Hogueras y tinieblas en la ciudad fantasma arrasada por el sismo

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EFE
Por EFE
Asolada por el terremoto de 8 grados en la escala de Richter, la ciudad peruana de Pisco se convierte, al caer la noche, en un lugar fantasmal, con miles de personas cubiertas con mantas en las calles, hogueras en las esquinas y una tranquilidad abrumadora.

Esta localidad costera ubicada a unos 300 kilómetros al sur de Lima, recibió su segunda noche en tinieblas, al tiempo que la ayuda humanitaria comenzaba a repartirse a las personas empadronadas previamente por las autoridades.

Estas entregan mantas, carpas y comida en las zonas de campamentos, el más grande de los cuales está ubicado en el estadio municipal, que alberga a unas 350 familias.

En ese lugar, la ayuda contó con la participación de las ministras de Trabajo, Susana Pinilla, y de la Mujer, Virginia Borra.

Las autoridades señalan que, hasta el momento, lograron repartir unas cuatro toneladas de alimentos, así como 300 camas, 200 colchones, 1.200 mantas y 650 productos para higiene.

Todo se hizo mientras la ciudad era cubierta por una oscuridad sólo cortada ocasionalmente por alguna hoguera encendida en las esquinas de las calles.

Muchos damnificados permanecen en solares despejados y salen a las calles cuando ven pasar a los camiones de ayuda humanitaria que llevan su cargamento hacia los puntos determinados por un censo previo.

Las autoridades calculaban que en las calles de Pisco había unos 25.000 damnificados, aunque la realidad ha superado: muchas familias se refugiaron después del sismo en las colinas cercanas, atemorizados ante la posibilidad de que se presentase un "tsunami" (ola gigante).

En las calles la gente no duerme, deambula en la más absoluta oscuridad, aunque se percibe una sensación de calma, a pesar de su evidente nerviosismo al recoger la ayuda.

Las avenidas principales están un día después del terremoto sin escombros y se espera la llegada de más material de auxilio durante las próximas horas.

Las afueras de Pisco, una ciudad que lleva el mismo nombre del licor nacional de los peruanos (un fino aguardiente de uva), dan la sensación de haber soportado con mucho mayor suerte el potente terremoto, seguramente por sus construcciones más modernas que en el casco histórico.

Este último, construido en su mayoría hace décadas con adobe, presenta manzanas enteras derruidas por el sismo, cables de luz tendidos y a muchas personas con el semblante cansado tras el desvelo de los últimos días.

Incluso aquellos que han tenido la suerte de que sus viviendas permanezcan en pie no duermen y observan por las ventanas mientras sus puertas permanecen cerradas.

Ya no se escuchan llantos, a pesar del frío que puede bajar de los diez grados y la gente que sigue a la intemperie, mientras en la plaza principal permanecen decenas de cadáveres rescatados entre los escombros.

Estos también recibirán pronto el auxilio de las autoridades, que en los últimos vuelos del puente aéreo establecido desde Lima han enviado sacos especiales y ataúdes.

Según se afirma, aún hay decenas de cadáveres entre los escombros de la iglesia principal, que colapsó con el sismo, así como en un hotel y otros dos edificios.

También comienzan a llegar las primeras informaciones desde los pueblos de las cercanas estribaciones andinas, hasta donde aún no llega la ayuda a pesar de que, según se dice, han sufrido terribles daños.

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