La religión sigue invadiendo la política norteamericana

*Hasta los candidatos demócratas, renegando de su tradición liberal y secular, han tenido que “dar pruebas de fe” y arrodillarse ante la creciente influencia de las organizaciones religiosas más conservadoras y moralistas.

                                  
La religión sigue acrecentando su influencia en la política norteamericana, a pesar de que la inmensa gravitación que ejerce desde mediados de la década del ochenta no implicó más ética pública y más compasión social, sino todo lo contrario.

Los últimos y más graves síntomas de esta involución se ven en el Partido Demócrata, tradicional baluarte de las posiciones laicas y liberales.

En el escenario de la interna partidaria, todos los postulantes a la candidatura de la oposición han ido a rendir pleitesía a los altares y a mostrarse como fervientes feligreses de las distintas iglesias protestantes.

Además, Hillary Clinton, Barak Obama y John Edwards, los principales precandidatos demócratas, tuvieron que comparecer y dar pruebas de fe ante un foro organizado por un grupo evangélico de posiciones conservadoras hasta lo recalcitrante.

Lejos de la abogada intelectual y feminista que siempre fue, Hillary se presentó como miembro de la iglesia metodista y dijo que la fe en Dios la ayudó a superar la humillación y el dolor que le provocó la infidelidad de su marido.

Obama detalló su pertenencia a la iglesia Unida de Cristo y disertó obre la gravitación de la fe en Abraham Lincoln y también en la Guerra de Secesión; mientras que Edwards se describió como un devoto metodista y dio un discurso sobre su “profundo y perdurable amor por Cristo”.

Por cierto, los valores religiosos siempre empaparon la ética política de los Estados Unidos, por estar presentes desde el origen mismo del país, o sea la travesía del Mayflower trayendo a América a los cuáqueros y puritanos que fundaron las primeras trece colonias en la costa Este.

Por eso, desde siempre, más importante incluso que el 4 de julio (día de la independencia), es el día de Acción de Gracia, que evoca precisamente el arribó del barco con los primeros colonos, todos religiosos expulsados de Inglaterra por acusar a la iglesia de convivir con la corrupción y el despotismo de la monarquía absolutista.

Cuando el mundo no podía entender porque un candidato demócrata tan brillante y carismático como Gary Hart, tuvo que abandonar su carrera hacia la Casa Blanca al descubrirse su relación oculta con la bella modelo Dona Rice, dejando la candidatura en manos del desabrido Michael Dukakis (que perdió frente a Bush padre), estaba frente a un hecho producido por esa tradición que se remonta a los orígenes de la nación norteamericana.

Pero una cosa es la gravitación de los valores religiosos y otra muy distinta es la influencia de la religión misma sobre la vida política; porque la primera es positiva mientras que la segunda implica una regresión oscurantista.

Por eso los dos primeros presidentes norteamericanos, George Washington y John Adams, se empeñaron en especificar en distintos pronunciamientos y tratados que “el gobierno norteamericano no está,  de ninguna manera, fundado sobre la religión cristiana”.

Esa sana secularizad preservaba la salud de la política y también de la religión, al mantener claramente separados sus respectivos campos de acción.

El proceso de invasión religiosa al escenario político se inició con Ronald Reagan, quién como gobernador de California y como presidente de los Estados Unidos, le abrió la puerta del estado a muchos dirigentes religiosos agrupados en torno a la organización ultraconservadora Mayoría Moral.

Paralelamente, Karl Rove había descubierto en George W. Bush la madera donde tallar un líder de los moralistas religiosos y conservadores.

Parecía absurdo, dado que el hijo de Goerge Herbert Walker Bush había sido un alcohólico de vida disipada, que logró un título de Administración de Empresas en Harvard con un promedio que certifica mediocridad.

Sin embargo Rove llevó a la política la moraleja tan utilizada por los telepastores y las iglesias evangélicas del “oveja negra” que vivía en la perdición y el desacierto hasta que, gracias al descubrimiento de la fe, ingresó en el recto camino redimiéndose, ordenando su vida y pasando velozmente del fracaso al éxito.

De este modo, Karl Rove logró el “milagro” de que la Coalición Cristiana y líderes ultrareligiosos como Pat Roberttson y su cadena televisiva Christian Broadcasting Network (CBN), unieran sus fuerzas para convertir a Bush hijo en gobernador de Texas, hasta entonces un bastión liberal de los demócratas.

Recitando el decálogo del “conservadurismo compasivo” que el ideólogo Marvin Olavsky escribió en su libro “La Tragedia de la Compasión en América”, Bush venció al senador John McCain (un exponente de la derecha liberal) en la interna republicana, y luego de ganó al demócrata y liberal Al Gore la presidencia, llevando la Casa Blanca al período de máxima influencia religiosa.

Esa gravitación siguió creciendo, mostrándose ahora en la oposición demócrata. Lo curioso es que, desde que se inició el crecimiento del influjo religioso sobre la política, la corrupción en el Estado norteamericano se ha incrementado en lugar de decrecer. Y una falta ética como la mentira, que le implicaron a Nixon la renuncia y a Clinton un juicio político, a Bush hijo se le perdonó en el caso de los falsos argumentos para lograr del Congreso el permiso de invasión a Irak.

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