La amenaza de Francia contra Irán

*El canciller galo amenazó con una guerra y luego se retractó, pero en estos casos, las retractaciones nunca tienen el peso de las palabras que las provocan.

El mundo y la propia Francia se paralizaron de estupor cuando el canciller galo dijo, respecto al desafío nuclear planteado por Irán, que “hay que estar preparado para lo peor y lo peor es la guerra”.


 


¿Quiso anunciar Bernard Kouchner que París ya tomó la decisión de participar de un ataque militar, si la teocracia persa no detiene sus procesos de enriquecimiento de uranio y abre las centrales de Boucher, Natanz, Arak e Izfahán a los observadores internacionales?


 


Por lo pronto, lo verificable son dos sobreactuaciones: la del propio canciller, que proviene del Partido Socialista, de que no es una paloma pacifista. Y la del gobierno francés, sobreactuación en la que el mensaje dice “Nicolás Sarkozy no es Chirac; ya no hay eje París-Berlín para frenar a Bush en Medio Oriente, y se ha modificado la tradicional actitud antinorteamericana que caracteriza a Francia”.


 


Sin embargo, esto no implica que una guerra contra Irán sea una decisión tomada. En todo caso, es una dura advertencia al régimen de los ayatolas y un mensaje al presidente Mahmud Ajmadinejad: los europeos están viendo con preocupación el eje Teherán- Damasco, así como la injerencia en el Líbano rearmando al Hizbolá y asesinando a los enemigos del jeque fundamentalista Sayyed Hassán Nasrala.


 


El mensaje francés remata en una contundente advertencia: Europa puede criticar a Israel, pero no la dejará sola sí alguien intenta “borrarla del mapa”.


 


Lo más curioso es que la cuestión nuclear iraní ha reformulado la división en Occidente.


 


Si la invasión de Irak dividió a Europa poniendo de un lado al eje París-Berlín y del otro a Gran Bretaña, España, Italia, Dinamarca, Polonia y la República Checa, o sea los aliados de Bush; esta escalada de tensiones no provoca una división entre países sino dentro de los gobiernos de esos países.


 


Por caso en Francia, la izquierda y buena parte del conservadurismo gaullista se mantienen fieles al tradicional antinorteamericanismo francés, y gran parte de la población repudia las políticas guerreras; mientras que el gobierno considera que no frenar a Ahmadinejad ahora es encaminarse a una guerra atómica en el mediano plazo.


 


En el caso de Alemania, la división se da dentro del gobierno de “gran coalición” entre conservadores cristiano-demócratas y la centro-izquierda socialdemócrata.


 


Sin que todavía se haya pronunciado la canciller Angela Merkel, está claro que apoyan las políticas más duras los ministros del Interior y de Defensa, o sea los cristiano-demócratas Wolfgang Schäuble y Franz Jung; chocando contra la ministra de Justicia, la socialdemócrata Brigitte Zypries.


 


Lo más curioso es que la división también se da en el propio gobierno norteamericano.


 


A pesar de que el ala extremista está en desbanda (ya no están Donald Rumsfeld, ni Paul Wolfowitz, ni John Bolton, ni Karl Rove, entre otros), el vicepresidente Dick Cheney sigue alentando políticas belicistas y está fogoneando una guerra contra Irán.


 


Sin embargo, obstruye esta iniciativa la secretaria de Estado Condoleezza Rice, proponiendo diálogos y negociaciones que incluyan a Mahmud Ahmadinejad y al líder sirio Bashir el Assad.


 


Rice podría correr la misma a suerte que corrió en su momento el moderado Colin Powell, sino fuera porque en el Pentágono ya no están Rumsfeld y Wolfowitz, sino Bob Gates, un ex directivo de la CIA que tiene conciencia sobre los efectos colaterales de una guerra contra Irán sin haber resuelto aún el caso Irak y sin controlar totalmente el escenario afgano.


 


Amén de estas divisiones que provoca el desafío nuclear iraní, los osados pasos de Nicolás Sarkozy en los terrenos político, económico y social merecen un análisis aparte; pero eso será en la próxima columna.  

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