El cuco del default

Escribe Itai Hagman (*)

Cuando en la década de los noventa se planteaba la necesidad de suspender los pagos de deuda, todos los gurúes económicos pronosticaban que la Argentina se "caería del mundo". Según el establishment de entonces había que bajar salarios, jubilaciones, recortar gasto público, privatizar aun más, hacer cualquier cosa menos de dejar de pagar la deuda. Finalmente la cesación de pagos fue declarada cuando ya resultaba imposible seguir pagando, pero nadie se preguntó entonces por qué no habían cumplido los pronósticos apocalípticos de los economistas. El default no solo no implicó el fin del mundo, sino que por el contrario fue uno de los pilares que permitió a nuestro país salir de la crisis de 1998-2002 y recuperar recursos para el crecimiento.  

En la actualidad parecería existir un enorme consenso alrededor de la idea de que entrar en cesación de pagos es lo peor que le puede pasar a nuestro país. Algunos economistas y políticos de la oposición sostienen que es preferible pagar lo que piden los buitres antes de caer en la "desgracia". Otros analistas y también los partidarios del oficialismo sostienen que no es viable esta opción, pero que la Argentina debe negociar un acuerdo para evitar quedar en falta con los acreedores. En este segundo caso, si la Argentina llega al "default" sería sólo por la intransigencia de los buitres, de allí la discusión sobre como nombrar un caso inédito de incumplimiento de compromisos.

En cualquier caso, la premisa es que el desarrollo de la Argentina requiere del acceso al crédito internacional y a las inversiones extranjeras, por lo que una situación de "default" podría ser un importante obstáculo. Esta idea se acentuó a partir de la crisis de divisas que comenzó a operar fuertemente en nuestro país en el año 2011 y que explica la pérdida de más de U$S 20.000 millones de reservas del Banco Central en tres años. Luego de probar con algunas medidas heterodoxas como el control cambiario y la recuperación parcial de YPF, el gobierno eligió en el último tramo recurrir a propuestas más ortodoxas: primero tuvimos la devaluación y luego una política de acercamiento a los mercados internacionales (Club de París, Repsol, CIADI) con la promesa de destrabar créditos e inversiones. La bomba de los buitres, cayó en el medio de este proceso.

Deuda y desarrollo.


Pero la historia Argentina ya ha probado y con creces la teoría del desarrollo apuntalado con inversiones extranjeras y endeudamiento. El crecimiento que promueven los capitales financieros es el que ha insertado por ejemplo la lógica del agronegocio, la expansión de la frontera de la soja y la pérdida de soberanía alimentaria.  Es el que ha alimentado una industrialización de ensamble como la automotriz, de acuerdo a las cadenas globales de valor que controlan las grandes firmas multinacionales. Es el que ha multiplicado en todas las provincias de nuestra cordillera la explotación minera a cielo abierto convalidando una lógica de saqueo y fuerte perjuicio del medio ambiente. En resumen, el modelo de desarrollo que los capitales nos propones no es el que necesita nuestro país para resolver sus grandes deudas sociales.

¿Por qué seguir pagando la deuda entonces si los beneficios no son tales? Algunos contestarán que son compromisos que la Argentina tiene y que debe cumplir, ya que cuando uno tiene una deuda debe pagarla. Pero la historia de la deuda externa Argentina también desmiente esta idea, porque seguimos pagando una deuda cuyos capitales nunca recibimos, cuyas reestructuraciones sucesivas estuvieron plagadas de irregularidades y sobre todas las cosas que ya hemos pagado varias veces. Hasta contamos con un fallo judicial que sentencia el carácter fraudulento, ilegítimo e ilegal del origen de la deuda que seguimos pagando. ¿Por qué entonces no realizar una auditoría de la deuda y descubrir cuáles son sus componentes, sus orígenes y sus tenedores actuales? De la misma manera que ningún individuo pagaría una deuda que nunca contrajo, el pueblo Argentino no debería pagar por ejemplo las deudas estatizadas de las grandes empresas, ni tampoco los dineros de instituciones financieras que fueron utilizadas por ellas mismas para la fuga de capitales en lugar de financiar obras de infraestructura u otras actividades productivas.

El cuco no existe.

El gran peligro de la Argentina no es el default. Si el gobierno logra un acuerdo con los buitres la Argentina seguirá en el camino trazado hacia los mercados internacionales. Sin contabilizar posibles nuevo créditos, eso implicaría para los próximos 5 años vencimientos promedio de casi U$S 9.000 millones anuales, es decir el 150% de las reservas actuales del Banco Central. Entrar en un nuevo ciclo de endeudamiento con el único objetivo de aplacar la restricción externa, supone seguir surfeando sobre la misma ola. Cuando hay abundancia de divisas, pagamos la deuda y nos desendeudamos. Cuando hay escasez, nos volvemos a endeudar.

Pero si el gobierno no logra un acuerdo con los buitres, a contramano de lo que plantea el consenso anti-default, entonces se abre una oportunidad. Todo lo contrario a lo que pronostican los gurúes, el default permitiría modificar la política de deuda desde una posición de soberanía, es decir lo que no se quiso (algunos dirán no se pudo) hacer en el 2005, a saber, definir una política en materia de deuda ya no sobre la base de la legitimación a ciegas de un fraude, sino a partir de una investigación y auditoria para dejar de pagar lo que ya pagamos y nunca deberíamos haber pagado.

(*) Itai Hagman encabezó la lista de candidatos a diputados de Camino Popular en 2013 y es referente de Patria Grande

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