¿La bolsa o la fama?

*Gran Hermano entró en la recta final. Pronto conoceremos quien se alza con el premio de 100.000 pesos. Pero eso es lo de menos, porque la mayoría de los participantes dice haber ido allí en busca de fama. ¿Cuántos y cómo verán cumplido el deseo que los llevó al reality?

¿Entraste por la fama o por la plata? Ésa fue la pregunta que los participantes de Gran Hermano 2007 han tenido que responder hasta quedarse afónicos. Se la hicieron entre ellos durante los días y las noches compartidos en la casa televisada. Se la formularon en todos y cada uno de los ciclos que visitaban en esa suerte de peregrinación mediática que emprenden una vez expulsados del juego. Salvo contadas excepciones _el más contundente fue el de Nadia_, los protagonistas del reality manifestaron que tenían su deseo concentrado en  la fama. Ahora que el ciclo ha entrado en la recta final, es atinado preguntarse cuántos y cómo han de ver satisfecho su anhelo.

Lo primero que habría que indagar es de qué hablamos cuando hablamos de fama. A juzgar por lo que venimos escuchándoles decir desde el 9 de enero último, para los 18 elegidos en el casting de Gran Hermano la palabra fama es el recipiente que contiene una serie de ambiciones que uno diría modestas, si las compara con la búsqueda de poder o de trascendencia que impulsa a los hombres a las acciones más nobles y a las más aberrantes desde que el mundo es mundo.

Estos chicos no buscan ser conocidos para cosechar votos en las urnas y tener en sus manos el destino de la República. Tampoco tienen la pretensión de  ser reconocidos como sabios o talentosos en determinada disciplina. No se anidan en ellos sueños con ribetes gloriosos: alcanzar algún grado de santidad o de sabiduría. Ni mucho menos la ambición de descollar en un oficio, arte o profesión por prepotencia de trabajo.

Hijos de un tiempo marcado por el facilismo y huérfano de grandes utopías, los participantes del reality de Telefé se muestran como gente de apetencias discretas. Quieren que el público les pida autógrafos por la calle; entrar al vip de los boliches sin pagar entrada y, de ser posible, llevándose un dinero por el sólo acto de presencia; codearse en un pie de igualdad con la galería de mediáticos que flotan en la pantalla aunque sin ejercer en ella ninguno de todos los oficios relacionados con la industria del entretenimiento o la información. A veces, los integrantes de Gran Hermano hablan de la esperanza de convertirse en conductores de TV, como si uno pudiera entrar en un estudio y desempeñarse con el profesionalismo de Marcelo Tinelli, Susana Giménez o Mirtha Legrand de la noche a la mañana, por osmosis o clonación.

De tanto ver a los eliminados de la casa dando el presente en la pantalla  (en muchas ocasiones sin pronunciar palabra y en otras tantas, respondiendo con monosílabos), me vinieron a la memoria las palabras de Umberto Eco respecto de las celebridades que fabrica la tele, con la misma velocidad con que se cuece una hamburguesa. En un texto que lleva por título “Notoriedad en cinco minutos gracias a la TV”, el autor de “El nombre de la rosa”, analizó el fenómeno a partir de lo que veía en la televisión italiana. Esto es lo que escribió Umberto, en el artículo publicado en La Nación, el 10 de marzo de 2005:

“Hace algunas tardes mientras miraba un concurso muy popular de la televisión, de esos de preguntas y respuestas, que sigo siempre para controlar si empiezo a tener indicios de demencia precoz, salió la pregunta de cuál es el valor más considerado por los italianos, por lo menos según una encuesta reciente.
Así salió a la luz (…) que el valor que se perseguía con mayor pasión era la notoriedad, el ser conocidos y reconocidos por los demás.
Atención, no era la Fama, noción que de por sí está vinculada con la realización de alguna acción noble o de interés colectivo. Los individuos encuestados (representativos, me imagino, de la comunidad nacional) no deseaban que se los recordara como los descubridores de la vacuna contra el cáncer, salvadores heroicos de sus semejantes gracias al sacrificio abnegado de sus vidas, grandes poetas o escultores, comandantes de ejércitos, navegantes, místicos o filántropos.
Era evidentísimo que querían que se les reconociera: vamos, que querían que la gente los reconociera al caminar por la calle, en la tienda de la esquina, en el autobús o en el supermercado. No soportaban no ser "populares".

A renglón seguido, el escritor se dedicó a mostrar el revés de la trama:

“(…) Las televisiones saben que la gente lo desea y para obtener audienciaofrecen la posibilidad de salir, día y noche, en un sinfín de canales”, observó.

Después, agudo y dueño de un envidiable sentido común, invitó a sacar cuentas. En el mundo globalizado, no habrá más que cambiar las cifras italianas por las argentinas,  para leer la advertencia de Eco como un llamado a la prudencia para quienes en pocos días más serán los ex participantes de la cuarta edición de Gran Hermano en Telefé:

“Calculen el número de programas, de personas que participan, de las horas y los días de programación en el arco de muchos años, y ahí tienen el terrible resultado: por lo menos una vez cada uno de los ciudadanos italianos se habrá convertido en una cara conocida, y en un país de sesenta millones de caras conocidas todos seguirán siendo unos desconocidos”.

Nadie niega que existan excepciones a regla. Y si no, allí están las carreras de Silvina Luna y Ximena Capristo _ ambas ex jugadoras de “Gran Hermano_ para probarlo. Pero la regla sigue siendo regla y las excepciones, todavía una incógnita para quienes que participaron en la edición del reality que está a punto de terminar.
 

 

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