La lección de Sara

*¿Podés concebir un destino más trágico que el de una sobreviviente de Auschwitz que es a la vez Madre de Plaza de Mayo? ¿Podés imaginar que esa mujer no haya perdido el gusto por la vida ni la confianza en sus semejantes? Aunque te cueste creerlo, ella existe y estuvo en Canal 7, en “AMIA para todos”.

Tengo la dicha de conocerla personalmente, pero al verla en la tele, “AMIA para todos”, por Canal 7, el domingo último, experimenté la misma mezcla de impotencia, asombro y admiración que de seguro habrán sentido la mayoría de los espectadores.

Se llama Sara Rus. Nació en Polonia y tenía doce años cuando los nazis invadieron su país. Acariciaba los mismos sueños que cualquier chica de su edad: beberse a borbotones la vida que se le presentaba, lista para estrenar, en los albores de la adolescencia. No pedía más que vivir la vida y disfrutarla, lo mejor que pudiera. Pero en su modesta ambición era utópica. ¿Por qué? Por un sólo motivo: Sara es judía. Alcanzaba con eso para que Hitler y sus seguidores se desvivieran por asesinarla. Sara padeció entonces las sucesivas estaciones de implacable fábrica de muerte: el hambre, la enfermedad, el frío y el terror en el ghetto de Lodz del que fue deportada, en julio de 1944 al campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau.

Al verla en la televisión, con sus ojos vivaces, todavía curiosos, aún capaces de contemplar la belleza, no quise imaginar lo que ha quedado para siempre pegado a sus retinas: hombres, mujeres y niños asesinados en las cámaras de gas, convertidos en el humo espeso que vomitaban, noche y día, las chimeneas de Auschwitz. Y, sin embargo, Sara estaba en la tele, respondiendo, serena,  a las preguntas del periodista Diego Melamed.

En el campo de Mauthausen, el 5 de mayo de 1945, a Sara le llegó la liberación del infierno nazi y el duro camino de la posguerra en la Europa desvastada. En 1948, ya casada con otro sobreviviente de la Shoá (Holocausto), emigró a la Argentina. Juntos, marido y mujer lucharon por ganarse el pan, por armarse una vida y, sobre todo, por concretar el anhelo más preciado: tener hijos. Los médicos pronosticaron que el cuerpo torturado de Sara no estaría en condiciones de conseguir un embarazo. Pero el milagro sucedió. Fue varón. Lo llamaron Daniel. Y unos años más tarde, el milagro volvió a ocurrir. Es mujer y se llama Nati.

A pesar de los males innombrables; de la familia, los amigos y los vecinos masacrados por los nazis; de las imágenes del horror galopándole todo el tiempo en la memoria, Sara sonrió a la vida, la bendijo, y continuó, vida adelante, criando hijos y deslomándose para que nada les faltara.

Su vida había alcanzado la velocidad de crucero. Pero la maldad del hombre, una vez más, desató el maremoto del horror y le destrozó el barco. En 1977, poco antes de cumplir 27 años, Daniel, el primogénito de Sara, entró en la infame categoría parida por la última dictadura militar: los desaparecidos. Se lo llevaron de su lugar de trabajo, la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), donde era físico becario. Y nunca más supieron de él.

Sara, la sobreviviente de Auschwitz, fue además una Madre de Plaza de Mayo. Uno supone que ese pañuelo blanco sobre la misma cabeza que guarda, intacta, la memoria del infierno nazi es más de lo que el ser humano puede soportar. Y, sin embargo, Sara lo soporta. Y aún es capaz de abrazarse a la vida, de disfrutar de sus dos nietas _hijas de Nati_, de pelear junto a las Madres por verdad y justicia, de participar activamente en la Asociación Israelita de Sobrevivientes de la Persecución Nazi. Y es capaz de bailar en las fiestas: doy fe, la he visto. Y es capaz de confiar en el ser humano.

Sara estuvo en “AMIA para todos” junto a la autora del libro “Sobrevivir dos veces. De Auschwitz  a Madre de Plaza de Mayo”, Eva Eisenstaedt. Recientemente publicado por editorial Milá, sus páginas recogen el relato testimonial de Sara Rus, el de su doble infierno, el de su amor incondicional a la vida. La tele la mostró, entera, convencida que valió la pena el duro esfuerzo de contar, para que el mundo sepa y no olvide. Para que nunca vuelva a ocurrir lo que jamás debió haber sucedido.

Del otro lado del televisor, una pregunta machacó en mi cerebro con la insistencia de los tábanos: ¿Podremos aprender la gran lección de Sara?

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