Los desafíos de corto plazo y oportunidades de mediano plazo
Escribe Dante Sica (*)
Argentina muestra, desde hace ya más de un año, una performance débil en materia económica. Hoy pareciera que los recientes años de crecimiento a tasas "chinas" ya no son más que un pasado feliz, y en su lugar se ha instalado un equilibrio económico pobre, gobernado por una elevada incertidumbre y crecientes distorsiones tanto a nivel macro como micro.
Detrás de este desafiante escenario aparece principalmente el esquema de política económica actual, que frente a la reaparición de la restricción externa allá por 2011 ha optado por el peor de los caminos. Básicamente al establecer un cepo cambiario, el cual ha ocasionado múltiples efectos indeseados sobre la economía local.
Por un lado, las restricciones a las importaciones han motivado dificultades en la provisión de insumos y bienes de capital, afectando la producción especialmente a nivel industrial. Mientras que la aparición del mercado cambiario paralelo y los constantes cambios en las reglas del juego han disparado los niveles de incertidumbre, afectando negativamente las decisiones de consumo, inversión y producción.
Pero, en realidad, el problema de fondo en materia de política económica es que el esquema actual (además de carecer totalmente de la coordinación de los distintos segmentos del gobierno) apunta a atacar las causas y no las consecuencias de los desequilibrios macroeconómicos existentes, cuya resolución aún está pendiente.
En particular, el sostenimiento en la última década de una política energética errada, factor determinante detrás de la reciente pérdida de los superávits fiscal y de cuenta corriente. En materia fiscal, los crecientes subsidios producto de la insuficiente actualización de las tarifas energéticas contribuyeron notablemente al déficit de las cuentas públicas.
Y, dado el criterio de "vivir con lo nuestro", esto ha generado una dependencia cada vez mayor del financiamiento desde el BCRA para cubrir el bache fiscal, tanto vía emisión monetaria (lo que se ha puesto de manifiesto en el sostenimiento de elevadas tasas de inflación, incluso en un contexto de escaso crecimiento) como a través del uso de las reservas internacionales. A su vez, la política energética ha tenido un impacto mayor en el resurgimiento de la restricción externa, motivando crecientes necesidades de importación de combustibles. Hasta tal punto que a partir de 2011 el país se ha convertido en importador neto de energía, algo que no había sucedido nunca en los últimos veinte años.
En este sentido, la buena noticia es que actualmente existen alternativas que permitirían sortear (o al menos suavizar) los efectos nocivos de la restricción externa. Un ajuste en las tarifas de servicios públicos que mejore el desbalance fiscal sumado a un acuerdo con el Club de París que abra las puertas al financiamiento externo y a la captación de inversiones (especialmente en el sector energético) podrían dar cierto aire, alivianando la escasez de divisas.
Si bien difícilmente las correcciones se produzcan de aquí a octubre, teniendo en cuenta todo lo que pone en juego el oficialismo en las próximas elecciones legislativas, un cambio de rumbo será indispensable si es que se quiere volver a ubicar a Argentina en un sendero de crecimiento con estabilidad.
Y cuando esto suceda, el país podrá aprovechar las innegables oportunidades que aparecen en el mediano plazo. En particular, dado que las condiciones internacionales van a seguir favoreciendo a las economías productoras de bienes primarios, principalmente por la creciente demanda global (y el déficit existente en materia de abastecimiento), y fundamentalmente de China.
Si bien la intensidad de este proceso tendería a moderarse en el futuro, sus bases resultan estructurales.
Es que en este escenario externo, Argentina posee un potencial enorme, que hoy no está explotado en su plenitud en todos los casos. Por un lado, dado que el país es uno de los principales abastecedores a nivel mundial en el mercado agroalimentario y agroindustrial, siendo el primer exportador global de biodiesel, harina de soja y aceite de soja, y posicionándose en el podio en más de una decena de productos en este sector como carnes, quesos y vinos.
En segundo lugar, también aparecen oportunidades en la minería, donde Argentina se encuentra entre las principales fuentes de reservas del mundo en varios rubros estratégicos, pero que aún no se ve reflejado en términos de inversiones y explotación.
Finalmente, en materia de hidrocarburos la geología le dio la oportunidad al país de cambiar el panorama energético a través del campo no convencional. El yacimiento neuquino de Vaca Muerta constituye el tercer reservorio mundial de shale gas, y aquí también se han identificado importantes reservas de shale oil de alta calidad. Sin embargo, al igual que el caso de la minería, aún no se observan las inversiones necesarias para la puesta en valor de esos recursos.
