LA PRIMERA ECOGRAFÍA

*Este es un momento único, no tanto por lo que ves, sino por lo que sentís… Su corazón late por primera vez para tus oidos, y ese sonido nunca abandonará tu memoria.

Desde que me enteré que estaba embarazada, por muchas razones esperé con mucho entusiasmo la primera ecografía. La primera era para saber si estaba todo bien, la segunda, fue más sentimental, y tenía que ver con mis ganas de conocer y saber qué había adentro de la panza que me crecía todos los días un poquito.

Esperé que pasara el tiempo necesario para que en el estudio saliera algo, y esto fue aproximadamente a las 12 semanas de embarazo. La parte técnica me la explicó mi médico, se trata de una prueba que consiste en dirigir ondas sonoras de alta frecuencia (ultrasonido) al interior de la panza, para crear una imagen del feto y de tus órganos en una pantalla de computadora.

Las ondas de ultrasonido no duelen y dicen que no afectan al bebé, digo “dicen” porque una amiga que vive en Estados Unidos, me contó que allí las ecografías se ordenan únicamente en casos de problemas concretos y no sólo por control. Pero bueno, fantasmas aparte, está probado que nacen miles de bebés ecografiados, que no presentan la más mínima secuela provocada por este estudio de rutina.

Lo más molesto fue retener el pis después de tomarme dos litros de agua, hasta tuve que pedir que por favor me adelantaran el turno, porque realmente se me hacía insoportable aguantar el líquido. Me acuerdo que ni bien entré me dijeron “andá y hacé un poquito”, pero ojo porque ese poquito es casi imposible de cortar, sobre todo porque hacía más de una hora que me moría de ganas de hacer pis y fantaseaba con estar frente al inodoro.

La cuestión es que superado este trance, la ecografía me emocionó profundamente, primero cuando el médico me dijo que estaba todo bien, me dio un grandísimo alivio. Luego, el momento sublime… Los latidos del corazón de mi hijo, amplificados y con un ritmo super veloz, arrancaron una catarata de lágrimas que trataba de evitar porque estaba sola y me daba vergüenza.

Evidentemente ese fue un día de retención de líquidos por todos lados… Me hice la corajuda y salí del consultorio como si nada, pero con un nudo en la garganta.

Antes de ir me había hecho la valiente, y como mi marido tenía que trabajar le dije que no se preocupara, que podía ir sola porque seguramente no se iba a ver nada, que en la próxima sí viniera porque ya iba a ver al bebé formado. Pero me equivoqué rotundamente…

Fue tan emocionante ver al porotito de unos pocos milímetros y escuchar su corazón que cuando salí del médico, no pude parar de llorar hasta casa.

Cuando llegué, vi a mi marido expectante por el resultado, y con muchas ganas de saber si estaba todo bien. Empezó a preguntarme cómo me había ido, y yo, que venía conteniédome para no hacer papelones lacrimógeneos en la calle, cuando lo vi, no pude aguantarme y me puse a llorar como una loca…

El pobre se dio un susto bárbaro, me preguntaba cada vez más preocupado si estaba todo bien, y yo hecha un moco con patas, no pude tranquilizarlo hasta que finalmente recuperé el aire y le dije “sí, siiiiiii, todo bien -y haciendo puchero de nuevo, apenas si pude agregar- pero es muy emocionante… el porotito, su corazón…”

Y bastó mi breve testimonio para abrazarnos y llorar los dos como bobos sin tener bien claras las emociones, pero con la certeza de que empezábamos a esperar ansiosos la otra ecografía, donde el valor agregado es que el bebé ya se formó, y se puede saber el sexo siempre y cuando el chiquito intrauterino está en una posición que lo muestra…

A los cuatro meses supimos que era un varón, y ahí empezó otra historia… Encontrar su nombre… Pero eso es cuento para otra entrega del blog. Me quedo con la emoción de mis recuerdos… Nos vemos en la próxima… Cuídense y que estén bien.

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