (gobierno central) con siete miembros elegidos según los resultados electorales.

Suiza tiene políticas muy cuestionables, como esa tradicional neutralidad que, durante la Segunda Guerra Mundial, la situó en un punto equidistante entre Hitler y los aliados, abriendo sus arcas al oro que los nazis robaron a sus víctimas y quisieron ocultar.

También es discutible su sistema bancario, atractivo por su hermético secreto para las fortunas más oscuras del planeta, incluidas las de mafiosos y nefastos dictadores que saquearon a sus pueblos. Pero lo que estuvo fuera de dudas siempre fue la calidad de su sistema político basado en el consenso, y la nitidez con que este esquema ha reflejado la extraordinaria conciencia cívica de su pueblo.

Sólo una sociedad culta y participativa pudo unir su diversidad en la Confederación Helvética y su sistema de cantones, muchos de los cuales cuentan con la “democracia directa” que propuso Rousseau y por la cual los ciudadanos votan en asambleas populares sus leyes, como en la antigua polis ateniense.

Por eso es tan doloroso el triunfo de la ultraderecha en la última elección general. Jamás un partido suizo había obtenido la cantidad de escaños que conquistó la UDC, fuerza xenófoba liderada por el multimillonario Christoph Blocher y su extremista lugarteniente Ueli Maurer.

Lo peor es que logró un resultado histórico mediante la más racista de todas sus campañas electorales; sobre todo por la escandalosa propaganda en las ovejas.

Ueli Maurer es el presidente del partido que lidera Blocher y simplificó la propuesta de la UDC al electorado helvético en tres puntos básicos: No a la Unión Europea; menos impuestos y mano dura con la criminalidad extranjera.

El tercer punto logró instalar en el debate un razonamiento falaz: si el extranjero que llega a Suiza lo hace para delinquir, es lógico que se lo expulse. Esto desigualitario y xenofóbico ya que, de convertirse en ley la visión de la UDC, por un mismo delito habrá distinta pena para un helvético de origen teutónico y para cualquier persona de otro origen.

Desde las elecciones del 2003, la UDC es el partido más grande de Suiza y Blocher ocupa el Ministerio de Justicia (a cargo de la policía) en el sistema de consenso gubernamental. Pero el control mayoritario lo retenían los centristas Partido Socialista (socialdemócrata), Partido Radical (de centroderecha), junto a los democristianos y los verdes.

Ahora bien, con la elección de esta semana, la conducción pasa a manos de la derecha extrema.

¿Por qué un pueblo tan razonable y moderado comete semejante desliz político de volcarse a la ultraderecha?

La respuesta no es simple, pero seguramente tiene que ver con el incremento de la intolerancia xenófoba que está provocando en toda Europa el aumento de la inmigración.

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