Nunca Más

Escribe Norma Morandini (*)

En el 30º aniversario de la entrega del Informe de la CONADEP al Presidente Raúl Alfonsín debemos honrar a esos argentinos que venciendo su propio dolor y temor abrieron para todos los argentinos las sendas de la verdad y la justicia.

Ellos corporizaron lo que deliberadamente se intentó hacer "desaparecer": pusieron nombre y apellido a las víctimas, los que no sobrevivieron a esa maquinaria de muerte que deliberadamente hizo desaparecer los cadáveres para negar el delito. "No están, desaparecieron". La brutal confesión del dictador Jorge Videla cuando le indagaban sobre los presos desaparecidos.

La Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas fue creada a tan sólo cinco días de la asunción del Presidente Raúl Alfonsín, lo que marcó y determinó el inicio de la democratización. Con un poder militar intacto, humillado tan sólo por el fracaso de la guerra de las Islas Malvinas, una decena de argentinos valientes aceptaron encarar el proceso más difícil de la democracia naciente, la reconstrucción del rompecabezas macabro del terrorismo de Estado. Hombres y mujeres de diferentes procedencias y actividades que no se preguntaron la filiación política para trabajar gratis en beneficio de la verdad histórica, la que facilitó después el trabajo de la Justicia.

Cuando la mayoría de los argentinos vivía la alegría del fin de la dictadura, ellos se internaron en las profundidades del terror para traer a la luz pública lo que se había hecho de manera oculta. Escucharon miles de testimonios de tortura, acompañaron a los sobrevivientes para reconocer los lugares en los que habían estado desaparecidos. Fue un "descenso a los infiernos", como describió el escritor Ernesto Sábato, quien presidió la Comisión y redactó el prólogo que sucedió al informe de la CONADEP y donde se sistematizó por primera vez las denuncias sobre las violaciones de los Derechos Humanos. Fue misión de la Comisión averiguar el destino de los presos desaparecidos. Una información fundamental para los jueces que juzgaron y condenaron a los jerarcas de la Junta Militar.

La Comisión hizo un trabajo titánico en tan sólo 180 días, que evocamos treinta años después, cuando cuesta imaginar lo que significó tanto para las víctimas como para los integrantes de la CONADEP reconstruir lo que se había intentado ocultar. Nunca los argentinos dimensionaremos la deuda que tenemos como sociedad con todos ellos, que fueron quienes pusieron la piedra basal de los Derechos Humanos.

Los integrantes de la CONADEP fueron Ernesto Sábato, René Favaloro, Ricardo Colombres, Carlos Gattinoti, Hilario Fernández Long, Gregorio Klimovsky, Marshall Meyer, Jaime de Nevares, Eduardo Rabossi, Magdalena Ruiz Guiñazú, Graciela Fernández Meijide, Santiago M. López, Hugo Diógenes Piucill y Horacio H. Huarte.

Vale, a modo de homenaje, recordar el discurso de Ernesto Sábato el día que en nombre de toda la Comisión entregó el informe de la CONADEP al Presidente Raúl Alfonsín: "Nuestra Comisión no fue instituida para juzgar, pues para eso están los jueces institucionales, sino para indagar la suerte de los desaparecidos en el curso de estos años aciagos de la vida nacional. Pero, después de haber recibido varios miles de declaraciones y testimonios, de haber verificado o determinado la existencia de cientos de lugares clandestinos de detención y de acumular más de cincuenta mil páginas documentales, tenemos la certidumbre de que la dictadura militar produjo la más grande tragedia de nuestra historia, y la más salvaje. Y, si bien debemos esperar de la justicia la palabra definitiva, no podemos callar ante lo que hemos oído, leído y registrado; todo lo cual va mucho más allá de lo que pueda considerarse como delictivo, para alcanzar la tenebrosa categoría de los crímenes de lesa humanidad. Con la técnica de la desaparición y sus consecuencias, todos los principios éticos que las grandes religiones y las más elevadas filosofías erigieron a lo largo de milenios de sufrimiento y calamidades fueron pisoteados y bárbaramente desconocidos.

(...)

Todos caían en la redada: dirigentes sindicales que luchaban por una simple mejora de salarios, muchachos que habían sido miembros de un centro estudiantil, periodistas que no eran adictos a la dictadura, psicólogos y sociólogos por pertenecer a profesiones sospechosas, jóvenes pacifistas, monjas y sacerdotes que habían llevado la enseñanza de Cristo a barriadas miserables. Y amigos de cualquiera de ellos, y amigos de esos amigos, gente que había sido denunciada por venganza personal y por secuestrados bajo tortura. Todos en su mayoría inocentes de terrorismo o siquiera de pertenecer a los cuadros combatientes de la guerrilla, porque éstos presentaban batalla y morían en el enfrentamiento o se suicidaban antes de entregarse, y pocos llegaban vivos a manos de los represores".

A treinta años de su conformación, cuando todavía se perpetúan los efectos del terrorismo de Estado y se juzga en los tribunales a los que idearon esa maquinaria de muerte, es obligación del Senado deponer las mezquindades políticas para honrar a esos argentinos que venciendo su propio dolor y temor abrieron para todos los argentinos las sendas de la verdad y la justicia.

(*) Norma Morandini es senadora de la Nación por la Alianza Frente Cívico de Córdoba

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