Los números hablan por sí solos: 11 años de causa, 15 años de condena, 29 días preso. No hay dudas. Julio César Grassi, tiene "coronita", flor de "coronita".
Está condenado en tres instancias por abusar de chicos y nadie se anima a firmar su detención. Patético.
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Para la ley, Grassi tiene una sentencia definitiva de 15 años de cárcel. Lo condenó un Tribunal Oral, la Casación le confirmó la pena y ahora, la Corte bonaerense, también. Para decirlo al revés, es un condenado, su presunción de inocencia es baja o muy baja.
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Sólo le queda la alternativa de que la Corte Suprema de Justicia decida revisar su causa, y a lo sumo ordenar un nuevo debate. Para que esto pase debiera encontrar el máximo Tribunal del país vicios procesales muy graves que ameriten tratar el caso.
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En el mientras, Grassi, sigue libre, y como dijo el fiscal de Morón Alejandro Varela, "si querés que te bautice un hijo, te lo bautiza".
En este tipo de casos hay que preguntarse a cuántos condenados como Grassi le dan la chance de seguir libre ante semejante condena.
Está claro que la decisión de no mandarlo a detener también tiene justificativo legal. Está claro que Grassi supo dilatar en el tiempo -11 años- la sanción en su contra. Ya está claro también que nadie se anima a ponerle el gancho a su detención. Casos como estos vuelven a reavivar una vieja y no por eso desactualizada pregunta: ¿hay una justicia para pobres y otra para ricos? El caso Grassi, no deja dudas: sí. Lamentable.
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