Mujeres, amantes y divorcios: así en la cama como en la política

Las actitudes dentro de las cuatro paredes del propio hogar se prolongan, más o menos veladamente, en la vida profesional de cualquier persona. Salvo dramáticos casos de esquizofrenia o bipolaridad, las personas suelen reproducir los procesos de toma de decisiones que utilizan en su íntimo entorno familiar en los diferentes ámbitos por los que transcurren sus existencias. Más allá de sus peculiaridades (algunas de las cuales fueron descritas en el texto precedente), los políticos no son una excepción a esta “regla del comportamiento extendido”, razón por la cual puede resultar de interés analizar las conductas generales históricas de radicales y peronistas en su “vida privada” a los efectos de comprender mejor algunas de sus acciones en la “vida pública” de todos los argentinos.


 


Las diferencias que surgen a partir del estudio de las vidas amorosas de los integrantes de las dos corrientes políticas mayoritarias de la Argentina son notables, especialmente en lo que se refiere a la relación de los dirigentes con las mujeres.


 


Tal como se desprende de cualquier análisis a conciencia, salta a la vista que los radicales, lejos de apoyarse en las mujeres, las desprecian. Obligados por la presión social a incluirlas dentro de sus filas, cuentan con algunos exponentes “de colección”.


 


A la poderosa sombra de Eva, los peronistas, en cambio, manifiestan un respeto real por la mujer, consideración que, en más de una ocasión, los transforma en típicos “calzonudos”. En este sentido es vox populi que Eduardo Duhalde no iba a las reuniones nocturnas con sus pares políticos porque su mujer, Chiche, no lo dejaba (tanto acataba esta orden el ex presidente que incluso hacía suya la teoría de que los políticos habían inventado a la “ronda nocturna” parra meterle los cuernos a la mujer).


 


De manera mucho más democrática que sus pares radicales, los peronistas, por más alto que sea su cargo, jamás permiten que sus mujeres queden al margen de las decisiones.


 


Estas divergencias de criterio crecen de manera exponencial al ritmo de la pasión. Mientras que los peronistas, al enamorarse de una mujer diferente de la oficial, optan por divorciarse y casarse nuevamente (caso Menem, Chacho Álvarez e incluso Graciela Fernández Meijide), los radicales optan por las amantes en hipócrita combinación con esposas eternas e inexistentes (al estilo Raúl Alfonsín).


 


Tal como indican las historias más o menos difundidas, mientras los radicales prefieren evitar los escándalos y las incomodidades prácticas y públicas de un divorcio, los peronistas “van a los bifes” (a veces, literalmente, como cuando el ex presidente Carlos Menem ordenó la escandalosa expulsión de su ex mujer Zulema Yoma de la quinta de Olivos). A diferencia de los radicales, que tienden a permanecer empantanados en relaciones inconsistentes, los peronistas manifiestan una admirable capacidad de reciclaje, una habilidad que no tienen sus contrincantes políticos para manipular las armas necesarias para ejecutar y transitar cambios de alto voltaje.


 


Quien deba enfrentar el dilema de a quiñen votar durante la próxima elección cuenta, a partir de este momento, con nuevas herramientas que le permitiránconocer más a fondo a los candidatos.

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