La combinación de Cristina: fuertes convicciones políticas y un gusto desmedido por la moda


  • La futura presidenta tiene un estilo temperamental, pero sexy y seductor.
  • Nació en La Plata y desde Santa Cruz llegó al Congreso de la Nación.

Cristina Fernández de Kirchner construyó su figura pública alrededor de dos parámetros que parecen contradictorios pero que ella supo conjugar: una personalidad segura e imponente con una imagen cuidada y seductora, acompañadas por un discurso fuertemente político. 

Su personaje fue evolucionando desde que surgió a mediados de los ’90 desde Santa Cruz. Cristina Kirchner era una mujer que a pesar de su vocación política mostraba una gran docilidad, pero se fue endureciendo con el paso del tiempo, de las arrugas y la acumulación de poder. 

La Presidenta electa nació el 19 de febrero de 1953, en Tolosa, en la ciudad de La Plata, y creció en el seno de una familia de clase media sin demasiadas ambiciones. Su madre, Ofelia Wilhem, se quedaba en la casa haciendo las tareas del hogar, y su padre Eduardo estaba poco tiempo con su hija, por su  trabajo como colectivero.  

Comenzó a estudiar Derecho en la universidad, en los ’70 cuando la vuelta del General Juan Domingo Perón dividía al justicialismo. Ahí conoció a su futuro marido Néstor Kirchner y ambos se sintieron representados por el sector del peronismo que se volcó a la izquierda. 

Poco tiempo después decidieron trasladarse al sur e instalarse en Río Gallegos, donde pusieron sus exitosos estudios de abogados y formaron una familia. Sus hijos, Máximo y Florencia, mantienen un perfil bajo, más allá de alguna pequeña excentricidad de la adolescente, a quien le gusta vestirse a la moda y huye de todo tipo de compromiso político.

En 1995, Cristina fue elegida senadora nacional por Santa Cruz, y desde ese momento comenzó a aparecer en los medios, con un discurso fuerte y femenino. Su personalidad se destacaba por tener una visión personal y argumentar con convicciones, algo que no era habitual en una época dominada por figuras políticas femeninas más “light”, como María Julia Alsogaray. 

La todavía primera dama cuidaba su aspecto personal, pero desde que su marido llegó al poder en 2003, lo que parecía una simple obligación protocolar se volvió una obsesión. Carteras caras, cirugías nunca reconocidas pero evidentes, maquillaje detallista y algo exagerado, peinados de peluquería y atuendos exuberantes aunque ubicados. 

Cristina Fernández entiende que su imagen es una cuestión tan o más importante que sus ideas. Además de la convicción para lograr un modelo de país “de inclusión con acumulación” a sus discursos públicos suele llevar una cartera Louis Vuitton de 30 mil dólares, trajecitos de 1800 pesos o vestidos de 1000 pesos, y zapatos de 500. 

Nuestra presidenta elegida por el pueblo para el cargo además cambió su rostro desde aquellos años que debatía desde el Congreso. Cristina optó por borrar sus arrugas, hacer desaparecer sus ojeras e inflar sus labios. Algunos aseguran que hasta se hizo un lifting por cerca de 4000 dólares. 

Con su llegada a la presidencia, el estilo personal de Cristina podría potenciarse, pero su culto al poder no parece enfrentarse al look sexy que cultiva con orgullo y despojo, y su gusto por romper el protocolo no amenaza su deseo de mostrarse diferente. 

La mujer de Kirchner no suele juntarse con amigos, pero dedica la mayoría de su tiempo libre a sus hijos y no duda en preparar fiestas en la quinta de Olivos para su hija Florencia y sus compañeras.  

Cristina no escribe, no pinta y no se le conocen actividades artísticas, pero le gusta leer literatura (Albert Camus es uno de sus preferidos) y ver películas (afirma que le fascinó “La Vida de los Otros”).  

En los próximos cuatro años, ella tendrá la libertad para mantener su imagen impecable y preocuparse por imponer su estilo. Pero su principal desafío, y por lo que los argentinos la juzgarán, será distribuir el crecimiento de estos últimos años, incluir a los pobres, dar trabajo, terminar con la inflación y la inseguridad, y garantizar el funcionamiento democrático de las instituciones.

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