Escrache benéfico / Parte 2

Télam
Por Télam

Se venía el fin de año al galope.  Así que con pocas ganas nos subimos con mi marido al auto y partimos hacia Capital, para cumplir con el compromiso de todos los años,  visitar a Tito Lacombe y su mujer Adriana en su piso de Libertador y Montevideo.

Un asado, buen vino y después los varones se fueron a caminar un rato por Recoleta, quedamos Adriana y yo. Cuando terminamos de levantar la mesa y todo estuvo listo, me dijo: “(…) che me acompañás al Bolishopping, tengo que comprar algo para los chicos y ahí tienen de todo, buenas marcas a unos precios de locos”.

Yo no estaba muy convencida. Me daba un poco de miedo y pudor ir a la baratela, pero una curiosidad antropológica me invadió y... al cuerno con los prejuicios, decidí ir y ver de qué se trataba toda la cuestión. Me intrigaban todos esos bolivianos y peruanos haciéndose la América con ropa trucha y usada, así es que... "Bueno -dije- vamos a ver el bendito bolishop".

Al llegar, si no me hubieran indicado por dónde había que entrar hubiera pasado de largo por esa calleja escondida llena de comercios improvisados. Todo por dos pesos, préstamos de dinero con recibo de sueldo, pizzería, bazar, verdulería, compostura de calzado. Algo así como un viaje al “Corazón de las tinieblas”… pero mucho más divertido. Decenas de puestos, cada uno con su bolita a cargo. Ropa de marca, sandalias, ojotas, ropa interior, trajes de baño, soleritos, camperitas livianas, hasta sillitas brasileras.

Cuando ya me sentía abrumada por un calor infernal que provocaba el techo de chapa, y mientras Adriana regateaba por 12 pares de medias de tenis Nike, algo atrajo mi atención. En una de las esquinas más alejadas de la entrada había un puestito diferente, la ropa era de colores más oscuros, menos veraniegos. No podía distinguir de lejos, entonces me fui acercando. Cuando estuve allí, la vi. Encaramada en una canasta llena de todo tipo de prendas, estaba mi blusa bordeaux, mangas abullonadas de seda natural. La pieza era única e inconfundible, la habíamos comprado con Marcelo en Venecia en el 96.

Tomé la blusa e hice una última comprobación, aunque no fuera necesaria por la exclusividad de la prenda. En efecto era mi blusa. ¿Cómo había llegado a Retiro mi donación de aquella tarde infausta de septiembre?

Seguí revolviendo ante la mirada vegetal de la vendedora. Toqueteaba una pollera  cuando sorprendida noté que en un estante se exhibían con prolijidad varias prendas más, donadas esa tarde en el evento presidido por mi ahora archienemiga Beatriz Ordoñez Zemborain, quien ganó ese puesto después de su maldito escrache ante todas las mujeres en el House.

En un primer momento pensé que los beneficiarios podrían revender esta ropa y así ganar unos pesitos extras, pero todo indicaba que se trataba de algo más sistemático, porque ese puestito ofrecía muchas de las donaciones que recordé haber visto en el Club House... y a menos que todos los beneficiarios se pusieran de acuerdo para vender simultáneamente a la misma persona todo lo recibido. Volví a casa perpleja y pensando que algo de todo aquello seguramente me podía beneficiar…

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