Así, si bien la economía argentina plantea importantes desafíos que resultan particularmente notorios en el corto plazo, no hay que perder de vista las oportunidades de mediano y largo. El mundo sigue siendo una fuente de negocios, y Argentina está en una posición privilegiada para aprovecharlos en algún momento.
El tren sigue pasando y aún estamos a tiempo. Pero además de los cambios a nivel país que se necesitan para poder subirnos, también hay mucho por hacer a nivel empresa. Aquellos que estén mejor preparados en materia financiera, productiva, de logística, etc. serán los que más rápido y mejor puedan aprovechar esas oportunidades.
(*) Director de la consultora Abeceb, ex Secretario de Industria.
Y, dado el criterio de "vivir con lo nuestro", esto ha generado una dependencia cada vez mayor del financiamiento desde el BCRA para cubrir el bache fiscal, tanto vía emisión monetaria (lo que se ha puesto de manifiesto en el sostenimiento de elevadas tasas de inflación, incluso en un contexto de escaso crecimiento) como a través del uso de las reservas internacionales. A su vez, la política energética ha tenido un impacto mayor en el resurgimiento de la restricción externa, motivando crecientes necesidades de importación de combustibles. Hasta tal punto que a partir de 2011 el país se ha convertido en importador neto de energía, algo que no había sucedido nunca en los últimos veinte años.
En este sentido, la buena noticia es que actualmente existen alternativas que permitirían sortear (o al menos suavizar) los efectos nocivos de la restricción externa. Un ajuste en las tarifas de servicios públicos que mejore el desbalance fiscal sumado a un acuerdo con el Club de París que abra las puertas al financiamiento externo y a la captación de inversiones (especialmente en el sector energético) podrían dar cierto aire, alivianando la escasez de divisas.
Si bien difícilmente las correcciones se produzcan de aquí a octubre, teniendo en cuenta todo lo que pone en juego el oficialismo en las próximas elecciones legislativas, un cambio de rumbo será indispensable si es que se quiere volver a ubicar a Argentina en un sendero de crecimiento con estabilidad.
Y cuando esto suceda, el país podrá aprovechar las innegables oportunidades que aparecen en el mediano plazo. En particular, dado que las condiciones internacionales van a seguir favoreciendo a las economías productoras de bienes primarios, principalmente por la creciente demanda global (y el déficit existente en materia de abastecimiento), y fundamentalmente de China.
Si bien la intensidad de este proceso tendería a moderarse en el futuro, sus bases resultan estructurales.
Es que en este escenario externo, Argentina posee un potencial enorme, que hoy no está explotado en su plenitud en todos los casos. Por un lado, dado que el país es uno de los principales abastecedores a nivel mundial en el mercado agroalimentario y agroindustrial, siendo el primer exportador global de biodiesel, harina de soja y aceite de soja, y posicionándose en el podio en más de una decena de productos en este sector como carnes, quesos y vinos.
En segundo lugar, también aparecen oportunidades en la minería, donde Argentina se encuentra entre las principales fuentes de reservas del mundo en varios rubros estratégicos, pero que aún no se ve reflejado en términos de inversiones y explotación.
Finalmente, en materia de hidrocarburos la geología le dio la oportunidad al país de cambiar el panorama energético a través del campo no convencional. El yacimiento neuquino de Vaca Muerta constituye el tercer reservorio mundial de shale gas, y aquí también se han identificado importantes reservas de shale oil de alta calidad. Sin embargo, al igual que el caso de la minería, aún no se observan las inversiones necesarias para la puesta en valor de esos recursos.
Así, si bien la economía argentina plantea importantes desafíos que resultan particularmente notorios en el corto plazo, no hay que perder de vista las oportunidades de mediano y largo. El mundo sigue siendo una fuente de negocios, y Argentina está en una posición privilegiada para aprovecharlos en algún momento.
El tren sigue pasando y aún estamos a tiempo. Pero además de los cambios a nivel país que se necesitan para poder subirnos, también hay mucho por hacer a nivel empresa. Aquellos que estén mejor preparados en materia financiera, productiva, de logística, etc. serán los que más rápido y mejor puedan aprovechar esas oportunidades.
(*) Director de la consultora Abeceb, ex Secretario de Industria.
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